¿Sueño de reelección o el comienzo del final?.

Desde el regreso de la democracia, los comicios legislativos de mitad de mandato marcaron la suerte de los gobiernos. Los derrotados siempre terminaron mal.
Los Kirchner se someterán hoy a un desafío crucial para su proyecto. Las elecciones legislativas de mitad de mandato marcaron la suerte de todos los gobiernos de la democracia que se reinició en 1983. Los mandatarios que las perdieron terminaron mal –o incluso de manera abrupta y crítica– sus gestiones. Y quienes las ganaron, como Menem en 1993, o el propio Kirchner en 2005, pudieron entonces extender sus sueños presidenciales por un período más. Lo dice la historia.

El ex presidente Raúl Alfonsín enfrentó dos elecciones legislativas en un mismo período, debido a que su mandato duró seis años y no cuatro, como ocurre ahora, tras la reforma constitucional del 94. En los comicios de 1985, los candidatos de la UCR vencieron y el gobierno se energizó. Pero dos años después, en las elecciones del 87, Alfonsín perdió poder de manera rotunda, en medio de una crisis económica y también de legitimidad de su administración, ya que la UCR había impulsado la votación en el Congreso de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. En aquellos comicios, no sólo se eligieron legisladores sino también gobernadores. El radicalismo debió resignar 17 provincias, que pasaron a ser controladas por el peronismo. Sólo retuvo Córdoba y Río Negro. En La Rioja ganó quien después sería su sucesor, Carlos Menem. En Buenos Aires fue elegido Antonio Cafiero. El PJ se preparaba para volver al poder. Tan sólo dos años después, Alfonsín abandonaba la presidencia seis meses antes de lo establecido por la ley.

Igual que su antecesor, Menem gozó de la miel de la victoria y del pesar de la derrota en las distintas elecciones legislativas que enfrentó desde el Ejecutivo. En los comicios del 93, sus candidatos se impusieron en la mayoría de los distritos, por lo que el PJ sacó el 42% de los votos a nivel nacional. Su candidato en la Capital Federal fue su fiel amigo Erman González, que consiguió un histórico 32% de los votos, una cifra que el PJ porteño no volvió a alcanzar jamás. En la provincia de Buenos Aires, el peronismo llevó como cabeza de lista al dirigente bonaerense Alberto Pierri, quien ganó con el 48 por ciento. Ese triunfo alentó a Menem a buscar la reforma de la Constitución, que lo habilitó a la reelección.

Tras varios años de control político total, Menem sufrió su primera derrota electoral en 1997. Perdió las legislativas de ese año frente al espacio político que sería su verdugo de allí en más, la Alianza. Su poder, que había sido amplísimo, comenzó a escurrirse a la vez que se profundizaba la crisis económica y estallaban los escándalos de corrupción. La sorpresa de aquella elección del 97 fue el triunfo en Buenos Aires de una de las estrellas de la Alianza, Graciela Fernández Meijide, que venció por siete puntos de diferencia a Chiche Duhalde, esposa de Eduardo, el jefe del PJ en ese territorio. Aunque el justicialismo consiguió el 36% a nivel nacional y la Alianza el 34%, esas elecciones se vivieron como una derrota del menemismo. La interna entre Menem y Duhalde estaba en su punto de mayor fricción. Fue la primera vez en la historia que el peronismo perdió elecciones estando en el poder. Era un anticipo de lo que vendría.

En 1999, el radical Fernando de la Rúa ganó la Presidencia frente a Duhalde. Sólo dos años después, el bonaerense tuvo su revancha. Ganó las elecciones legislativas en Buenos Aires, y pasó a ocupar una banca de senador. Su rival había sido Raúl Alfonsín, quien tuvo como compañera de fórmula a Diana Conti, actual diputada ultra-K. La derrota de De la Rúa fue apabullante en la mayoría de los distritos del país. La Alianza perdía así su mayoría parlamentaria y se encaminaba hacia el peor final. Nunca pudo recuperarse. De la Rúa renunció a la Presidencia en diciembre de 2001.

Néstor Kirchner, hasta ahora, no conoce de derrotas legislativas. Los únicos comicios de ese tipo que enfrentó en su gestión presidencial fueron los de 2005, en los que, igual que ahora, jugó todas sus fuerzas en la provincia de Buenos Aires. Aquella vez, la candidata a senadora por ese distrito fue su esposa, Cristina, que sacó el 45% de los votos frente a su rival, Chiche Duhalde, que obtuvo el 20 por ciento. El triunfo para los K también se dio en otras provincias con peso político.

Nunca antes el kirchnerismo había tenido tanto poder. Los siguientes dos años, Néstor los gobernó con mayoría absoluta en el Congreso, a lo que se sumó una economía creciente. En 2007, la senadora bonaerense Cristina fue electa Presidenta con el 45% de los votos, sacándole a su rival, Elisa Carrió, 22 puntos de ventaja, y duplicando así los votos que había conseguido Néstor en las presidenciales de 2003.

Hasta que el año pasado estalló el conflicto con el campo, el matrimonio presidencial siguió gozando de la mayoría parlamentaria.

Hoy, por primera vez en seis años, y más allá de que el oficialismo gane o no en la provincia de Buenos Aires, los Kirchner podrían perder la mayoría tanto en Diputados como en el Senado, lo que podría generar que, a partir de diciembre, tras la asunción de los nuevos legisladores, deban negociar con la oposición la aprobación de cada una de las nuevas leyes. Es algo que nunca hicieron.

OPINIÓN

Todavía nos deben la democracia

Damián Glanz

Francisco de Narváez está afiliado al partido que preside su adversario Néstor Kirchner. El diputado de Unión PRO es candidato por un sello electoral que creó para poder enfrentar al PJ. El cuarto oscuro de hoy estará repleto de partidos creados, alquilados o comprados para postular al protagonista de algún éxito del marketing político. El socio de De Narváez, Felipe Solá, también peronista, comparte bloque parlamentario con el mendocino Enrique Thomas, un justicialista que responde a Julio Cobos. El vicepresidente, integrante del gobierno nacional, lidera la campaña opositora del radicalismo unificado de Mendoza, que lleva como primer candidato al presidente del bloque de la UCR, el senador Ernesto Sanz. Los radicales, junto a los socialistas y la Coalición Cívica, formalizaron este año el Acuerdo Cívico y Social, la fuerza con la que compiten en casi todo el país contra el kirchnerismo. En la provincia de Buenos Aires se enfrentan también a los peronistas cercanos a Cobos.

En Santa Fe, el ACyS lo lidera el socialismo. Pero el PS quedó fuera del armado de la ciudad de Buenos Aires y en la provincia es un apéndice del kirchnerismo. En Córdoba, Elisa Carrió –líder del Acuerdo– respalda a Luis Juez, adversario de Ramón Mestre, de la UCR.

En esa provincia, como en Santa Fe, y en casi todos los distritos, los kirchneristas se enfrentan a recientes ex kirchneristas o a viejos peronistas disidentes. Pero todos dicen ser justicialistas. Como los peronistas de Mauricio Macri, como el propio De Narváez. Como aquel sector del electorado al que pretende captar Carrió.

¿Cómo es posible que los aliados de aquí sean adversarios más allá? ¿Las ideas mutan con los saltos de las tranqueras que dividen las provincias? ¿Acaso tienen ideas?

La convicción ideológica y el proyecto de país perdieron –como nunca antes– la disputa que les libraron el marketing electoral y las encuestas. Esta democracia sin partidos políticos se convirtió en el deporte bienal de encestar el voto en una urna.

Esta noche habrá candidatos ganadores y otros perdedores. Pero los partidos políticos, y la democracia, habrán sido todos derrotados.

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