Un sueño hecho realidad: fin de clases en el desierto lavallino

Los Andes compartió el último día del ciclo lectivo con los chicos y los padres de El Puerto, un paraje donde la educación es prioridad. El esfuerzo de una comunidad.
Experiencias en diversas latitudes, postulados tradicionales y progresistas, teorías de las más diversas corrientes pedagógicas han gastado libros y libros en destacar que al reforzar la relación escuela-familia se solucionan muchos de los problemas que hoy padece la educación.

En El Puerto, la última comunidad del desierto lavallino en el límite con San Juan, están bien lejos de plantearse estas cuestiones. Sin embargo, allí la ecuación se cumple a rajatablas porque los únicos responsables de que la "escuelita" ayer terminara su primer ciclo lectivo son los papás.

Los padres levantaron las paredes, construyeron la cocina y los baños. Debieron convencer a los funcionarios de la DGE que -año tras año- insistían en hacerlos desistir de la idea.

Organizaron peñas, bingos y carreras de caballo para conseguir material didáctico y mobiliario.

Recibieron donaciones de los buenos amigos de la comunidad. Y, cuando se acercaba el inicio de clases y no había noticias, cerraron como pudieron el techo e invitaron al recién electo gobernador Celso Jaque para obligarlo a comprometerse con el proyecto. Así el saloncito aún sin terminar abrió sus puertas en marzo. Claro que entonces ya era la Escuela N°1-737.

Ayer, sus 21 alumnos se reunieron bajo el fuerte sol de la siesta para arriar la Bandera en el último día de clases. "No fue fácil pasar los fríos, el invierno es muy crudo aquí", "el espacio es pequeño", "no tenemos salón para comedor" dicen los adultos.

Para los pequeños el balance es muy distinto. "Nos encanta tener clases aquí, porque volvemos a casa. Antes teníamos que vivir en la escuela albergue", señala Micaela, que egresa de séptimo y seguirá el secundario en 25 de mayo, en San Juan.

La mayoría de los niños que cursan allí, antes debían recorrer largas distancias y vivir semanas enteras en el colegio del paraje San Miguel. "Era un lloradero cuando se tenían que ir, sobre todo los chiquitos. Tenerlos todos los días con uno es lo mejor", dice emocionado Miguel Jofré, celador y papá de Aldana (12) y Matías (11).

Un colegio poco usual

En El Puerto, las notas que pone el maestro Federico y la directora, Mirna Herrera, no se discuten. Cuentan con el respaldo de los papás y los chicos lo saben. Por su parte, los estudiantes manifiestan ganas de aprender ante todo lo nuevo. "Están siempre dispuestos y motivados", acota el docente.

"Nos gusta venir a la escuela, ahora vamos a seguir otra semana porque tenemos que ensayar las acrobacias para el acto de fin de año", comenta Aldana (12). El entusiasmo de los alumnos no es afectado por las carencias del lugar. Una biblioteca divide el salón en dos grados, uno donde cursan los chicos hasta tercer año y el otro hasta séptimo. Sólo un grupo dispone de pizarrón y todos deben comer y estudiar en los mismos bancos.

"Nos faltan muchas cosas, pero vamos progresando", sostiene Silvia Azaguate, la mamá que ha cocinado ah honorem durante todo el año. Recién el mes pasado el gobierno escolar le empezó a enviar la mercadería para el almuerzo, antes fueron las donaciones del padre Benito (muy querido en el desierto lavallino) las que posibilitaron que los niños tuvieran un menú diario para compartir.

La comunidad de El Puerto es un ejemplo de lo que se puede lograr cuando la educación de los hijos es la prioridad. La misión de los papás no terminó con el edificio. Juntaron dinero para comprar material didáctico, una impresora y mobiliario. Las computadoras y los elementos de construcción fueron donadas por amigos y algunas empresas.

El pueblo le cedió en comodato el establecimiento a la Dirección General de Escuelas, por cinco años, para que se ocupara de las terminaciones y de la construcción del comedor. Pero hasta el momento, la obra no se inicia. "Tenemos el material y hasta las baldosas, sólo falta que paguen la mano de obra. A nosotros nos cuesta, porque tenemos que quitarle tiempo a nuestros trabajos", explicó un papá.

El celador reparte unos chupetines e indica el horario de salida. Malena (4) guarda en la mochila su cuadernito lleno de deberes. No tiene bien en claro lo que hará en sus vacaciones: "voy a jugar y a estudiar en casa".

Ella vive cerca, pero "tengo un compañerito, Caín, que viene de muy lejos", suelta. Los chicos salen jugando carrera y levantando polvo. Ya no deben caminar tantos kilómetros, ahora llegan a sus hogares y ayudan con los animales o con el junquillo.

Comentá la nota