Suenan alarmas para los Kirchner

Se empiezan a resentir antes de lo pensado aspectos de la macroeconomía. La crisis internacional no cede. Afloran los conflictos sociales por la caída productiva. La alianza del Gobierno con Moyano se hace más estrecha. Nadie sabe si la sangría en el PJ cesará.Por: Eduardo van der Kooy
Desde hace un puñado de días una noticia tiene en vilo a Néstor Kirchner. Nadie sabe si esa angustia atrapó también a Cristina, quien recién hoy vuelve de un viaje largo en el exterior. Aquella noticia indica que la recaudación tributaria viene sufriendo este mes un pronunciado bajón. Influirían tres cuestiones: el menor volumen de granos exportados, la caída de los precios internacionales y un ritmo decreciente del consumo. Esa tendencia afecta el embolso del IVA.

Un informe que el ex presidente leyó en Olivos señala que, de continuar así la situación, el Gobierno no podría cumplir con la meta de cerrar el superávit fiscal de este año con 3 puntos del PBI. Salvo que redujera a la nada sus gastos. El superávit podría trepar con dificultad a los 2,5 puntos del PBI en el 2009. Se trata de un año con fuertes vencimientos externos para la Argentina y una casi segura ausencia de financiamiento. Se trata también de un año electoral durante el cual el kirchnerismo jugará, tal vez, las últimas cartas de su suerte política.

Kirchner celebró que, sin sobresaltos, el Senado haya convertido en ley la reestatización de las jubilaciones. Ese recurso le permite apropiarse de fondos millonarios y de un flujo anual de 15 mil millones de pesos. Pero no parece tener ahora el convencimiento que tenía hace un mes acerca de que la controvertida medida lo ponga a resguardo del vendaval que se avecina.

Los cálculos habrían empezado a fallar. El ex presidente suponía que el debilitamiento de la caja se advertiría recién cuando despuntara el otoño. Pero sucede que la crisis internacional sigue sin hallar su piso y ya provoca estragos sobre la producción y el empleo. El enfriamiento de la economía llega también al confín del Cono Sur.

Kirchner sufrió escalofríos con los primeros conflictos en la industria automotriz. Esa rama de la producción está registrando despidos masivos en Estados Unidos y en Europa. Se está encogiendo mucho, además, en Brasil. El ex presidente reaccionó como reacciona cuando los imponderables modifican su realidad: convocó a Guillermo Moreno en su refugio de Olivos. El secretario de Comercio se ha convertido en un funcionario de facetas infinitas. Casi en el único que concita la confianza invulnerable de Kirchner. Le encomendó hace tres años la tarea de camuflar la inflación. Las últimas semanas estuvo dedicado a vigilar las operaciones en el mercado financiero para evitar una trepada del dólar. El lunes pasado se corrió hasta el polo industrial de Villa Constitución para enterarse de la situación productiva y laboral de varias empresas, alguna ligada a las automotrices. Departió incluso con popes regionales de la UOM, entre ellos el legendario Alberto Piccinini.

Moreno arrimó al ex presidente una pila de información. Pero nada tuvo que ver con el intento de una solución del pleito en la empresa General Motors que resolvió mutar un plan de cesantías en otro de rebaja de sueldos para evitar esas cesantías. En ese giro pesó, sobre todo, la voluntad política del gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, cercado por problemas, y la alianza que Kirchner mantiene a toda costa con Hugo Moyano, el jefe de la CGT. Esos actores del poder coincidieron en un punto: los despidos acentuarían mucho más que la baja salarial el parate de la economía.

Kirchner maldijo de nuevo aquel fallo de la Corte Suprema que abre la posibilidad a una geografía sindical más pluralista. Maldijo, en verdad, el momento: el gremialismo disidente, en especial la CTA, cobró una figuración que descolocó a la CGT y que la forzó, en medio de las acechanzas económicas y sociales, a redoblar reclamos contra el Gobierno. Pero nada hará que el ex presidente pueda soltarle ahora mismo la mano a Moyano.

Sergio Massa cuestionó el pedido cegetista de la triple indemnización. Florencio Randazzo bajó enseguida los decibeles a una colisión en ciernes. Randazzo suele reproducir con fidelidad algunos pensamientos de Kirchner. El jefe de Gabinete y el ministro del Interior tuvieron un largo almuerzo a solas que ahuyentó conjeturas sobre ciertos desencuentros y que sirvió para madurar un proyecto que ronda la residencia de Olivos: el de un pacto social para navegar la emergencia. Ese pacto carece todavía la pata empresaria: ¿Será Moreno, de nuevo, el negociador sigiloso?

El peronismo estaría dispuesto a acompañar el proyecto del ex presidente. Pero el peronismo tiene hoy quizá tantas cuitas como el mundo sindical. Una de esas cuitas quedó expuesta con la renuncia de Felipe Solá y su grupo al bloque de diputados peronistas. Habría dos formas de interpretar el alejamiento. La recomposición kirchnerista en el Congreso no sufriría deterioro porque los renunciantes venían votando en contra del Gobierno desde la resolución 125 que desató la confrontación con el campo. Ninguno figuró entre los 162 votos del oficialismo que aprobaron la reestatización del sistema jubilatorio. El Senado remató esta semana la ley con otros 46 favorables votos de colores variados. No habría riesgo en el horizonte para la capacidad ejecutora de Cristina y de Kirchner.

Habrá que ver, de todos modos, si la sangría peronista coagula allí. Son varios los legisladores disconformes con el rumbo del matrimonio presidencial que no escapan del seno oficial, simplemente, porque no tienen una alternativa que los atraiga. Pero su malhumor sintoniza, en muchos aspectos, con el malhumor social. Un caso: diputados kirchneristas pugnan por ratificar una ley de presupuestos mínimos para la protección de glaciares aprobada en ambas Cámaras que Cristina dispuso vetar. La decisión colocó en el umbral de la renuncia a la secretaria de Medio Ambiente, Romina Picolotti.

Otro caso: hay senadores de predicamento, como Carlos Reutemann, que aceptaron un acercamiento con el kirchnerismo luego de la pelea con el campo sólo por resignación. El ex gobernador de Santa Fe y el salteño Juan Carlos Romero fueron los únicos que concurrieron al homenaje que Julio Cobos realizó en el Senado en recordación del abrazo histórico entre Juan Perón y Ricardo Balbín.

La salida de Solá significa, sin embargo, una señal política que Cristina y Kirchner no deberían obviar cuando está por abrirse un tiempo electoral. El ex gobernador posee todavía sólo el valor de la buena ponderación en la opinión pública. Un interrogante es saber si esa ponderación se mantendrá intacta cuando deba ingresar en el terreno cenagoso de las articulaciones y las alianzas. El primer reflejo, casi inevitable, fue apoyarse en sectores del PJ bonaerense que tuvieron flacos resultados electorales en los años kirchneristas.

Pero ese no representaría el único reflejo. Mauricio Macri felicitó a Solá por su determinación de abandonar el kirchnerismo. El jefe del Gobierno porteño tiene la vocación de avanzar en las negociaciones, sobre todo, para construir una propuesta electoral al oficialismo en Buenos Aires el año que viene. "Si Felipe es el mejor candidato deberá encabezar la lista. Ponerse a discutir el 2011 es una locura. Se trata ahora de ponerle límites a los Kirchner", considera.

¿A los Kirchner o sólo al ex presidente? Kirchner padeció en estos once meses de Cristina una abstinencia de poder. Esa abstinencia tiene frecuentes y peligrosas recaídas. Le pidió a Michelle Bachelet cuando pasó por Chile que insista con su candidatura para comandar la UNASUR (Unión de Naciones del Sur) pese el veto implacable que le disparó Tabaré Vázquez. La mujer chilena, quizás por cortesía, lo despidió sin privarlo del derecho a la ilusión. La semana pasada estuvo de nuevo omnipresente en la escena nacional mientras la Presidenta realizaba un viaje inexplicable por Africa y se entusiasmaba con Tutankamón. Inexplicable por una sola razón: el Gobierno actúa cada día más solitario y callado. Casi no hay huellas sobre lo que pretende en materia de política exterior e interna.

Kirchner se ocupó de criticar a la oposición, hizo ostentación del vínculo con Moyano y está siguiendo como en sus épocas de apogeo las convulsiones de la economía y el creciente conflicto social. Actualizó también la riña con Cobos. Lo hizo recurriendo a una frase que, tal vez, desnude la matriz del dilema institucional y de poder que está enfrentando la Argentina. Confesó que Cristina le dice cada mañana a modo de reproche: "¡Qué vicepresidente me pusiste!".

Queda claro ahora que la Presidenta habría apenas acompañado la estrategia electoral y política urdida por su marido. Empieza a quedar bien claro que lo mismo sucede con su actual administración. Kirchner está en los enjuagues del peronismo pero está también, sin disimulos, en todas las decisiones del Gobierno.

A Cristina le restan todavía tres años de mandato. Si las cosas no cambian, o al menos se atenúan, le resultará imposible recuperar la autoridad y la estima social que ha perdido.

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