Subsidios: una montaña de plata que crece sin ningún control

Por: Alcadio Oña

Cualquiera puede estar más de acuerdo o menos de acuerdo en cómo y a quiénes se subsidió y a quiénes se está subsidiando. Pero la realidad es que la Argentina en algún momento tiene que ir a su normalidad, y un país normal paga su energía al valor real". Palabras del secretario de Energía, Daniel Cameron, al presentar un manual para el uso racional de la electricidad.

Quiérase o no, allí hay un reconocimiento tardío, pero un reconocimiento al fin, de las anormalidades generadas por el régimen de subsidios monumental, poco claro e indiscriminado que montó el kirchnerismo. Y a la vez, un anticipo del futuro.

Vale una aclaración sobre las definiciones de Cameron: fueron hechas antes del decreto de necesidad y urgencia dictado la semana pasada por Cristina Kirchner. Y una precisión: ese DNU aumenta todos los subsidios, y en 1.130 millones de pesos los que van derecho al sistema energético.

Según ASAP, una entidad especializada en el análisis de las cuentas públicas, desde fuentes diversas este año ya hay $ 16.900 millones comprometidos para mantener esa misma estructura y a la vez sostener las tarifas de luz y gas. Se entiende, los precios que pagan usuarios de la Capital y el conurbano bonaerense, pues en el resto del país son considerablemente más altos.

Está implícito en las palabras del secretario de Energía, y explícito en los movimientos del Gobierno, que se viene el tiempo de los ajustes: Amado Boudou los ratificó ayer para la clase media y media alta. Aun cuando el DNU presidencial camine en sentido contrario, luce evidente que los subsidios aprietan un cuadro fiscal ya muy comprometido, como se comprobó con el propio decreto.

No queda claro qué significa para Cameron pagar la energía a su valor real. Hay, al menos, un par ejemplos a cuento: para consumos residenciales medios la electricidad sale el doble en Brasil y el triple en Chile.

Un trabajo que el economista Fernando Navajas presentó en el Instituto Argentino de la Energía deja al descubierto, también, que el sistema beneficia notoriamente más a los sectores de mayores ingresos que a los de bajos recursos. Y barre por completo con la idea de que es un subsidio a los pobres, así también los incluya.

Dice que entre 2003 y 2009, para quienes están en el piso de la pirámide social fueron 517,7 millones de dólares. Y 1.239,6 millones, el doble largo, a quienes ocupan la cima, de lejos los más favorecidos. Desde la mitad de la tabla hacia arriba, la cuenta siempre crece.

Así de indiscriminado y desequilibrado es el modelo oficial, en una política donde también se expresa la distribución de la riqueza. E improvisada, la salida que el Gobierno imaginó con el impuestazo al gas y los boletazos a la luz. Retocados, volverían en el verano.

Y a propósito de sectores rezagados, una definición de Julio De Vido: "El Gobierno pretende darle dignidad energética al Noroeste y al Nordeste. La vergüenza argentina (fue) no haberle podido ofrecer energía de modo digno al Norte, durante los últimos años". Un rasgo de autocrítica del ministro de Planificación, en una licitación de obras para el NOA y el NEA.

Está implícito, en esas palabras, que el Gobierno que ahora dará dignidad al Norte es el mismo que en los últimos años se la había negado. Pero antes y después de la promesa de De Vido, los apagones sacudieron a Misiones, Chaco, Formosa, Corrientes y a varias provincias más.

Obviamente sin proponérselo, el ministro de Planificación y el secretario de Energía hablaban de sus gestiones, tan prolongadas como que están desde el mismo día en que asumió el kirchnerismo. Si se prefiere, hablaban de su propio Gobierno.

Junto a los 1.130 millones de pesos que el DNU agregó a la cuenta de los subsidios energéticos, entraron 1.830 millones para el transporte de pasajeros. Puede parecer poco, pero según ASAP entre ambos la factura anual ya bordea los 30.000 millones, arriba de 7.700 millones de dólares.

Es, evidentemente, una tendencia insostenible. Sólo entre 2006 y 2008, las subvenciones a la energía y el transporte manejadas en el área de De Vido saltaron de 5.876 millones a 24.900 millones.

Hace tiempo que los subsidios son un recurso aceptado hasta por economistas considerados ortodoxos. Pero deben cumplir al menos con ciertas condiciones básicas: ser gastados eficientemente, beneficiar a los sectores que de verdad los necesitan y a la vez mejorar los servicios. Nada que aquí se vea.

En lugar de éso, el Gobierno ha montado una estructura enmarañada, indescifrable, cuanto menos poco transparente. Una montaña de dinero que va del Estado al sector privado, sin otro control que el de los funcionarios que la distribuyen, justamente.

Así, el sistema no sólo se ha transformado en un laberinto del que será difícil salir, termina desacreditado y pierde su sentido esencial. Tal como el Gobierno lo administra, también despierta sospechas inevitables. Para el caso, desde ya, de que a estas cuestiones se le asigne algún valor o merezcan ser consideradas.

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