Sube la tensión entre Obama y los banqueros

Por Emilio J. Cárdenas

Ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

Las principales entidades financieras estadounidenses han pretendido mantener a sus altos ejecutivos en niveles de remuneración imposibles de justificar ante la opinión pública

En los últimos días se han conocido los lineamientos generales de la reforma del marco legal para el sector financiero norteamericano que el presidente, Barack Obama está dispuesto a impulsar, con el propósito de asegurar –para el futuro– un sistema más fuerte y equilibrado respecto de los riesgos que la actividad financiera en sí misma supone.

La reacción del sector –y la de los mercados– ha sido hasta ahora adversa. Pero lo cierto es que, desde el atril de la Casa Blanca, los comentarios respecto del sector comienzan a ser particularmente duros. Para peor, con un grado de insensibilidad poco común, las principales entidades financieras estadounidenses han pretendido mantener a sus altos ejecutivos en niveles de remuneración hoy irracionales, por astronómicos, que en las actuales circunstancias son imposibles de justificar ante la opinión pública. Por ello, la imagen pública del sector se ha deteriorado. Un error que ciertamente es tan grave, como inexplicable, del que deberán hacerse cargo.

Pero si miramos hacia atrás, la historia nos enseña que durante la Gran Depresión del 29/30 las cosas no fueron demasiado distintas en el país del norte. Algunos políticos trataron entonces de aprovechar, desde el balcón mismo del más abierto populismo, las consecuencias de los padecimientos que la crisis generara para así ganar simpatías, pegándoles a los ricos. Especialmente a los banqueros.

Entre ellos, un personaje casi grotesco, Huey P. Long, que fuera primero gobernador del estado de Louisiana y luego senador nacional. En 1933, Long creó una agrupación a la que bautizó ‘Sociedad para Compartir la Riqueza’. Su propuesta fue la de establecer impuestos exorbitantes a quienes tuvieran ganancias superiores al millón de dólares anuales, de manera de redistribuir ingresos. Para él, nadie debía tener más que ocho millones de dólares de patrimonio, razón por la cual además proponía que los excedentes, por encima de ese ‘tope’, fueran directamente confiscados por el Estado. Pese a que su propuesta era, por cierto, imposible de poner en marcha en una sociedad que siempre quiso preservar sus libertades, hubo quienes la apoyaron. Lo que no debe sorprender, desde que todos quienes se sentían potenciales beneficiarios de sus planteos, soñaban con recibir el maná propuesto. Particularmente quienes conformaron la enorme masa desempleada, que enfrentó los sinsabores de la miseria.

En ese ambiente, el novelista Upton Sinclair casi se transforma en gobernador de California proponiendo que el Estado se apoderara de las fábricas y granjas que estaban inactivas. El Padre Charles Coughlin, de la ciudad industrial de Detroit, que fuera un pionero de la radio, propuso seriamente que se impulsara fuertemente la inflación para, con ello, según él, poder salir de la crisis.

El propio Franklin D. Roosevelt promovió un impuesto especial, sancionado en 1935, que alcanzaba a los salarios más altos y a los ingresos de las inversiones. Cabe recordar que sus discursos estaban conformados por una retórica polarizante y repletos de frases y adjetivos hirientes, dirigidos hacia los más ricos. La demonización de los más ricos se extendió por algunos años.

No obstante, esa retórica agresiva se evaporó rápidamente cuando las cosas regresaron a la normalidad. Algunos hombres de negocios, como Samuel Insull, del sector de los servicios públicos, fueron detenidos y llevados a prisión esposados, para luego de haber sido injuriados, terminar siendo absueltos. El mismo presidente de la cadena de tiendas Montgomery Ward, Sewell Avery, sufrió una persecución similar.

Por todo esto, no es sorprendente que, cuando la crisis económica parece extenderse más de lo previsto por algunos, la retórica política en el país del norte repita las experiencias que se vivieron durante la Gran Depresión. Hasta ahora, los discursos del presidente Obama han sido moderados, pero hay señales de que la presión de las circunstancias podría empezar a cambiarlos.

No está demasiado claro si el endurecimiento de los tonos y la retórica populista generan –o no– beneficios políticos. La experiencia histórica de los propios demócratas es ciertamente ambivalente. Cuando la crisis de 1896, su entonces candidato, William Jennings Bryan, abrazó el populismo para terminar siendo rechazado en las urnas, generando más de tres décadas de predominio republicano. Pero Franklin D. Roosevelt, en cambio, resultó claramente beneficiario de su retórica populista contra los hombres de negocios. Obama, por el momento, está más cerca del discurso moderado, de decibeles clintonianos, que de los dichos atronadores que caracterizaron a Roosevelt. Las cosas pueden siempre cambiar, pero la personalidad de Obama sugiere que preferirá la moderación. Lo que, naturalmente, no es lo mismo que dejar de lado la firmeza.

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