Soñando con el 10 de diciembre

Por Luis Gregorich

El 10 de diciembre, más allá de los sueños precursores de una edad dorada o de las pesadillas de quiebres funestos, dispondremos, simplemente, de una nueva realidad política, consecuencia del resultado de las últimas elecciones nacionales: un Congreso con (ambigua y fragmentada) mayoría opositora, más notoria en la Cámara de Diputados que en el Senado.

No alumbrará una nueva era, pero tampoco los cambios que pueden sobrevenir son para despreciar. Dependerá de la inteligencia de los dirigentes políticos que estos cambios se produzcan y sean positivos para la sociedad, o bien que ocurra, como en la película El día de la marmota (estrenada aquí como Hechizo del tiempo y dirigida, en 1993, por Harold Ramis y protagonizada por Bill Murray), que nos despertemos el 11, el 12 y el 13, y los días que siguen, y que cada mañana las cosas vuelvan a ser exactamente iguales como antes (como ahora), en un eterno replay de prepotencia, desencuentros e insensatez.

Ojalá nos suceda un afortunado después del 10 de diciembre, porque la metáfora precisa del antes la brindó otro 10 argentino emblemático: el episodio Maradona condensó, otra vez, la impunidad de los poderosos, trátese de gobernantes o ídolos populares. ¡Cuánto bien les habría hecho Diego a sus compatriotas si en lugar de repartir infantiles obscenidades a modo de revancha contra los periodistas que lo habían acosado, hubiese ejercido una módica dosis de humildad al admitir su propia responsabilidad en las penosas actuaciones del equipo nacional, agradeciendo los dos goles que nos salvaron del repechaje a Dios y a quienes los marcaron! Como director técnico debía representarnos a todos; no podía ser un escolar enojado y deslenguado.

En un Estado democrático, aunque nadie nos represente a todos, el Gobierno tiene algunas obligaciones y la oposición otras, y ambos deben ingeniárselas para bregar por el bien común, requisito que tantas veces se sacrifica en el altar de la mezquindad y la competencia. Desde esta perspectiva, vale la pena examinar qué espera cada una de estas dos partes de la inexorable llegada de la fecha que hemos puesto en el centro de la escena.

Respecto del 10 de diciembre, el Gobierno no motiva demasiadas esperanzas de cambio y confía, básicamente, en que no pase nada. Ya ha atenuado los efectos más directos de la derrota electoral asumiendo la iniciativa y fijando, en términos generales, la agenda política y social. Aprovechó, además, la distancia de más de cinco meses (deliberadamente establecida) entre la fecha de las elecciones y la asunción de los nuevos diputados y senadores para saturar y apurar con proyectos legislativos que más adelante no tendrían barrera abierta. No resulta elegante ni meritorio institucionalmente, pero es legítimo, y la oposición no tiene derecho de especular con la estupidez ajena.

Casi con facilidad, el Gobierno consiguió la aprobación de la ley de medios audiovisuales. Incluso aceptando que tiene aspectos positivos, el texto completo de esta ley, detallista e irritante, adolece de tantas irregularidades y contradicciones, que por eso solo merecería ser calificado de inviable e inconstitucional. Pretende ser (beneficiosamente) antimonopólico, pero se acerca peligrosamente, con triquiñuelas indirectas y eventuales financiamientos, al monopolio gubernativo/estatal, el peor de todos. Enceguecido por su pelea a brazo partido con un multimedio, el Gobierno perdió la oportunidad de contribuir a un dispositivo legal que tuviese la consistencia de un ordenamiento duradero.

Algo parecido ocurre con el reciente decreto sobre asignaciones a los hijos de desocupados y trabajadores en negro: por un lado, es elogiable, por afrontar la agenda de la pobreza y el subconsumo; por el otro, carece de universalidad, se hace sospechoso de clientelismo y echa mano a los fondos de los jubilados, en una operación económica por lo menos discutible. De nuevo se malversó una ocasión de confluencia con los partidos de la oposición, largos sostenedores del reclamo.

La "estrategia posdiez" del Gobierno puede intuirse sin dificultad. La Presidenta vetará las decisiones adversas del Congreso. Se buscarán alianzas o sumisiones entre los pequeños partidos de centroizquierda. Se bajará el gasto público, aunque no mucho, esperando que repunte la economía mundial y vuelvan días de bonanza para la Argentina sojera. Se seguirá maniatando a provincias y municipios con el más escandaloso unitarismo. Se procurará el control del Partido Justicialista mediante dádivas en donde haga falta. Florecerán, en lo posible, los negocios de los millonarios empresarios, amigos de los millonarios gobernantes. Y los intelectuales de Carta Abierta seguirán apoyando, pese a los barones del conurbano, el Indec, y los enriquecimientos ilícitos, porque es "la única opción emancipadora".

El problema es que la imagen y la credibilidad de la Presidenta y su marido han experimentado una dura caída, y se mueven entre el 20 y el 25 % de índices positivos, en el mejor de los casos. Con esos porcentajes de apoyo, es arduo gobernar en cualquier país, y más en la Argentina. Es fácil pasar de la exaltación al escarnio, pero pocas veces se consigue transitar el camino inverso. Y probablemente lo peor para nuestros gobernantes es que el rechazo a sus figuras se da no sólo por gestiones concretas, sino también, y quizás en mayor medida, por trayectorias y estilos personales, difícilmente modificables.

Es cierto que la oposición y sus principales espadas tampoco suscitan el entusiasmo solidario de la población. Se mezcla mera táctica con objetivos de fondo, se oscila entre la fragmentación exasperada y súbitos amontonamientos, y la rivalidad reemplaza a la cooperación. El Gobierno observa complacido estos avances y retrocesos. Está poco convencido de que pueda ganar en 2011, pero prepara el terreno minado para el opositor que lo consiga. Una crítica situación de caja, amenazantes crisis fiscales, un endeudamiento mayúsculo podrían hacer, a partir de 2012, que las prestaciones sociales se derrumbasen. Y entonces, otra vez, el caos. Y los piqueteros, con buenas razones para salir a la calle. Y Moyano, más aguerrido que nunca.

¿Con qué sueña la oposición para después del 10 de diciembre? Es más difícil adivinarlo que presagiar los movimientos del Gobierno, porque hay varias oposiciones, y sus operativos políticos no están todavía -¿lo estarán alguna vez?- coordinados. Podría hablarse, como mínimo, de cuatro oposiciones diferentes (una de ellas, extraparlamentaria), que interactúan de manera confusa e intermitente. Una de ellas, la reunión de centroizquierda, aún no definitiva, del radicalismo, la Coalición Cívica-ARI y el Partido Socialista. Otra, el peronismo disidente. Una tercera, el Pro de centroderecha de Macri, ligado con la anterior por vasos comunicantes. Una última, sin lazos con ninguna de las otras tres, la extrema izquierda, con presencia en la calle, y en sindicatos y universidades. Y todavía nos quedan, sin clasificar, Pino Solanas, Martín Sabbatella, el ARI disidente, los partidos provinciales, que serán oposición u oficialismo según las circunstancias?

Imposible, y quizá obvio, abarcar los sueños y los deseos de esta segunda parte del espacio político. Sería bueno, de todos modos, enterarse de si Julio Cobos concitará el beneplácito de todos los radicales, si Elisa Carrió se consolidará como la voz intransigente del frente opositor, si Eduardo Duhalde y quienes lo acompañan volverán al centro del ring o si Carlos Reutemann terminará aventando sus dudas, o si, en resumen, todas estas personas y quienes los siguen piensan dialogar, no como mera exhibición verbal, sino para corregirse mutuamente y presentar nuevas visiones, proyectos de país.

Mejor aún, tal vez, sería aproximarnos a lo que esperan del 10 de diciembre otros golpeados protagonistas: la gente común, la sufrida mayoría del pueblo argentino, cansada hasta el hartazgo de groserías, ostentaciones y enfrentamientos.

No parecen esperar nada del otro mundo, mucho menos que sea un día mágico en que desaparezcan los conflictos, junto con sus actores principales. Los conflictos seguirán, y sus actores, también. Sólo el Congreso cambiará de manos, y al menos tendremos la oportunidad de ver sentados en sus bancas, debatiendo con rigor o con furia, a algunos de nuestros principales dirigentes políticos. Pero el sueño colectivo es que esta mayor pluralidad, esta pérdida de las mayorías automáticas, derive, no en una parálisis institucional, sino en la República de los acuerdos de Estado, donde todos tengan que ceder algo y donde la calidad de la interlocución derrote a la jactancia del monólogo. Una Argentina un poco más normal, un poco más educada.

No estamos solos en el mundo. Basta asomarnos a nuestras fronteras para comprobar que otros lo hacen mejor que nosotros. Tres presidentes de otros tantos países amigos están entrando en los últimos tramos de sus respectivos mandatos, con gran aceptación ciudadana. Uno es un ex obrero metalúrgico y sindicalista que está convirtiendo a su nación en potencia mundial. Otro es un médico oncólogo que ha hecho progresar notoriamente en el campo económico y social a su pequeño país. La tercera es una médica pediatra que concluye su mandato con gran popularidad y prestigio mundial. Los tres pertenecen a corrientes progresistas, vienen de larga y demostrable militancia en esa línea, y no se han enriquecido, que se sepa, durante sus presidencias. Es compatible estar en el mundo y en la región, y saber cómo se defiende el interés nacional.

Dígase de nuevo: el próximo 10 de diciembre no será ni por asomo una fecha histórica, pero podría representar la tímida posibilidad de un gobierno más dialogante y de una oposición mejor articulada para que el día de la marmota no se repita interminablemente.

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