Somos todos de izquierda

Por Jorge Fontevecchia.

Parecía no haber diferencias ideológicas de fondo entre ellos. Gabriela Michetti, Carlos Heller, Pino Solanas, Margarita Stolbizer y José Sbatella debatían en Todo Noticias como si fueran precandidatos de distintas corrientes de un mismo partido donde se disputaba una elección interna.

La escena, que se desarrollaba el domingo pasado en el ciclo de María Laura Santillán Argentina para armar, era apenas un ejemplo más de los tantos que indican cómo las grietas que nos dejó el terremoto político de la dictadura sumado al social de las crisis económicas están lejos de sellarse. En ese programa, tanto la representante de la UCR/Coalición Cívica como la del PRO se mimetizaban con el discurso de Pino Solanas. Ninguna de ellas se atrevió a dudar –por ejemplo– sobre la eventual conveniencia de que Aerolíneas Argentina volviera a ser una empresa privada siquiera a largo plazo.

Pino Solanas podría haber estado exultante y feliz al ver que ahora todos le daban la razón, cuando a comienzos de la década pasada tantos se ponían de acuerdo en su contra. Pero no lo estaba. Previendo, tal vez, que así como en 1992-1995 la enorme mayoría que propiciaba un Estado menos intervencionista de la economía no lo hacía por convicciones sino simplemente para seguir la corriente, se podía perfectamente imaginar que los que ahora se sumaron a la ola opuesta tampoco tienen profundas convicciones sino un carácter más influenciable o, en algunos casos, directamente oportunismo.

Casi como un anticipo de lo que sería la discusión pública de este miércoles entre Macri y su ex vicejefa de Gobierno (el primero acusando a la segunda de "creerse la Madre Teresa de Calcuta"), tres días antes en Argentina para armar Gabriela Michetti dijo: "Nosotros tomamos medidas de izquierda".

Michetti no luce cínica. Su caso se podría asociar a lo que el psicoanalista inglés Donald Winnicott denominaba "falso self": un mecanismo de defensa de la persona, quien, para mantener una relación, se anticipa a la demanda del otro adaptándose; y al ser un proceso inconsciente, confunde incluso a su verdadero yo. Este tipo de comportamiento se manifiesta en mayor proporción en personas altamente preocupadas por no desilusionar y por cumplir con las normas exteriores, sociales o religiosas.

Esta semana, un consultor político regional me informó que cuando se le pregunta a la gente qué significa ser socialista, la definición más elegida en varios países sudamericanos fue "ser buena persona".

Otro extranjero me contó una historia similar. El embajador en Argentina de uno de los países más importantes de Europa quedó perplejo cuando, con el presidente del mayor partido de oposición, se le produjo esta semana el siguiente diálogo:

Embajador: "Entonces, en cualquiera de los casos, gane el panradicalismo, el PRO o el peronismo federal, el gobierno que surgirá en la Argentina de 2011 implicará un corrimiento más hacia la derecha".

Político argentino: "De ninguna manera se puede interpretar así porque eso significaría aceptar que Kirchner es de izquierda".

En el caso de Michetti, el síntoma se encuentra exacerbado y podría haber derivado en una neurosis o "falso self", pero los demás políticos no son inmunes a algún grado de fobia semántica por la palabra derecha. Elisa Carrió, después de "correr por izquierda" a casi todos los políticos, no bien el kirchnerismo comenzó a acusarla de haberse derechizado repite como un mantra que derecha e izquierda son definiciones anacrónicas y que el nuevo divisor de aguas se construye entre los honestos y los corruptos.

Macri se queja de que su ex vicejefa de Gobierno se haya creído el papel de "paz y amor" que interpreta. Pero él mismo ya no defiende las convicciones en las que cree si las encuestas demuestran que son impopulares. En su caso gracias a los consejos de sus asesores de campaña, que no creen en las palabras sino sólo en las imágenes, y que juzgan los avisos políticos de TV sin sonido porque el texto "sólo es responsable del 15% del mensaje". Llevando esa lógica del marketing político al paroxismo, "ser de izquierda" podría asimilarse a ser moderno, saltar un bache o tener un tatuaje.

Los políticos saben que cíclicamente los votantes piden cambio. Pero como el cambio cambia (su concepto) cada vez que el ciclo anterior se vuelve obsoleto, nadie es nada ideológicamente en política, para poder así ser todo lo que sea necesario en cada momento. Menem pudo ser neoliberal habiendo sido el gobernador más estatista, y Kirchner pudo ser estatista habiendo sido el gobernador más privatista y económicamente el más conservador.

Ninguno fue lo que dijo ser, y como en toda actuación no ejecutada por artistas, se sobreactúa, para compensar, temor a ser descubierto o inseguridad. Esa sobreactuación estira el péndulo en una dirección más allá de lo necesario, creando las condiciones para que en el próximo ciclo el péndulo se dirija con más fuerza hacia el lado opuesto ("lo reprimido retorna con más fuerza"). El subdesarrollo se podría medir por el ángulo del péndulo: 30º sería Suecia. 90º, Italia. Y 120º, Argentina.

Cuando desde la tribuna política se inflaciona el lenguaje, los términos que definen posiciones políticas se transforman en adjetivos descalificativos del oponente. Lo mismo sucede con palabras de la economía cuando se las demoniza: empresario como sinónimo de abusador y capitalismo, de imperialismo.

Decirle a alguien que es de derecha es hoy una especie de insulto similar a decirle fachista. Algo comparable ocurría hace varios años cuando desde algunos sectores se llamaba a una persona zurdo de forma peyorativa. Usar a modo de insulto derecha e izquierda demuestra nuestra barbarie política.

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