Somos todos Burritos.

Somos todos Burritos.
RIVER 2 - COLON 2: El "Orteeega, Orteeega" fue otra vez el grito de guerra para un River que, con dos goles de ventaja y un jugador más, estaba para enamorar pero le empataron sobre la hora.
Ese apellido se transformó en un grito de guerra, en un pedido que al mismo tiempo sirve para reclamar sin ser tan hiriente (al menos literalmente) como un insulto. Fue inevitable que se escuchara en ese final de historia repetida, que no era el que le correspondía a los 90 minutos previos al zapatazo de Prediger. Por eso, después de muchos más aplausos que silbidos en la despedida, el "Orteeeega, Orteeeega" retumbó de arco a arco y cerró una jornada que justamente había arrancado con el mismo grito, con el mismo reclamo, con la misma añoranza por el ídolo que no está.

Los amagues, vaya paradoja, que River le hizo al regreso del jujeño habían elevado la temperatura de los hinchas en la previa al debut. Pero como en cada inicio de campeonato los hinchas coparon el Monumental con ánimo positivo, sin importarles que durante el verano el equipo no logró enterrar la malaria. Obvio que la calentura estaba y la descargaron luego de la improvisada presentación de Gallardo y Fabbiani, los refuerzos que fueron bien recibidos desde las tribunas y a los que despidieron con un lógico "Orteeeega, Orteeeega", no para rechazarlos a ellos sino para que lo escuchen los dirigentes que se entregaron solitos a las fieras al querer mostrar las caras nuevas, cuando no estaba justamente la cara que más esperaba encontrar el público.

Igualmente, gracias al nivel que fue mostrando el equipo con el correr de los minutos, el recuerdo del Burrito pasó a ser una simple anécdota, un mensaje que apenas se mantenía vigente en un par de banderas que recordaban cuánto lo extrañan. Entonces, durante el partido nadie se acordó del jujeño y todo se transformó en aliento, en alaridos ante cada quite de Nicolás Sánchez, en aplausos para las gambetas de Buonanotte y para la incansable entrega de Radamel Falcao. Así, los jugadores se fueron al descanso y no escucharon los habituales insultos de los últimos meses del 2008. Esta vez las puteadas fueron pocas, como para no perder la costumbre, y dirigidas ¡al árbitro!

Como una novia que perdona los errores del pasado y vuelve a entregarse, los hinchas hasta regalaban oles ante el toqueteo que encontró el punto G en la jugada del 2-0. Y todo parecía tan rosa que los plateístas de la San Martín enrojecieron sus manos para reconocer a Rosales, Cabral y Buonanotte cuando fueron reemplazados. La fiesta completa (en la tribuna y también en la cancha) estaba armada como hacía tiempo no se veía en el Monumental. Fabbiani y Gallardo la disfrutaban desde un palco. Cerquita de ellos, Felipe Solá también gozaba y se imaginaba los afiches de campaña abrazado al Ogro, al que definió como "el político más hábil y candidateable".

Pero... Sí, desde hace rato en Núñez no se pueden sacar la maldición del pero. Entonces, el vals (un baile tranquilo, sin lujos, que puede sonar exagerado, pero a esta altura que River esté 2-0 arriba...) se sacudió con un zapatazo de Capurro, aunque nadie se asustó demasiado. Un rato después zapateó Pedriger y la fiesta se mudó de tribuna. Para los locales se transformó en un tango sufrido, nostálgico, lleno de melancolía y una sola palabra creó la letra completa, con estribillo y todo. "Orteeeega, Orteeega" cantaron los hinchas calientes por los dos puntos que se escaparon y desilusionados porque el ídolo sigue en Mendoza.

¿Todavía quedan chances de que regrese antes de julio? Tras las frustradas y desprolijas negociaciones de la semana pasada, ayer los dirigentes repitieron y aseguraron que la de Ortega ya es una historia archivada. Sin embargo, por lo bajo no descartan que consigan el dinero necesario para que el ídolo vuelva ya a Núñez y así su nombre deje de ser un grito de guerra y se transforme en uno de aliento.

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