Somos dos pueblos dentro de una sola nación.

Por Mariano Grondona.

Hace más de dos mil años Aristóteles señaló que, para que una democracia sea estable, debe prevalecer en ella la clase media.

Estas antiguas palabras cobran hoy sorprendente actualidad. Sea en Europa, América del Norte, Asia u Oceanía, en las democracias estables de nuestros días predominan las clases medias. Pero éste no es el caso de América latina, en cada una de cuyas naciones cohabitan dos pueblos en vez de uno. El primero, de clase media, responde a las características de las democracias desarrolladas. Pero también tenemos en nuestra región un "segundo pueblo", cercado por la pobreza.

Frente a esta dolorosa dualidad, los gobiernos latinoamericanos actúan de dos maneras opuestas. Siguiendo una de ellas, los gobiernos responsables procuran elevar gradualmente y con esfuerzo a una proporción creciente del segundo pueblo a las condiciones económicas y educativas del primero. El caso más notable en esta categoría es la democracia chilena, que en los últimos años ha logrado reducir las cifras de la pobreza a la mitad. Ya en posesión de una amplia clase media, Uruguay lo sigue de cerca. Todavía acongojado por un vasto problema de pobreza, el Brasil de Fernando Henrique Cardoso y de Lula ha emprendido el mismo camino.

Los gobiernos populistas de nuestra región, con Hugo Chávez a la cabeza, han tomado el camino opuesto. En lugar de elevar trabajosamente a los que están peor, los populistas latinoamericanos han escogido explotarlos políticamente, convirtiéndolos en su base electoral. No sólo Bolivia, Ecuador, Nicaragua y ahora Honduras siguen esta estrategia. A ella se ha sumado el kirchnerismo.

La fórmula populista consiste, en el fondo, en explotar al "segundo pueblo" sin que éste se dé cuenta. Para ello, necesita que se cumplan dos condiciones. Una, la persistencia y hasta el aumento de la pobreza en el segundo pueblo, para que sus habitantes se vean forzados a ofrecer sus votos a cambio de planes sociales. La otra, que también prevalezca en él un bajo nivel de educación porque de otra manera los explotados se darían cuenta. Si los populistas consintieran en cambio en elevar el nivel económico y educativo de los pobres, éstos, una vez en un camino de progreso a cuyo término los esperaría la clase media, dejarían poco a poco de votarlos. Cloacas a cielo abierto en los suburbios y pocas clases mal dictadas en las escuelas: he aquí la clave electoral del populismo.

Entre nosotros

Quizá la principal diferencia entre la Argentina y el resto de los países de nuestra región sometidos al populismo sea que entre nosotros todavía cuenta fuertemente la clase media. Por eso la resistencia al kirchnerismo ha crecido y ha obligado a sus máximos estrategos a internarse en laberintos cada día más tortuosos, como las mal llamadas "candidaturas testimoniales".

Así lo corrobora nuestra geografía electoral. En grandes ciudades como la Capital Federal, Rosario, Córdoba y Mendoza, así como en distritos rurales de vanguardia, como los de Santa Fe y Córdoba, y tanto en el "primer cordón" del conurbano como en el interior rural de la provincia de Buenos Aires, Kirchner retrocede y las dos conjunciones opositoras del "panradicalismo" (Carrió, Alfonsín, los socialistas y Cobos incluidos) y del peronismo "disidente" o "federal" avanzan. Pero en las zonas más pobres y dependientes del "segundo cordón" y en las provincias peor administradas, con el Chaco de los esposos Capitanich, donde impera el dengue, a la cabeza, el kirchnerismo resiste. La idea de una nación con dos pueblos se aplica entre nosotros con la precisión de un manual aun cuando, hacia el corto o el largo plazo, nuestras dos oposiciones mantienen expedita la "vía chilena".

El intenso esfuerzo que están desplegando los opositores en el Gran Buenos Aires durante esta campaña electoral pareciera, en una primera mirada, condenado de antemano. Pero De Narváez, Solá y Macri de un lado, Stolbizer y Alfonsín del otro, haciendo gala de un espíritu esencialmente "práctico", no se resignan a perder sin pelear en el bastión mismo del populismo kirchnerista, donde el propio "ex presidente en ejercicio", lo haya querido o no, se prepara a dar batalla con la idea de arrastrar a su lado al gobernador Scioli, que lo supera ampliamente en las encuestas. Este alienta en la intimidad serias dudas, ya que aún no sabe si el "beso" de Kirchner no equivaldrá finalmente, para él, al beso de la muerte.

En el Gran Buenos Aires se localizará por ello el centro de gravedad de la batalla, ya que el kirchnerismo podría perder en junio de dos modos. Uno, mínimo y probable, sería quedar sin el control de una o ambas Cámaras en el Congreso. El otro, máximo y menos probable, sería que las avanzadas de la oposición pudieran penetrar incluso en la ciudadela ultraprotegida del Gran Buenos Aires. Si éste fuera el caso, la suerte del kirchnerismo quedaría sellada. Si no lo fuera, aun así habría que ver cómo se las arreglaría el kirchnerismo, acostumbrado como está a embestir frontalmente a todos sus adversarios a la vez, para dialogar y negociar en el Congreso, con su "caja" disminuida y en medio de una nueva situación política en sí misma pluralista.

La "democracia delegativa"

El politólogo Guillermo O´Donnell, que ha vuelto al país después de enseñar por décadas en universidades inglesas, brasileñas y norteamericanas, expone en sus libros un concepto aplicable a algunas situaciones latinoamericanas: el de la democracia delegativa . A la inversa de las "democracias republicanas", que se han difundido entre las naciones desarrolladas y entre algunas democracias latinoamericanas, la "democracia delegativa", que tampoco ha sido infrecuente en nuestra región, es "democrática" pero no "republicana" porque tiende a otorgar a quien venza en las elecciones "todo" el poder y resiste por lo tanto el control del Congreso, de los jueces y de cualquier otro organismo de "control horizontal" como sería entre nosotros, por ejemplo, la Auditoría General de la Nación.

Cuando uno lee a O´Donnell, piensa enseguida en la avidez política de Néstor Kirchner, pero el autor, con una mirada más amplia, no piensa sólo en él, sino también en otros casos latinoamericanos, como fue ayer Fujimori en Perú y como son hoy Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia y Correa en Ecuador. Su marco de análisis podría extenderse también a otras democracias inmaduras, no republicanas, como, por ejemplo, la Rusia de Putin.

Como lo ha observado el analista político Michael Singer en el libro Demagogo , que citábamos la semana pasada en esta columna, el problema de los caudillos que quieren quedarse con todo a partir de una elección en sí misma democrática es que no se detienen en reclamar un poder amplísimo desde que son elegidos, sino que evolucionan a la velocidad que les permiten las débiles instituciones que los rodean, hacia una dictadura que finalmente incluye la persecución de sus opositores. Hoy, varios de los principales opositores de Chávez ya están prófugos, encarcelados o en el exilio.

Es que los anticuerpos que debieran contener los excesos de las "democracias delegativas" no sólo son "institucionalmente" sino también "culturalmente" débiles, ya que prolongan en nuestros países un residuo autoritario que les viene de lejos. Esperemos que una adecuada política preventiva de parte de todos aquellos que aprecian la república democrática y están dispuestos a defenderla llegue a tiempo para detener y revertir los abusos autoritarios a los que se hallan expuestos los países latinoamericanos amenazados por el populismo. Entre ellos, el nuestro.

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