Si somos como ellos, estamos perdidos

Por Jorge Lanata.

Es curioso que actuemos como si la pena de muerte nunca hubiera estado vigente en la Argentina: la hubo estatal, y privada.

Tenemos que arremangarnos para ver cómo podemos sortear este inconveniente –dijo la Presidenta.

¿Arremangarnos? ¿Quiénes? ¿Ellos? ¿Nosotros? ¿Ustedes? ¿Todos? ¿A qué se refiere con “inconveniente”? ¿Los asesinatos lo son? ¿Los dedos cortados de los colectiveros? ¿La muerte en vida de la pobreza es otro inconveniente?

–Todos piensan lo que pienso yo –dice Susana conmovida, torpe, inconsciente de su rol, y las radios estallan de mensajes. Y estalla Sandro y Cóppola después. Y todos piensan lo que piensa Susana. Pedirle a una víctima que legisle es pedirle demasiado; las víctimas sufren, el sufrimiento nunca puede ser equilibrado. A veces, cuando el dolor es tan grande, cuando se sufre tanto tanto, surge un equilibrio como surgió entonces el de las Madres y las Abuelas: no pedían paredón sino justicia. Es curioso que actuemos como si la pena de muerte nunca hubiera estado vigente en la Argentina: la hubo estatal, y privada. Tipos convencidos de que no podían vivir sin el otro, muerto. ¿O no fueron juicios sumarios los campos de concentración, las torturas y las fosas comunes? ¿O no les aplicó la pena de muerte Montoneros a Aramburu, o a Rucci, o al comedor de la Federal? Por favor, alguien que enuncie la utilidad de esas muertes, cualesquiera que fueran.

–En un país corrupto como éste, poner pena de muerte sería una locura –escuché.

La discusión es ética, no de fines. Si existiera una máquina perfecta en la que el detenido pone un dedo, le extrae una gota de sangre y lo declara 100% culpable, ¿usted lo mataría? Se defiende la vida como valor en sí, no por la eficiencia demostrada al quitarla.

Susana dijo lo que dijo y, como siempre sucede, también lo que no dijo, lo que el resto quiso escuchar. ¿Y si ponemos su exabrupto sobre la pena de muerte en un paraguas (al lado de la Mesa de Enlace) y examinamos lo demás?:

–Dijo, llanamente, que nos importan más los chorros que los policías. El tema es eterno y complejo, pero es cierto. Es natural que las personas se interesen por la suerte de los más débiles, y es justo que así sea. Es cierto que la policía sufre una enfermedad casi terminal que la corroe: está infectada de corrupción, silencio, miedo y complicidad pasiva o activa en la delincuencia que supuestamente combate. Como toda organización vertical, no tiene destino sin liderazgos sanos. Y no los tiene. Y no los tuvo. Algo hay que hacer con ella. Un día mi hija menor me va a preguntar por esos tipos de azul: ¿qué le digo? ¿Teneles miedo? ¿Cuidate? ¿Nunca van a protegerte?

–Dijo también, Susana, que los chorros no les tienen miedo a los policías, que no los respetan. Es cierto. La policía no entiende que el respeto se gana por consenso, no por miedo. Nadie los respetará si roban, si aplican la ley de fuga, si transan. Y está bien que así sea. Pero no es sólo la policía sino el sistema general de autoridad lo que está en crisis; como dijo alguna vez Chiche Gelblung, es un milagro que todavía la gente pare en los semáforos. En la provincia, a la noche, ya no lo hace. Escribo estas líneas en un país que tiene hace dos años una frontera terrestre cortada con Uruguay en la que se reclama por una papelera que ya lleva un año de funcionamiento. Ustedes leen esto, ahora, en una ciudad en la que, para hacer doble mano la avenida Pueyrredón, hay que llevar tanques del Ejército.

–¡Vos representás a la burguesía! –le gritaba un señor a una señora sentada en la calle.

–¿Qué me decís? ¿Que soy negro? ¡Sí, soy negro! ¿Y vos qué sos, alemán? –respondía otro, caminando entre los colectivos. No era la toma de la Bastilla. Era la doble mano en Pueyrredón.

Escribo estas líneas en mi país, un sitio donde los jueces pueden condenar años a

los detenidos sin haberlos visto en persona ni una sola vez, y pueden tenerlos otros tantos años “en proceso” hasta ue la condena llegue.

La historia argentina registra al menos 124 leyes de amnistía: incluyeron desde el asesinato político y los atentados hasta infractores de la Aduana o desertores del servicio militar. También hubo 49 “pagos únicos y definitivos” y 17 “únicas veces”. Salir es cuestión de tiempo; lo más probable es que la condena no se cumpla (mas allá, incluso, del derogado “dos por uno”, esa especie de ley de promoción de chicle globo en la que el Estado, al no poder cumplir con su obligación de alojar a los detenidos, los liberaba).

La típica postura “progresista” sobre estos temas ha sido muy liberal, casi anarquista, hasta el momento en que a cualquiera le ponen un fierro en la cabeza. El tema es, siempre, un espejo; como la desocupación: nos rodea y puede tocarnos.

–Actúa como un burgués asustado –escuché, también, por ahí. Como si quien lo dijera no fuese otro burgués. ¿O los desesperados llaman a las radios para formar opinión pública?

Nadie puede creer realmente que la solución sea comerse al caníbal. Tampoco soluciona el Gobierno reduciendo el fenómeno a un problema de “percepción de inconvenientes”. (¿Cuántas veces al día Cristina esconderá su Rolex en la manga para evitar que se lo manoteen? ¿Lo usará del lado del acompañante cuando viaja desde Olivos?)

Hay barrios en los que la policía no se anima a entrar. El Gobierno cuenta con una policía que no controla; teme ordenar algún tipo de represión (el fantasma de Kosteki y Santillán revolotea cerca, con la caída de Duhalde). La Justicia se ahoga debajo de toneladas de expedientes plagados de eufemismos y cada vez más lejos de la verdad. Algunos desesperados matan: lo hacen sin ninguna reflexión moral, ni política, ni económica; matan por miedo, o porque les divierte ver salir la sangre, o porque se les para o porque sí. Si somos iguales a ellos, estamos perdidos.

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