La solución final

Por Martín Caparrós.

En este país lo único que todos respetan es la muerte. Acá si estás muerto aunque seas un reverendo hijo de puta te volvés un grande. Fíjense lo que le pasó a Alfonso, por ejemplo

Llevaban días hablando del asunto, y se desesperaban; por eso, cuando el primer hombre dijo que había encontrado la solución, los otros dos lo miraron escépticos:

–Ya lo dijiste cuatro veces, che.

–No, muchachos, esta vez la tengo, de verdad que la tengo.

El primer hombre hizo una pausa, miró a su alrededor, chequeó que nadie lo mirara. La parrilla pretenciosa estaba medio vacía –la crisis llegaba a todas partes– y la pareja de la mesa de atrás tenía su propia trampa que atender.

–Es cierto, estamos al horno. Si esto sigue así perdemos por goleada; ni la guita para los intendentes, ni las listas testimoniales, ni los aprietes, nada: pareciera que ya hicimos todo lo posible y nos hundimos igual. Pero hay algo que todavía nos puede salvar.

–Dale, che, ya amenazaste suficiente. Ahora decilo.

–No lo voy a decir, les voy a preguntar. ¿Qué es lo único que todos los argentinos respetan?

Dijo el primer hombre, y los otros dos se lanzaron a una ristra de lugares comunes –la vieja, la bandera, el éxito, Gardel, la guita– que el primero rechazaba con cara de buda satisfecho y burlón. El hombre tenía una papada extraordinaria, los ojitos perdidos entre grasa:

–No, muchachos, nada de eso: la muerte. En este país lo único que todos respetan es la muerte, lo único que te hace realmente bueno es morirte. Acá si estás muerto aunque seas un reverendo hijo de puta te volvés un grande. Fíjense lo que le pasó a Alfonso, por ejemplo.

–Che, el pobre Alfonso no era un hijo de puta…

–Nunca me vas a entender de una, ¿no? Yo no quise decir que fuera nada: quiero decir que cuando estaba vivo no lo votaba nadie y ahora que murió se convirtió en un prócer. Si hasta está resucitando al hijo…

–¿Y entonces?

–No se hagan los boludos, muchachos, que me entendieron perfecto.

Los tres hombres se miraron como se miran los que no quieren ver lo que están viendo: la esposa manoteando una entrepierna ajena, el telegrama de despido, aquella foto de sus veintiuno. –¿Vos querés decir que para que hagamos una buena votación en junio se tendría que morir alguien?

Le preguntó despacito el segundo, muy flaco, barba rala, sus ojeras. –Vos sabés que estoy diciendo eso. –¿Pero quién, animal, de quién estás hablando? –¿De quién voy a estar hablando?

El mozo llegó con la segunda botella de montchenot y un par de provoletas bien doradas. El tercer hombre, pelo largo entrecano, prestancia de caudillo antiguo, amagó una sonrisa: ¿pingüino o pingüina?

–Veo que ya nos estamos entendiendo.

Dijo el primer hombre, y el segundo les preguntó si estaban locos.

–Locos no, al contrario, demasiado cuerdos. Bueno, basta de mariconadas: ¿pingüino o pingüina?

La discusión fue larga: el tercer hombre dijo que si la que moría era ella la ventaja era que iba a dar muy Evita, que se compraba todos los boletos para el mito, que a largo plazo era un golazo pero que en lo inmediato tenía un par de problemas:

–Uno es que queda él solo y hay mucha gente que no lo soporta más.

Dijo el segundo, que se empezaba a entusiasmar, y dijo que con la simpatía por la muerte de su mujer le iba a cambiar la imagen y hasta quizá le bajaba las ínfulas y lo hacía más tolerante y otros cuentos de lechera hasta que el tercero pegó un puñetazo sobre la mesa: –No, boludo, no se puede. Está Cobos.

–Uy, dios, qué manga de boludos. Si la que se muere es ella, la sucede Cobos y se nos pudre todo.

–Va a tener que ser él.

–Pero si es él, ella va a dar muy Isabelita; el macho se murió y quedó la viuda pobrecita.

–No, hermano, no digas tonterías. Ella nunca va a dar Isabelita. Y, de todas formas, no tenemos otra.

–Tienen razón: va a tener que ser él.

–Va a tener que ser él.

–Va a tener que ser él.

Los tres hombres se miraron para sellar un pacto grave, decisivo; la segunda botella estaba muerta y la provoleta se enfriaba en el medio de la mesa.

–Y además, con perdón, así se va a acabar toda esa sanata sobre el doble comando.

Dijo el tercer hombre y el segundo lo miró pesado: una cosa era jugarse a un sacrificio por la patria, le dijo, y otra hacerle el juego a La Nación.

–Ok, tenés razón. Pero, hablando de sacrificio, se olvidaron de lo más importante. ¿Quién carajo puede pensar que el hombre va a hacer semejante sacrificio?

Dijo el tercero y tuvo un momento de alivio: estaban hablando boludeces, no iban a hacer nada de eso.

–¿Cómo, no estuvo dispuesto a dar su vida por la patria? La patria, de puro generosa, le dio una prórroga de treinta años, y ahora la reclama.

Dijo el segundo, las ojeras cada vez más hondas, y que el poder le gusta tanto que en una de ésas podían convencerlo: de últimas le decimos que es una farsa, que no se va a morir de veras, y cuando se quiera dar cuenta ya no va a poder reclamar nada.

–No sean boludos, che. Por supuesto que el hombre no va a querer morirse para mantener el modelo. Así que nunca va a saber que se está muriendo para eso, ni para ninguna otra cosa.

El mozo llegó con las mollejas y los tres hombres ni siquiera las miraron. Acababan de entender que se estaban confabulando en algo extraordinario, algo que los uniría por el resto de sus vidas. El segundo se preguntó si valdría la pena; el primero trató de pensar cómo había llegado hasta ahí y se dijo que, de todos modos, no tenía vuelta atrás: que volver atrás significaba perder todo lo que había conseguido hasta entonces, la subsecretaría, las prebendas, su trozo de poder, y que además era una maniobra genial, alta política. El tercero dijo que lo único que les faltaba era decidir cómo iba a ser.

–Puta, estamos al horno.

Dijo el primero. Durante la hora siguiente las mollejas se volvieron amarillas, las montche siguieron insistiendo y los tres hombres discutieron la forma de esa muerte por la patria o, al menos, el poder. Dijeron que lo más fácil sería simular un infarto con alguna de esas drogas de diseño que matan sin dejar ningún rastro, pero se preguntaron si un infarto no era una marca de debilidad que les complicaría las cosas. No, es una muestra de que estaba tan preocupado por el destino del país, que trabajaba tan duro, es una forma de decir que se sacrificó por la patria. ¿Vos creés? Bueno, es una forma, sí, pero es un poco blanda, como desperdiciada. Entonces pensaron en generarle una enfermedad violentísima que lo matara en un mes de agonía, porque así tendrían al país agarrado de sus partes: ¿vos te imaginás lo que sería, los partes médicos tres veces por día, la vigilia en la puerta de la clínica, virgencitas, bombos, todo el mundo pendiente? Eso nos da un cheque en blanco por quién sabe cuánto. ¿Cuánto dinero? No, boludo, cuánto tiempo. Sí, claro. Hasta que el segundo pronunció lo que los demás habían estado pensando sin atreverse a nombrarlo: el atentado, el magnicidio.

–Ésa sí que da juego. Imagínense, muchachos, nos conseguimos un par de gurkas que la hagan, les prometemos un fangote de guita, nos aseguramos de que la cana los haga percha, no queda nadie que pueda decir nada. Y tiene la ventaja de que le podemos echar la culpa a algún sector y ahí sí que los hundimos para siempre.

–Tremendo. Piensen por ejemplo si hacemos correr la voz de que fue un comando de sojeros medio quebrados que quisieron vengarse…

–Sí, o que fueron piqueteros calientes porque los había abandonado, ahí nos compramos a toda la clase media, la derecha.

–O mandamos que fueron los milicos y recuperamos a la izquierda y los progres y todos los políticamente correctos.

–O la mejor: que fue la CIA y nos ponemos a la cabeza de la revolución sudaca, otra que Chávez y las venas abiertas de Bolívar.

–Sí, capaz que habría que mandar a medirlo antes de decidir. Se miraban, excitados, trémulos: habían dado con el huevo de Colón, iban a ganar las elecciones por afano, a dar vuelta el proceso en un grado que pocos soñarían.

–La única cagada es que nunca se lo vamos a poder decir a nadie. –Obvio, no. Nos lo vamos a tener que llevar a la tumba.

–Bueno, a menos que en algún momento ella se ponga muy boluda y haya que explicarle cómo fue que ganó. Y ahí sí que la tenemos agarrada de los pelos.

–Muchachos, el mecanismo es perfecto. Nos cargamos a uno, nos aseguramos a la otra. Y, con esa muerte, no hay quien pierda las elecciones.

–Pará, pará, a mí se me ocurre una mejor.

–Qué, boludo, no hay ninguna mejor.

–Esperá que te la cuente y vas a ver.

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