Sólo por dinero

Por Jorge Fontevecchia

En Representaciones del intelectual, Edward Said escribe: “El espíritu de oposición representa para mí un valor superior a la acomodación... Describo al intelectual como el autor de un lenguaje que se esfuerza por decirle la verdad al poder”. Acomodación y oposición vinieron a mi cabeza cuando, el lunes pasado, me visitó un ex gobernador de una de las provincias fronterizas con Brasil y Paraguay, y le pregunté cómo comparaba las evoluciones paralelas de la política argentina y la de sus vecinos desde que se creó el Mercosur, hace más de dos décadas.

En Representaciones del intelectual, Edward Said escribe: “El espíritu de oposición representa para mí un valor superior a la acomodación... Describo al intelectual como el autor de un lenguaje que se esfuerza por decirle la verdad al poder”.

Acomodación y oposición vinieron a mi cabeza cuando, el lunes pasado, me visitó un ex gobernador de una de las provincias fronterizas con Brasil y Paraguay, y le pregunté cómo comparaba las evoluciones paralelas de la política argentina y la de sus vecinos desde que se creó el Mercosur, hace más de dos décadas. Me respondió: “La nuestra involuciona y se parece cada vez más a la de Paraguay; la de Brasil va en sentido opuesto, mejorando siempre”. El ex gobernador atribuyó la decadencia de nuestra política a que a quienes condujeron el medio de comunicación dominante desde la llegada de la democracia sólo les interesó ganar dinero; gente de negocios muy preparada en su materia, pero sin aspiraciones intelectuales o artísticas, y que con su enorme influencia arrastraron a la política en su misma lógica, primero con Menem y ahora –elevado al paroxismo– con Kirchner. Al revés, en Brasil los medios dominantes no estuvieron conducidos por técnicos del gerenciamiento sino por herederos de los fundadores que, habiendo nacido con todos los apetitos económicos colmados, se habrían podido sentir más motivados por alcanzar otros logros –el prestigio, por ejemplo– sin correr el riesgo de poner en juego la solidez de su patrimonio.

La virtud nada tiene que ver con la abundancia, pero entendí el concepto general al que se refería el ex gobernador sobre la pobreza de la ambición de quien sólo ambiciona dinero. Julien Brenda, en La traición de los intelectuales, contrapone a los “laicos”, las personas interesadas en las ventajas materiales, con los auténticos intelectuales, “aquellos cuya actividad no está esencialmente guiada por objetivos prácticos, todos aquellos que ponen su gozo en la práctica de un arte, una ciencia o la especulación metafísica o, dicho más brevemente, en la posesión de ventajas no materiales”. A pesar de que La traición de los intelectuales fue escrita en 1927, antes de la llegada de los medios de masas, Brenda percibió perfectamente “lo importante que era para los gobiernos el hecho de contar entre sus servidores a aquellos intelectuales que pudieran ser llamados, si no a guiar, por lo menos a consolidar la política gubernamental, elaborar propaganda contra enemigos oficiales, eufemismos y, en una escala mayor, sistemas completos de Optimas Noticias –en el sentido de Orwell– que pudieran enmascarar la verdad de lo que estaba ocurriendo en nombre de la conveniencia institucional o del honor nacional”.

‘Reith lectures’ [1]. Edward Said escribió (su libro es, en realidad, el compendio de las conferencias que dictó en Reith Lectures, por la BBC, en 1993) que el intelectual es un individuo “para quien ningún poder mundano es demasiado grande e imponente como para no criticarlo y censurarlo con toda intención. El intelectual es alguien que ha apostado con todo su ser en favor del sentido crítico y que, por lo tanto, se niega a aceptar fórmulas fáciles o clisés estereotipados, o las confirmaciones tranquilizadoras o acomodaticias (y tiene) la actitud de constante vigilancia como disposición permanente a no permitir que sean medias verdades o las ideas comúnmente aceptadas las que gobiernen”.

En Colección de Ensayos, George Orwell sostiene que “el lenguaje político de todos los partidos políticos, de los conservadores a los anarquistas –aunque con ciertas modalidades propias de cada uno–, responde a la intención de hacer que las mentiras parezcan verdades y los asesinatos acciones respetables, y de dar una apariencia de solidez al puro viento”.

El sociólogo norteamericano Charles Wright Mills sostuvo que “el artista y el intelectual independiente se cuentan entre las contadas personalidades que siguen estando equipadas para ofrecer resistencia y combatir el proceso de estereotipación y la muerte consiguiente de las cosas dotadas de vida genuina. Percibir con frescura la realidad implica ahora la capacidad de desenmascarar continuamente y romper los estereotipos de visión y comprensión con los que las comunicaciones modernas nos inundan. Estos mundos de pensamientos de masas se adaptan cada vez más a a las exigencias de la política. Por ese motivo, justamente la solidaridad y el esfuerzo intelectuales han de centrarse en la vida política. Si el pensador no se vincula personalmente con el valor de la verdad en la lucha política, tampoco estará en condiciones de afrontar responsablemente el conjunto de su experiencia viva”.

Animadversiones ilustradas. El intelectual es un disidente. Walter Benjamin decía: “Todo aquel que emerge victorioso participa hasta el día de hoy en la procesión triunfal en la que los gobernantes del momento avanzan por encima de aquellos que yacen postrados”.

En Los intelectuales y el poder, Edward Shils dice que “los intelectuales se sitúan en dos extremos: o bien están en contra de las normas dominantes, o bien de una manera básicamente acomodaticia trabajan para ofrecer orden y continuidad a la vida pública”. Tradiciones que un día fueron sagradas, con el tiempo aparecen como algo hipócrita”. “En todas las sociedades hay una minoría de personas que experimenta la necesidad de exteriorizar la búsqueda en discursos orales y escritos, en expresiones poéticas o plásticas, en la reminiscencia o la evocación escrita de la historia, en la realización de rituales y actos de culto. Esta necesidad interior de penetrar más allá de la pantalla de la experiencia concreta inmediata marca la existencia de los intelectuales en todas las sociedades”.

‘La Prensa’ y Perón. Para Oscar Wilde, un cínico es alguien que conoce el precio de todas las cosas, pero el valor de nada. Quizá el ex gobernador que cargaba toda la responsabilidad del deterioro institucional argentino de las últimas décadas al periodismo, indirectamente se estuviera refiriendo a la relación entre precio y valor dentro de los medios.

Cuando Perón estatizó el diario La Prensa, cambió la historia del periodismo argentino. Generó terror en el diario La Nación durante dos generaciones (recién en esta dejó de tener efecto) y promovió el surgimiento de Clarín como el gran jugador que luego la pericia técnica de sus gerentes consolidó y expandió audiovisualmente. En su última presidencia, Perón volvió a intervenir sobre los medios, estatizando en 1974 todos los canales de televisión, potenciando así el peso específico relativo de Clarín al no haber más televisión privada. Otro gobierno peronista, el de Menem, reprivatizó la televisión, dándole a Clarín el canal más importante. Quizá el ex gobernador tenga razón. La vocación del peronismo por intervenir el periodismo creó un círculo vicioso que afecta la política.

[1] Reith lectures: conferencias anuales que se iniciaron en honor del primer director general de la BBC, John Reith. El primer disertante fue, en 1948, Bertrand Russell, quien dedicó su ciclo de conferencias a “La autoridad y el individuo”. Las citas de esta columna tienen como fuente la conferencia de Edward Said en 1993, titulada “Representaciones del intelectual”.

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