El soldado mudo de los K

El quinto ministro de Economía de los Kirchner tiene en claro que el requisito para mantenerse en su cargo es cumplir con las tres máximas de la disciplina oficial: fidelidad, discreción y jamás discutir las órdenes del Jefe.
Carlos Rafael Fernández se unió a la lista de ministros de Economía de la era Kirchner que critican los informes del Fondo Monetario Internacional sobre la Argentina. Antes que él, se quejaron Roberto Lavagna, Felisa Miceli, Miguel Peirano y Martín Lousteau.

Esta disposición a la indignación con los organismos de crédito internacionales, casi un requisito del cargo, es la única característica que comparte este platense de 54 años con sus predecesores.

Por lo demás, Fernández, afiliado consecuente del PJ, cumple con el mandato justicialista y va desde su casa de Bernal hasta su despacho en el Ministerio de Economía, trabaja 12 horas y vuelve a su hogar.

Con poco más de un año al frente del ministerio que supo ser el más polémico de todas las carteras del gobierno, Fernández le bajó el perfil a niveles subterráneos.

Quienes lo quieren mucho y no tanto coinciden en algo: Carlos Rafael Fernández, licenciado en Economía y experto en finanzas públicas, llegó más lejos de lo que soñaba y es el funcionario perfecto para el kirchnerismo.

En 2007, el ex presidente Néstor Kirchner le había dado su bendición para reemplazar a Gerardo Otero como ministro de Economía bonaerense y en marzo de 2008 había ocupado por unas semanas el candente sillón que dejaba Alberto Abad en la AFIP por quedarse sin respaldo en una interna.

El ministro silencioso, que no da entrevistas ni conferencias de prensa con temario libre, está casado y tiene tres hijos. Fue un buen alumno en la Universidad Nacional de La Plata, donde se recibió de licenciado en Economía mientras ganaba sus primeros sueldos como vendedor de masilla plástica y lijas.

Entre mate y mate

Cuando debe trajinar largas horas en el edificio de la calle Hipólito Yrigoyen, las acorta tomando mate. Se reúne únicamente con su equipo de secretarios y goza de la "confianza ilimitada" del matrimonio Kirchner, a quien rinde cuentas diariamente. "Ojo que habla con los dos, va tan seguido a Olivos como a la Rosada", advierten en el Ministerio. En Olivos ve al ex presidente Néstor Kirchner; en la Rosada, a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Economistas y funcionarios pasados y actuales que lo conocen, definen a Fernández con una sucesión de negaciones: no es un economista sofisticado, no es un macroeconomista, no tiene ambiciones políticas ni de figuración, no quiere instalar temas en la agenda económica.

¿Y qué es, entonces? "Es un licenciado en Economía con formación técnica, un tipo trabajador, con grandes conocimientos fiscales y que cumple con lo que le han pedido", dice un colaborador suyo. "Además, para los que dicen que no se hace notar, ¿quién quiere destacar dentro de este Gobierno?", lo defiende un economista platense.

"Es el funcionario ideal para los Kirchner, casi un tesorero. Es un ministro que hace lo que le piden y sabe que ésa es la garantía de su continuidad. Los ejemplos de Peirano y Lousteau lo demuestran, los dos fueron efímeros en sus cargos por tener ideas distintas", dice un economista que es escuchado en la Rosada.

Un ex funcionario que trabajó con él dice que entiende bien los números. "Carlitos es un buen tipo, nos reunimos varias veces hace unos años cuando los dos estábamos en la función pública y ya le preocupaba la evolución de la cuestión fiscal de las provincias", recuerda. El ministro destina la mayoría de sus audiencias a reunirse con funcionarios provinciales y embajadores extranjeros. A todos los recibe en su sobrio despacho, sin fotos ni adornos personales. "Es cierto que no recibe a mucha gente, no se encuentra con inversores y es muy cerrado. Si se reuniera, ¿qué les va a decir? Hay que entenderlo, tampoco se quiere inmolar por la causa", justifica un economista y ex funcionario nacional. Los Kirchner reconocen sus virtudes pero no son los primeros en premiar la incondicionalidad de Carlos Fernández. El juego lo hizo antes. En 1983, un joven Fernández apostó a visitante en el concurso del Prode de la fecha que enfrentaba a su equipo, Gimnasia y Esgrima de La Plata, con Unión de Santa Fe. El partido se jugaba en Santa Fe y Gimnasia llegaba al encuentro con las estadísticas en contra por una racha de 11 fracasos consecutivos. Pero ganó. Fernández compartió el premio con otros siete apostadores y mejoró su situación económica. Probablemente convencido de que los beneficios de la incondicionalidad seguirían llegando, nunca dejó de trabajar

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