Los socios deben ser socios en buenas y malas

Por Hernán de Goñi

Es difícil entender qué tipo de relación quiere tener el gobierno argentino con Brasil. Su vecindad lo convierte en uno de los destinos naturales de la producción doméstica. También es cierto que su tamaño y la solidez que ganó su economía lo instalan como un competidor en otros frentes, como sucede en materia de inversiones.

Desde que Raúl Alfonsín impulsó la firma de los tratados de integración bilateral a fines de los 80 (cuya finalidad excedía lo comercial), la Argentina y Brasil vienen prometiéndose fidelidad en el largo plazo, pero siempre encuentran alguna razón para esquivar el compromiso asumido. El recuento, sin embargo, suele ser menos favorable a los gobiernos argentinos.

Brasil, por ejemplo no dudó en abrir sus mercados a la industria que necesitaba volver del subsuelo al que cayó en 2002, ni retaceó su apoyo a las demandas que el país planteaba ante el FMI. La Argentina, en tanto, cedió a sus pretensiones en el comercio automotriz, ya que aceptó liberar el comercio antes de lo que pretendía. Pero previamente, Lula había concedido un régimen de protección para las industrias (el denominado Mecanismo de Adaptación Competitiva, MAC) que evitó los conflictos hasta que estalló la crisis. Ahora le achacan devaluación inconsulta.

El virtual cierre de fronteras que está aplicando nuestro país reabrió esta eterna pulseada. Los envíos de Brasil se vinieron a pique, pero también sus compras.

Lo real es que para muchos industriales locales su recuperación depende más del mercado vecino que del interno. En el mundo global, la salvación individual ya no tiene espacio.

Ese es el mensaje que le propondrán suscribir a Cristina Kirchner cuando asista a la cumbre del G-20, con Lula como testigo.

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