La sociedad repartió el poder

Por Carlos Fara

Analista político. Director de Fara y Asociados.

El electorado argentino viene demandando desde hace al menos un año y medio previo a la elección legislativa del domingo 28 de junio otro estilo de gobierno: mediante el consenso, el diálogo, la pluralidad, la ausencia de enfrentamientos, agresiones e intolerancias en general.

El resultado está a la vista: a partir del 10 de diciembre se tendrá un congreso sin mayorías absolutas, fragmentado y con imperiosa necesidad de arribar a una agenda común y a consensos que permitan sacar adelante al menos las leyes más importantes.

Dicho en términos coloquiales, la sociedad dijo: "No quiero que nadie tenga el poder absoluto. Ni el oficialismo, ni la oposición". Y por lo tanto, hizo que nadie crea que tiene ‘la sartén por el mango’, al punto de que nadie podría arriesgar hoy la pregunta acerca de qué espacio político ganará la próxima elección presidencial.

Este escenario era esperado a partir de lo que indicaban las encuestas previas, en donde el resultado en el principal distrito del país era sumamente difícil de predecir.

Fue un llamado de atención para todo el mundo, no sólo para los oficialismos. Es verdad que Néstor Kirchner perdió en la provincia de Buenos Aires, pero no por mucho. Es verdad que De Narváez y Macri ganaron, pero no arrasaron. Es verdad que el Acuerdo Cívico y Social se ubicó tercero en los dos principales distritos, pero se convirtió claramente en la segunda fuerza a nivel nacional. Y es verdad que Reutemann ganó, pero sobre el filo de la navaja. Por lo tanto, nadie puede festejar del todo, ni nadie puede darse por perdido respecto al 2011.

Los resultados electorales del domingo 28 no son extraños si se observan las tendencias de largo plazo de la opinión pública. Argentina había entrado en una transición hacia la segunda mitad de 2007, en donde la demanda central pasaba de un liderazgo fuerte y un modelo económico con fuerte presencia del Estado, a requerir un estilo de gobierno moderado y no confrontativo, tal cual se describió más arriba.

Dicha transición podría haberse desarrollado durante un año aproximadamente. Sin embargo, el conflicto con el campo aceleró los tiempos, e hizo que el nuevo ciclo de opinión pública se expresara desde principios de 2008. La etapa que concluyó se había iniciado hacia fines de 2001/ principios de 2002; es decir, 6 años.

La Argentina viene teniendo ciclos que poseen una vida de 5 a 7 años, de la misma manera que los economistas dicen que hay una crisis económica con lapsos semejantes. Estos ciclos no se corresponden necesariamente con los períodos institucionales. Por ejemplo, un nuevo ciclo -semejante al actual- amaneció hacia 1996/97 y desembocó en el triunfo legislativo de la Alianza UCR - Frepaso. Sin embargo, a Menem aún le quedaban dos años de mandato, como ahora a Cristina Kirchner.

Si la regla se mantiene, el actual ciclo debería extenderse hacia 2013 ó 2015, dependiendo de que ningún hecho traumático -i.e. una crisis económica profunda- lo interrumpa abruptamente.

Se dijo al principio que este nuevo ciclo se caracterizaba por la demanda de un nuevo estilo de gobierno. Sin embargo, lo que no parece estar en objeción es lo que a grandes rasgos se reconoce como ‘el modelo‘, que en términos generales se puede identificar con preferir a la Argentina post devaluación, y a una mayor presencia del Estado en la economía (como ya se ha venido analizando en esta columna en varias oportunidades).

Este punto es de suma importancia, ya que la mayoría social no está dispuesta a un regreso a los ´90, pese a que algunos advierten un aparente cansancio con el progresismo / centro izquierda que caracterizaría a los Kirchner. En otras palabras: el país no habría entrado en un giro hacia la derecha, como a veces se supone.

De ahí que durante la campaña el Gobierno haya hecho tanto hincapié en la defensa del ‘modelo’, y la oposición en la manera de gobernar. En esta elección legislativa, lo segundo fue más importante que lo primero.

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