Sobre el final, tambalean los grandes.

Por: Eduardo van der Kooy.

Los ganadores seguros ya no existen en las provincias clave. Kirchner y Scioli tiemblan en Buenos Aires por la polarización con De Narváez. La figura del empresario inquieta a Macri y a Solá. Reutemann tiene final abierto en Santa Fe. Carrió y los radicales están llenos de dudas.

Néstor Kirchner no termina de tranquilizarse, definitivamente, con ninguna encuesta de Buenos Aires. Elisa Carrió ha comenzado a preocuparse porque, a una semana de la votación, Margarita Stolbizer no logra terciar en la pelea final contra el ex presidente. Algunas ráfagas de miedo la estremecen también en Capital: incesante y solitario, avanza Fernando Solanas. Carlos Reutemann ha declarado que la elección en Santa Fe dejó de ser un paseo para él y que el resultado final es ahora un enigma.

El desasosiego de esos tres líderes es también el de otros. "Estamos de verdad con problemas", se le oyó decir como un susurro a Daniel Scioli en una caminata bonaerense. Hasta Julio Cobos, que es casi un espectador privilegiado de esta elección, tomó previsiones. Hará esta semana una larga caravana de cierre de campaña en Mendoza y estará ladeado por Ricardo Alfonsín. El vicepresidente también se percató que la cómoda diferencia de intención de voto que tenía en su provincia dejó de ser tan cómoda.

Parecen suceder con esta elección varias cosas simultáneas. También algunas inéditas. No se recuerda, como ahora, una legislativa envuelta por semejante incertidumbre. Raúl Alfonsín y Carlos Menem ganaron y perdieron, pero siempre el día después ofrecía una gama de certezas políticas. Sólo las vísperas de octubre del 2001 fueron más angustiantes, tremendas, porque se vislumbraba el derrumbe.

No hay analogías con el presente. El peronismo discute el liderazgo de Kirchner, pero está dispuesto a apuntalar al Gobierno de su esposa, Cristina. El sistema político de la Alianza estaba prácticamente extinguido cuando Fernando de la Rúa debió afrontar su primera prueba legislativa. Tal vez la diferencia sustancial no fuera esa: el plan económico (la convertibilidad) asomaba entonces agotado; ahora se advierte una economía dañada, pero todavía con razonables perspectivas de recuperación.

Quizá lo que provoque más inquietud sea el paisaje político que se fue delineando después de la gran crisis y que, según sea el resultado de la elección del próximo domingo, correría riesgo de desdibujarse. De aquella crisis económica, política e institucional surgió una paulatina reconstrucción de la autoridad y el poder sustentada por la mano férrea de Kirchner y el acompañamiento peronista. Fue una reconstrucción basada en la confianza social y el personalismo. Esa confianza está desde hace un año en un tobogán y aquel personalismo perdió su efecto.

El peronismo se ha fragmentado y la oposición, aún en plena campaña, tampoco ha podido disimular el síndrome de la división. Esa realidad es la que plantea interrogantes sobre las formas que adquirirá la gobernabilidad en la Argentina hasta el recambio presidencial del 2011.

Kirchner resolvió apostar todo en Buenos Aires para encontrarle una salida al problema electoral inmediato. Aunque ello no implique una solución al problema político que, gane o pierda, tendrá por delante. ¿Qué problema? No es posible rehacer ningún poder sólido prescindiendo de las principales representaciones políticas. Entre tantas dudas existentes también afloran certidumbres: el oficialismo saldrá derrotado en Capital, Santa Fe, Córdoba y Mendoza. Por ese motivo Kirchner ancló su destino a Buenos Aires.

Ese anclaje no pareció realizarse en las mejores condiciones. La Provincia no ha sido ajena a la declinación de Kirchner potenciada, sobre todo, por el conflicto con el campo. Potenciada también por una situación social que empeoró o se estancó en las humildes y nutridas capas del conurbano. Ese panorama explicó la reticencia de muchos intendentes para aceptar las candidaturas testimoniales. Las terminaron aceptando por la presión que ejerció Scioli. Aquellos hombres observan en el actual gobernador a un potencial presidenciable y sucesor de Kirchner. Así y todo, varios de ellos intentan asegurar el voto a su favor en los últimos días de campaña, sin importarles demasiado el futuro del ex presidente.

Ese montón de debilidades serviría para explicar, en parte, el fenómeno del equilibrio y la incógnita que rodea, faltando sólo una semana, a la elección en Buenos Aires. Francisco De Narváez ha sabido exprimir la situación con un mensaje sencillo. Pero la siembra del campo la hizo el propio Kirchner.

El candidato de Unión PRO, donde está agazapado el peronismo disidente, pareciera a esta altura gratificado y sorprendido por lo lejos y bien que llegó su pelea. El resultado del domingo, según sea, podría añadir otras sorpresas. De Narváez confesó la semana pasada su interés por comandar al PJ. El mismo interés que plantó su padrino político, Eduardo Duhalde, antes de emprender un viaje largo por España. Ya no habría reconocimiento para ese parentezco.

El progreso de De Narváez podría amenazar con otras convulsiones políticas impensadas. El candidato ha dicho que su meta final es la gobernación de Buenos Aires. También su meta última, porque se trata de un hombre nacido en Colombia. Pero la ley no acostumbra ser un dique en la Argentina cuando impera la voluntad política. Hay juristas, en el entorno del candidato, que ya analizan aquella limitación y que se propondrían objetarla invocando legislación referida al respeto de los derechos humanos. Hasta podrían hacer presentaciones en organismos internacionales.

¿De Narváez aspirante a Presidente en el 2011? La pregunta comenzó a rondar muchas oficinas políticas, entre ellas la de Mauricio Macri. El jefe porteño moldeó la alianza con De Narváez pensando en aquella limitación. Y conjeturando que a Felipe Solá, su otro socio, le sería insuficiente el capital para comprometer su candidatura presidencial. Pero la liebre, por lo visto, saltaría desde el rincón menos pensado.

"Si Reutemann se cae salgo enseguida como candidato", le dijo Macri a Solá. "Si se me llega a complicar el Gobierno porteño vas vos", completó. El ex diputado del PJ suele tomar todas las promesas con pinzas porque esa sociedad resulta inestable y muchas veces contradictoria.

De Narváez impresiona a medida que su figura crece. Dijo que quiere conducir al PJ, pero llamó a desperonizar la campaña y se pegó a Gabriela Michetti. Macri se enreda solo en las discusiones: defendió la privatización menemista de Aerolíneas Argentinas, con seguridad la peor de las privatizaciones de la época. Alfonso Prat Gay, el delfín de Carrió, aprovechó para castigarlo. "El problema es que Macri y De Narváez conocen muy poquito de la historia", sinceró un importante dirigente del sector.

Esas discordias no son una mala novedad ni para Kirchner ni para el peronismo porque denunciaría la insolvencia y, tal vez, la vida limitada del segmento opositor. Pero el ex presidente y Scioli deberían ganar en Buenos Aires para sacarle provecho. De otro modo, cualquier especulación carecería de sentido.

Reutemann también necesita de una victoria en Santa Fe para continuar su carrera. El senador nuclea expectativas de un sector del PJ del interior que desea competir contra el predominio que suele ejercer el poder de Buenos Aires. Ese frente político cuenta por ahora con Córdoba y Entre Ríos. Pero habría más.

En Santa Fe el panorama ha ido virando. El conflicto con el campo posicionó a Reutemann, de entrada, como el opositor excluyente a los Kirchner. Pero la irrupción de Hermes Binner en la campaña se constituyó en un hecho político. El hecho político es que Rubén Giustiniani, el postulante socialista, disputa ahora cada voto y estaría en condiciones de vencer. Nadie sabe si lo conseguirá, pero esa posibilidad era hace 90 días una quimera.

¿Qué ocurrió para que ese cuadro cambiara? Al parecer, varias cosas. La presencia de Binner movilizó la participación social en Rosario, donde se emite uno de cada tres votos provinciales. El candidato de Kirchner, Agustín Rossi, jefe del bloque de diputados del PJ, consolidó una porción de voto peronista que le es esquiva a Reutemann. Rossi cerrará su campaña acompañado por Alberto Fernández, el ex jefe de Gabinete. Santa Fe, por otra parte, no superó el pleito con el campo, pero añadió otros conflictos ligados a las industrias metalmecánica y automotriz. Hay ahora una realidad mutante de infinitas caras.

La angustia de Reutemann sería el alivio de Kirchner. El ex presidente sigue con satisfacción las complicaciones que padece el senador. Un competidor suyo podría dejar de serlo.

Se trata tan solo de un consuelo. La hipotética desgracia de Reutemann de nada serviría si Kirchner no retiene Buenos Aires. El ex presidente, más allá de todo, presume que el tiempo de su ocaso se aproxima. Sólo pretende una salida decorosa y no una fuga por la puerta de atrás.

De tanto en tanto lo embriaga el sueño de la perpetuación. Pero sucedería, como una paradoja, lo mismo que le ocurrió a Menem en el 2003: el ballottage sería en el 2011 para Kirchner una valla infranqueable atornillada por el hastío popular.

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