Sobra indignación, faltan coincidencias

Por Santiago Kovadloff

¿Hacia dónde se encamina la Argentina? Hace ya mucho que el poder se ha divorciado de los anhelos democráticos que hace un cuarto de siglo despertaron la expectativa de un cambio innovador en la concepción y el ejercicio de la política.

Se ha secado la fuente de esa esperanza. Una claudicación decisiva ha tenido lugar: hoy, en el país, ya nadie cree que sea posible reencontrar aquel fervor porque no hay hechos ni líderes que lo susciten.

Resignados a sobrevivir, hemos perdido el olfato del futuro. Entre nosotros, el sentimiento del tiempo ha dejado de estar asociado a la transformación. Duramos, y durar es agotar en cada instante el sentido de nuestra vida. No ser sino pura inmediatez: hoy, aún, no me han asaltado; hoy, aún, mis hijos están vivos; hoy, aún, las puertas de mi casa no han sido violentadas.

Un indicio central de la gravedad de nuestra patología colectiva es que somos una sociedad en la que las palabras han perdido valor. Lo prueba el estado patético en que se encuentra la educación. Y quien dice educación dice fe en la transmisión y confianza en el magisterio.

¿Es posible menoscabar la palabra sin perder humanidad? Hay quienes aseguran que la pregunta es retórica: sin inmutarse, mienten, ocultan, prometen lo que no cumplen ni cumplirán. Y lo hacen desde las más altas investiduras de la Nación. Reducen la realidad al terreno de intereses que frecuentan. Conciben al hombre como una herramienta del poder. La verdad es para ellos el baluarte del solipsismo y la acción autoritaria. Perdido el rumbo de la República, nuestra democracia se envilece.

Ya no pesa sobre nosotros el miedo sembrado por el terrorismo de Estado ni por la guerrilla apocalíptica. Pesa, en cambio, el miedo de saber que vivimos una realidad distorsionada por la mentira y que las causas y los efectos de esa perversión no están siendo contrarrestados. Somos espectros angustiados por su propia inconsistencia. Saldo patético de oportunidades perdidas. Fruto amargo de una siembra de esperanzas mal cosechadas.

Algunos, como digo, se frotan las manos: ven en lo que nos pasa el mejor capital para el logro de sus aspiraciones totalitarias. Otros -la mayoría- quisieran persuadirse de que no es tarde todavía. Pero no saben qué hacer. En quién creer. Circula, sin embargo, por las grandes avenidas de esa desilusión que no se resigna a ser lo que es, una expectativa larvada todavía pero discernible: construir convivencia, confianza, legalidad, conocimiento. Política en el sentido integral de la palabra.

¿Oirán ese rumor las dirigencias actuales que se dicen voceras de la disconformidad con el Gobierno? Porque si oyesen ese rumor sabrían que la salida de la vida espectral que llevamos exige convergencia, diálogo, tanta humildad como firmeza, derrota de la fragmentación empecinada que ellos mismos contribuyen a crear.

De eso se trata: de luchar contra la fragmentación que nos destroza. Es el mal endémico de la Argentina. ¿Cómo vivir sino "en unión y libertad"? Sobra indignación pero la indignación no basta. Hace falta algo más: ideas, confluencia entre las partes, acuerdos interpartidarios urgentes y perdurables, una plataforma de principios comunes que dé vida a una oposición innovadora porque ha sido capaz de superar la división.

Mientras el desvelo narcisista prepondere por sobre el ideal del bien común, el pasado y el presente le habrán ganado la partida al porvenir.

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