El sismo financiero que sacudió al mundo

La caída de Lehman Brothers en EE.UU. fue el detonante de un colapso que se propagó rápidamente y con efectos devastadores
La quiebra de Lehman Brothers fue, para la actual crisis global, lo que el "jueves negro" al crac del 24 de octubre de 1929. O sea, el detonante del colapso financiero que había tenido su germen un año antes, cuando el mundo advirtió que el mercado subprime (de hipotecas de baja calidad) en los Estados Unidos se asemejaba a una cadena de la felicidad cortada abruptamente con el derrumbe de los valores inmobiliarios y mobiliarios.

Aunque seguramente transcurrirá mucho tiempo antes de que se sepa por qué el gobierno de Bush dejó caer a Lehman y no a otros bancos de inversión que se encontraban en situación similar, el mes de septiembre de 2008 pasará a la historia como el peor que haya atravesado el sistema financiero del principal país capitalista del mundo.

En menos de veinte días no sólo quebró Lehman Brothers con su deuda de 613.000 millones de dólares (casi dos veces el PBI de la Argentina). También el gobierno de Estados Unidos se hizo cargo de las fundidas agencias hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac; mientras, la Reserva Federal intervino la aseguradora AIG; facilitó la venta de Merrill Lynch al Bank of America; aceptó que Goldman Sachs y Morgan Stanley se convirtieran en bancos comerciales con aportes privados, y promovió la venta del Banco Wachovia al Citigroup.

Estos rescates resultaron apenas una aspirina para la metástasis que invadió al sistema financiero: las entidades que compraron también terminaron colapsadas por la crisis, que a su vez se propagó a Europa y Japón.

El precio de los activos "tóxicos" de los bancos, valuados en los libros a precios ya absolutamente irreales, se convirtió en un misterio que aún no ha logrado ser descifrado, ya que la crisis todavía no encontró un piso, lo mismo que el valor de las acciones de las entidades. Una prueba elocuente es que la acción del Citigroup, que cotizaba a 55 dólares hace menos de dos años -cuando había recibido una inyección salvadora de capitales árabes-, se desplomó hasta niveles inferiores a 2 dólares en los últimos días.

Bancos fuera de control

La desconfianza se apoderó de todo el sistema. Con ella se esfumó el crédito -aun con tasas cada vez más cercanas a cero- y también aparecieron las facturas de fin de fiesta.

Así se pudo saber que los cinco principales bancos de inversión virtualmente quebrados habían distribuido utilidades por 37.000 millones de dólares en 2007, cuando ya era evidente que se avecinaba la crisis. O que el CEO de AIG había cobrado 900 millones de dólares en bonos en los últimos tres años y que la secretaria ejecutiva peor paga de su filial londinense redondeaba un salario anual de 650.000 dólares.

Estos datos no sólo son anecdóticos de lo que fue el descontrol de la banca de inversión, con regulaciones bien laxas que buena parte del mundo aplaudía cuando abundaban la liquidez y la plata dulce en medio de una expansión económica sin precedente. También plantean límites políticos a los planes de salvataje y un dilema para el gobierno de Barack Obama.

En los Estados Unidos es extremadamente impopular promover rescates de bancos, ya que la opinión pública los asocia indefectiblemente con salvar a los accionistas y ejecutivos de Wall Street que se enriquecieron sin límite en los últimos años. Pero si no se recuperen el sistema financiero y el crédito, será cada vez más difícil ponerle un piso a la crisis económica, cuyos efectos recesivos se han extendido a todo el mundo.

Evitar el pánico

La reacción coordinada de los países del G-7 fue inicialmente -en octubre de 2008- decretar que no habría más caídas de bancos para atenuar el pánico de ahorristas e inversores.

Así subieron las garantías estatales de los depósitos y aparecieron las primeras nacionalizaciones, impensables un año atrás. Esto ocurrió después de que inyectaran toneladas de liquidez para no reeditar la asfixia financiera de los años treinta, aunque a un costo futuro más que incierto.

Lo que no reapareció fue el crédito, ni siquiera el interbancario, y mucho menos los capitales privados dispuestos a correr el riesgo de hacerse cargo de bancos quebrados, en los cuales el valor de los pasivos supera largamente el de sus desvalorizados activos. A tal punto que en el ambiente financiero comenzó a hablarse de "bancos zombis": están muertos pero asemejan estar vivos.

Seis meses después del derrumbe de Lehman Brothers, el mundo es otro, pero aún no aparecen las soluciones. En los Estados Unidos los planes se suceden como en un juego de prueba y error. Ha habido una segunda vuelta de nacionalizaciones parciales, como en el caso de Citigroup, en el que el Estado se hizo socio y garante del principal banco estadounidense. Y los fondos estatales comprometidos superan con creces el valor actual de las entidades.

Ahora se discute cómo separar los activos tóxicos de los sanos para que los bancos vuelvan a ser viables. Las propuestas pasan por crear un "banco malo" o bien un fondo de capitales públicos y privados que se haga cargo de los activos tóxicos hasta que sus precios se recuperen tras la crisis.

Pero estas ideas también tienen sus límites. Uno de ellos es no beneficiar a los accionistas, a fin de que asuman parte del costo de la crisis y no salgan indemnes después de que haya pasado lo peor.

Otro es que las nacionalizaciones de los bancos sean transitorias, hasta que una eventual caída del riesgo haga que reaparezcan capitales privados dispuestos a tomar el control, sin caer en la estatización total y permanente del sistema.

Después del terremoto vendrá el tiempo de mayores y mejores regulaciones.

Del camino que se encuentre en medio de este estrecho desfiladero dependerá que el "septiembre negro" de 2008 sea o no un preludio de años negros para la economía mundial.

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