Un sinfín

Hay una espiral infinita de dolor y lágrimas habitada por familias de Mar del Plata. No ha concluido aún el impacto mediático de una desgracia cuando a esa le sucede otra. Todavía no se ha extinguido la congoja social por la muerte de Stéfano Bergamaschi, asesinado por "el Tona", que otro crimen por el estilo nos conmueve y sacude nuestros cimientos sociales.
Debo decir con fastidio que el asesinato de Carlos Daniel Correa, de 22 años, a manos de Gonzalo Martín "Tincho" Águila, de 18, no ha tenido ni social ni mediáticamente el impacto que supone un crimen a sangre fría: Águila le quitó la vida a Carlos Daniel de una puñalada en el corazón, en la puerta de su casa.

Gonzalo Martín Águila está hoy preso en Batán bajo el régimen de adultos, pero estaba en la calle pese a que había sido detenido el 4 de septiembre, el 5 de octubre, el 14 de noviembre del año pasado y luego el 2 de enero y el 20 de febrero de 2009. Las calificaciones de sus acciones habían sido por tentativa de robo, hurto, robo con armas, robo calificado, robo simple, robo agravado, y se completa ahora con este asesinato a sangre fría.

Su representante legal, la defensora oficial María Laura Solari, le aconsejó callar acerca de su participación en los episodios de los que se lo acusa. Claro que es un derecho concedido por la Constitución y protegido por todo el sistema legal, y un recurso que los "Tincho" y los "Tona" utilizan en cada ocasión que se les presenta.

La baja repercusión mediática de la muerte de Correa tiene que ver con tres aspectos, a mi entender: con que ocurrió en la periferia (Champagnat hacia el borde externo de la ciudad); fue en viernes por la noche, por lo que no hay cobertura de medios en la ciudad, y que el parte policial habla de "trifulca" o de "contienda", y los dos diarios de la ciudad trataron el tema de "confuso" o de "muerte en riña". Sin embargo, fue un asesinato a sangre fría. Otro más.

Ya no está en los medios el mapa de la inseguridad que impulsó como parte de su campaña Francisco de Narváez, pero la inseguridad sigue entre nosotros de manera cruel y manifiesta. Pese a los intentos del comisionado Osvaldo Castelli por ocultar la realidad, no hay evidencia de la disminución del delito en Mar del Plata: desde el arribo de este jefe policial, han ocurrido 21 decesos violentos a manos de delincuentes.

No hay más casos simplemente porque no los hay. Nuestros niños y adolescentes, a los que el Estado no protege conforme a la Convención Internacional de los Derechos del Niño, viven en un clima de zozobra permanente, no sólo temiendo por sus pertenencias sino por sus vidas. Se ha relatado aquí la situación de los alumnos de la Escuela Técnica Nº 2, ubicada a metros de la Catedral y de la propia Municipalidad, a cuatro cuadras de la Seccional Primera, que son permanentemente asaltados, despojados de sus bienes, sin que a nadie con responsabilidad funcional le interese interceder para detener este raid.

Esta semana se sumó el testimonio de Gladys, mamá de un chico de 13 años asaltado a las puertas de la escuela a la que concurre, en Jara y Maipú. Según relata la mujer, el chico quedó alelado, temblando, después de haber sido violentamente abordado a las tres de la tarde. En la escuela, y ante el reclamo de Gladys, las autoridades respondieron "y sí, pasa mucho, pero los papás no hacen la denuncia". Gladys hizo la denuncia en la Seccional Cuarta, y le cayó a ella el peso de la burocracia de la ley: "sepa, señora, que la ley castiga con pena de… a quien hiciere falsa denuncia, etc., etc."

A veces ni siquiera dan ganas de hacer la crónica de lo que ocurre; el agobio es mucho y constante, y también nos afecta a los periodistas. Y es obvio que o por agobio o por complicidad, sólo una mínima fracción de lo que efectivamente ocurre es datada por los medios.

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