¿El silencio es oro?

Por Beatriz Sarlo

Reutemann fue siempre igual: un hombre lacónico. Sobre la capacidad de un político como orador no pueden sacarse conclusiones acerca de su inteligencia. Kirchner, para poner el ejemplo más a mano, es un mal orador, pero no se le pueden negar condiciones políticas. Sus malos discursos lo empujaron hacia el ocaso por razones de contenido y porque no quiso atenuar un temperamento pendenciero, no por la desnuda sencillez de sus palabras.

Es cierto, sin embargo, que los grandes políticos fueron también buenos oradores. En la Argentina de los últimos setenta años Perón, Frondizi y Alfonsín hablaron con estilos muy diferentes, pero extraordinariamente personales y adecuados a sus fines. Perón podía disertar o vociferar; manejaba bien la picardía criolla, la sorna y la amenaza solapada; exponía una visión generosa de país o condenaba a sus enemigos con la misma convicción.

Cristina Kirchner es una expositora autoconsciente de sintaxis disciplinada, rasgo que la distingue porque la oratoria actual se ha empobrecido tanto que se permite transgredir las indicaciones simples de la gramática.

Carrió tiene el don de la palabra y toca varias octavas que van de lo coloquial a lo intelectual, de lo confesional a lo melodramático, de la ironía a la invectiva.

Algunos políticos son más eficaces actuando que hablando, sugiriendo por gestos, fintas y contactos que enunciando de manera compleja. Otros, finalmente, y se me ocurre en este grupo pequeño incluir a Chacho Alvarez cuando era político, son inteligentes, matizados, reflexivos y, al mismo tiempo, perfectamente comprensibles.

Afirmar que el destino de un político depende hoy de su oratoria implica pasar por encima del caso Mauricio Macri. En su cursus honorum la presidencia de Boca Juniors vale más que cien discursos. Aunque cueste reconocerlo, en los términos de la actual cultura pública haber sido presidente de Boca Juniors es mucho más que haber sido presidente del Banco Central o gobernador de la provincia de Buenos Aires.

Se puede no estar de acuerdo con este ordenamiento, pero es el que funciona en las sociedades contemporáneas, en las que la celebridad, un efecto mediático, es más fácil de adquirir que un prestigio dentro de estructuras más complejas y probablemente menos comprensibles, como los partidos políticos y las universidades. La celebridad tiene la magia de lo súbito: es el toque de la fortuna democrática, porque, finalmente, puede caerle a cualquiera, incluso puede decorar a individuos casi completamente despojados de otras condiciones.

Por lo tanto, la figura del orador tuvo su apogeo en el pasado. De ese pasado se cita a Hipólito Yrigoyen como hombre de pocas palabras, lo cual no es rigurosamente cierto: sus discursos y cartas (porque antes los presidentes enviaban instrucciones escritas a sus embajadores y funcionarios) muestran una especie de prosa arborescente y exaltada, desbordante de imágenes, pintoresca para nuestro gusto actual, que prueba la inclinación por el adorno y no la lengua recortada de quien no sabe componer un párrafo.

"Hablar bien" puede ser un valor agregado, pero en absoluto indispensable. Eduardo Duhalde se volvió una figura pública nacional con una oratoria sencilla hasta lo elemental y luego mejoró con los años, recorriendo un camino inverso al de su estrella política. Hablaba peor cuando tenía más poder y mejor cuando debió retroceder. Cafiero es uno de los mejores oradores que ha tenido el peronismo, pero sus logros no han estado nunca a la altura de su elocuencia. Fue derrotado por Menem en las famosas y únicas internas presidenciales del Partido Justicialista; Menem, justamente un hombre que caía extravagante o simpático pero cuya fascinación no dependió nunca de la palabra. Como era astuto, no pensaba que esa falta fuera un obstáculo. Conocía otras formas de comunicación desde que se inició en la política en una provincia chica, donde la proximidad, los gestos, el contacto físico valen como los rasgos del caudillo populista y conservador.

No habría razón entonces para enfatizar que Carlos Reutemann sólo pronuncia pocas frases cortas y sencillas. No es una novedad que Reutemann no sabe hacer un discurso. Alcanzó popularidad frente a ciudadanos que saben perfectamente que Reutemann es, para decirlo de la manera más neutral, un hombre de pocas palabras.

Muchos le reconocen el mérito de ser un hombre tenaz, solitario y práctico, sin grandes ideas, sin grandes desatinos. En 1997, cuando Duhalde reunía las fuerzas con las que pensaba enfrentar a Carlos Menem (o a quien fuera su candidato) en las elecciones presidenciales de 1999, Reutemann fue cortejado para que se sumara, aportando sobre todo su celebridad mediática nacional y una parte del voto santafecino. Reutemann no se comunicaba sobre el tema sino con monosílabos y por señas, dejando con los pelos de punta a todos los que pensaban que las decisiones eran urgentes.

Después, en 2002, Duhalde quiso nuevamente atraer a ese Harrison Ford de la llanura como candidato presidencial. Todo el mundo recuerda el episodio, pero vale la pena refrescar la cronología. A comienzos de julio, Reutemann conversó con este diario y dijo: "¿Qué son cinco días, ocho días más, cuando se debe tomar semejante decisión? No hay indecisión de mi parte. Hay, sí, responsabilidad: quiero saber si puedo o si no puedo hacer un aporte a la solución nacional".

El 10 de julio, después de entrevistarse con el presidente Duhalde en la Casa de Gobierno, dio allí mismo una inesperada conferencia de prensa, en la que anunció que no iba a ser candidato presidencial ("como lo dije siempre", recalcó, sin acordarse de los días inmediatamente anteriores). Esa misma noche, por televisión, sostuvo: "Vi algo que no me gustó y que tal vez no vaya a decir nunca". Y, entre otras frases, pronunció la siguiente: "Miren la coherencia de mis declaraciones. Lo dije siempre, mantuve la coherencia: me han puesto como una persona dubitativa, indecisa, como que tomaba un plazo hasta el viernes, etcétera, y no es cierto".

No es muy interesante la contradicción de Reutemann en aquel momento, salvo por el hecho de que ahora se ha decidido a hablar con un poco más de claridad, aunque no con más extensión ni detalle. De todas formas, sus frases cautelosas posponen el tiempo de refrendar su candidatura con el argumento de que no es lo que le interesa a la gente (argumento sólo formalmente democrático, porque si los políticos se ocuparan sólo de eso que se dice que le interesa a la gente no harían propuestas a la sociedad, sino que serían su copia, políticos-gente clonados).

No es tan importante que Reutemann carezca de discurso político, ya que hasta el momento no parece haberlo necesitado para ser constituyente, senador, gobernador y recurrente candidato. Si bien no expone sus ideas, todos los que se ocupan de estas cosas saben que es un hombre colocado del centro a la derecha. Sin embargo, sería conveniente que las intenciones legítimas de un político tuvieran una expresión más clara. Ya bastante confusa es la realidad para callar porque a la gente no le interesaría que se hable de estas cosas.

Podría decirse que Reutemann es un tiempista, como los mejores deportistas y los mejores cantores. Hasta ahora, más bien ha demostrado ser un político en quien las dudas prevalecen sobre el arrojo. La política pocas veces premia el aventurerismo, pero es raro que siempre recompense la indecisión.

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