Síganme o los voy a defraudar

Por Silvio Santamarina.

El Gobierno viene apostando desde que perdió la votación por la 125 a sembrar un clima autodestituyente. La idea era disciplinar a propios e independientes agitando fantasmas. Hasta ahora, la campaña permanente era subterránea, en boca de operadores kamikazes. ¿Por qué los Kirchner salieron a explicitar que se trata de ellos o el caos, sin medir costos?

Finalmente, lo dijeron con todas las palabras. Néstor y Cristina Kirchner blanquearon esta semana una maniobra subterránea que sus operadores llevan adelante desde aquella madrugada en que el Gobierno perdió la votación por la retenciones en el Senado. Fueron funcionarios oficialistas –no opositores– quienes filtraron con detalles la escena en que el matrimonio presidencial debatió, en estado de emoción violenta, la posibilidad de abandonar la Casa Rosada y dejar el caos institucional en manos de su verdugo Julio Cobos, el votante no positivo.

Luego vino la lluvia de intelectuales, militantes sociales, periodistas y otros simpatizantes rentados que, con el propósito de sostener una gestión que consideran revolucionaria, acusaron a productores rurales, políticos opositores y periodistas críticos de haber instalado un "clima destituyente" en el país. De vez en cuando se les escapó la palabra "golpista", pero el epíteto suena demasiado duro y anacrónico para estos tiempos, entonces "destituyente" quedó como la variante más sutil para victimizarse con éxito.

Al principio, la estrategia de la victimización se pensó para estigmatizar a los oficialistas disidentes que se animaron a rebelarse contra el autoritarismo K. También se intentó con esa campaña neutralizar la creciente popularidad de los dirigentes agrarios, agitando los fantasmas de la historia nacional, sembrada de latifundistas antidemocráticos. Sin embargo, al kirchnerismo paranoico le salió el tiro por la culata y lo que fomentó fue la sensación de que la Presidenta era, a pesar de su gestualidad desafiante, la cara misma del despoder. Pero la obstinación y el aislamiento K bloquearon cualquier autocrítica, y la estrategia de la victimización no sólo no paró sino que se profundizó.

Hace unos meses, cuando la sangría oficialista se volvió evidente, los ministros empezaron a "sincerarse" off the record, avisando que no les importaba demasiado el clima social adverso, que no tenían miedo y que el kirchnerismo seguiría doblando la apuesta: "Total, si nos va mal, nos vamos y listo". Ahí ya la estrategia pasó a ser la de mostrar determinación ciega, casi irresponsable, ante la pérdida de hegemonía, como el jugador que apuesta todo lo que tiene sin mirar sus cartas, o el conductor que, cuando se le viene un auto de frente, se afirma al volante y acelera con los ojos cerrados. Es decir, hacerse el loco para pasarle el pánico propio al bando contrario. Tampoco esta movida dio los resultados esperados: más bien, convenció a los aliados dubitativos del Gobierno –empresarios incluidos– de que en Olivos ya no reinaba la razón, ni siquiera la maquiavélica. Es que la lógica del capricho, en realidad, no tiene lógica.

De aquella impaciencia suicida contra el desgaste natural de las administraciones en cualquier democracia del mundo nació el arranque K de adelantar el calendario electoral a junio, para evitar que se convirtiera en un calvario electoral. Otra profecía autocumplida, diría Cristina: la presión obligó a la oposición a ponerse los pantalones largos para definir alianzas y frentes. Y las encuestas empezaron a mostrar que los indecisos estaban cada vez más molestos con el tono plebiscitario que Kirchner le imprimió a una campaña de elecciones legislativas.

Hasta los más fieles empezaron a preocuparse por el costo de quedar pegados al delirio K; entonces Néstor dio vuelta la estrategia del miedo y ató a sus soldados a la suerte de los Kirchner, anotándolos en las "listas testimoniales". La idea fue disuadir a los gobernadores e intendentes que pensaron jugar a dos puntas poniendo la cara para el PJ oficial y negociando bajo la mesa con el PJ disidente. "Si caigo, ustedes caen conmigo", fue el mensaje cifrado. Pero, al parecer, la jugada tampoco está dando resultados tranquilizadores para el búnker de campaña oficial. Demasiados gobernadores e intendentes respondieron a la apretada del titular del PJ dando un paso al costado, anticipando sus planes futuros de ir desmarcándose del kirchnerismo en fuga.

Entonces Néstor y Cristina pensaron en la gente. Y decidieron hablarle directamente al pueblo, como a ellos les gusta decir: nos votan o explotamos, es el mensaje traducido que lanzaron ambos, cada uno con sus palabras, en la misma semana. Ya no hay intermediarios para meter miedo, ya no hace falta que ningún piquetero amigo amenace en los medios que una derrota electoral precipitaría el final del mandato kirchnerista. Ahora, el caos está atendido por sus propios dueños. Al menos, hasta la madrugada del 29 de junio.

LA CONEXIÓN BOLIVARIANA. La insólita historia del desmoronamiento autoinfligido de la gobernabilidad en la era K suele ser explicada por los analistas apelando a la psicología de sus protagonistas: es tentador simplificar el fenómeno adjudicándoselo a presuntas neurosis de la pareja presidencial. Pero alzar la mirada hacia el bosque a veces ayuda a entender el árbol. El modelo de confrontación apocalíptica creciente no es un invento argentino. El eje de los gobiernos bolivarianos aplica sistemáticamente la regla de crearse enemigos como una forma de limpiar el terreno de voces disidentes que obliguen a la autocrítica, metiendo cualquier actor no alineado con "la causa" en la gran bolsa de "la oposición". Así se genera, lógicamente, una fábrica imparable de enemigos evitables. Esta dinámica de polarización permanente es una mezcla de la "revolución permanente" de León Trotsky con la "campaña permanente" del publicista norteamericano Dick Morris. Esta semana, luego del triunfo en las urnas que le dio la reelección al ecuatoriano Rafael Correa, el jefe de la Misión de Observadores Electorales de la Unión Europea advirtió: "El reto mayor para las fuerzas políticas del país es conseguir que se termine este clima de campaña electoral permanente". Es cierto que este clima les sirvió a varios líderes latinoamericanos para mantenerse en el poder en tiempos de inestabilidad institucional y crisis de los partidos, pero adivinen quién pagará los platos rotos cuando se les acabe la cuerda.

Comentá la nota