Sensaciones compartidas…

¿Festejarán los ganadores esta noche? ¿O vivirán la sensación de una Mendoza que necesita de mucho trabajo para recuperar lo que fue, y proyectarse hacia el futuro? Sentimientos compartidos, en un día de elecciones.
Posiblemente, quienes ganen esta noche no tengan muchos deseos de festejar más que un resultado circunstancial que mejore su perspectiva política.

Posiblemente, quienes ganen esta noche hayan descubierto -en el curso de esta campaña- que se acabó la Isla del Encanto. Y entiendan que Mendoza se ha ido convirtiendo en una provincia pauperizada y dependiente, que debe ir a hacer política a los actos oficiales en la Casa Rosada para conseguir los recursos que le permitan, apenas, hacer girar la pesada rueda del Estado.

Esta Mendoza devaluada y empobrecida, en la que alcanza con salir un par de kilómetros de la ciudad para ver la misma pobreza que se multiplica en el conurbano bonaerense, o la de las favelas de Río; no es culpa ni responsabilidad exclusiva de Celso Jaque, hay que decirlo. En todo caso, se trata de un largo proceso de involución política, social, y económica, que lleva muchos años y varios gobiernos. Se trata, sí, de una crisis de valores, de personalidad, de recursos humanos, de pensamiento, de estrategia, de vacío de ideas, que tiene muchísimos componentes. Desde la expulsión y exportación de cuadros preparados de la política tradicional, hasta la crisis de 2001 que parece no haber terminado. Desde el empobrecimiento paulatino de la población –ayer mismo hemos visto cómo los sueldos privados mendocinos están entre los más bajos del país- hasta la creencia ilusa de fantasías concretas. Vaya un ejemplo, decimos que tenemos siete universidades, pero en realidad los profesores de esas casas de altos estudios cobran sueldos africanizados. Y va otro: Decimos que tenemos una gran institucionalidad, pero venimos de una campaña sucia espantosa, y del ejercicio clientelar –cuando no corrupto- de la política desde hace varios gobiernos, tanto del peronismo como de la UCR.

La Mendoza orgullosa, tal vez demasiado, que hacía campañas donde los candidatos alardeaban –y con razón- de tener proyectos superadores, ahora pasó a ser la Mendoza del proselitismo del fango. Sólo nos faltó el Gran Cuñado propio para terminar de banalizar una elección en la que muy poca gente tiene entusiasmo cívico para ir a votar hoy, por la simple razón de que está desencantada. Y eso es culpa de todos: De la misma política, de los poderes ilegítimos que la cooptaron, de la gente que eligió no participar, de los que se fueron, de las ONG que se convirtieron en sellos de goma, de la inacción, del egoísmo sectorial y personal de muchos dirigentes de todos los ámbitos, y de la falta de empuje para evitar esta Mendoza que hoy nos preocupa.

Basta decir que ya ni siquiera la vitivinicultura es totalmente nuestra. Que los mendocinos vendieron, o se fueron, o se fundieron. Y que los extranjeros que vinieron a invertir no se integraron a Mendoza, porque no encontraron con quién sentarse a debatir un proyecto de futuro.

Es suficiente con afirmar que en muchos barrios del Gran Mendoza la droga es la que manda, y los dealers y sus jefes son casi el Estado en donde el Estado no está.

Alcanza decir que esta provincia amada, que fuera una melodía distinta en el concierto nacional; se fue convirtiendo poco a poco en la Catamarca de los Saadi, en la Santiago de los Juárez y Zamora, en la Corrientes de los Romero Feris, en la San Luis de los Rodríguez Saá, en una provincia en la que la institucionalidad de la que estábamos sinceramente orgullosos, se fue diluyendo. Hoy, no somos distintos, ni mucho menos; mejores.

Pero hay una sensación, un "termómetro" que nos indica un camino posible. Es un indicador que viene de la misma política, única vía legítima en un sistema republicano, representativo y federal. Los candidatos de la mayoría de los partidos, sobre todo en estos tiempos de campaña en los que han recorrido la provincia palmo a palmo, han visto la pobreza y la marginalidad como nunca antes, han percibido la desesperación y la soledad de los que trabajan la tierra por nada, han comprendido que la burbuja mendocina se pinchó, y que hay que empezar a construir de nuevo para recuperar lo que tuvo. Es decir, regenerar aquella famosa "mendocinidad", mezcla de orgullo por haberle ganado a todos los desiertos, no sólo al de la tierra sino también al de las ideas, y sentido de pertenencia; pilares que habían conseguido –ya hace muchos años- una Mendoza pujante y democrática, muy distinta de ésta que excluye, en la que la mayor parte de la gente que se enferma, por caso, se muere porque no hay salida.

Son muchos los políticos que comparten esta sensación, de distintos partidos, que hoy van a las urnas. Y esa es la buena noticia. Puede parecer una ingenuidad a esta altura de los hechos, sobretodo luego de dejar atrás la peor campaña electoral de la que se tenga memoria. Pero si entendemos todos la Mendoza real, la que tenemos, la "que hay", para ser especialmente crudos; entonces podremos trabajar juntos: políticos, empresarios, gremios, estudiantes, ongs, medios, organizaciones del trabajo y de la producción, todos, en definitiva; para recuperar la provincia que extrañamos.

Es, simplemente, ponerse a trabajar por la Mendoza que se fue. Y la que hay que reconstruir. La Mendoza para todos.

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