Los senderos inestables de la democracia argentina

Por Ricardo Forster *

¿Desde dónde intentar pensar estos 25 años de democracia? ¿Cómo interrogar por una época argentina que viniendo de la noche más oscura de nuestra historia no dejó de entrar en un nuevo laberinto?

¿Qué decir de estas décadas tan cambiantes en las que nada ha quedado intocado por las inclemencias de un tiempo cultural, tecnológico y económico que vino a modificar de cuajo lo establecido y lo conocido? Preguntas que surgen al tratar de indagar más allá de la lógica simplista y autoindulgente de las efemérides; interrogaciones que intentan desocultar la trama misma de la experiencia democrática, de sus giros sorprendentes y de sus imposibilidades, pero cuestionamientos que no pueden dejar de formularse desde un determinado presente que, suerte de improvisada atalaya, nos hace ver lo acontecido a nuestras espaldas a partir de ciertas experiencias que marcan a fuego nuestra interpretación. Quiero decir que no es lo mismo mirar retrospectivamente los años de la democracia posdictatorial desde las vicisitudes inauguradas por el gobierno de Néstor Kirchner en el 2003 que, por ejemplo, tratar de hacer el esfuerzo de valorar esos años instalados en la década menemista. Tal vez la diferencia sea precisamente la que está señalando que en los últimos años –y eso más allá de aciertos y errores– la política ha regresado a tallar en el interior de la vida cotidiana reintegrándola al espacio público en donde efectivamente se dirime lo democrático; mientras que el tiempo menemista se caracterizó no sólo por una brutal caída en las virtudes gubernamentales sino, fundamentalmente, por un vaciamiento generalizado de la política en nombre del discurso hegemónico de la época articulado alrededor de la lógica neoliberal. Una profunda grieta se abrió entre la democracia y la demanda social, entre la acción legítima y la justicia social.

La democracia –esto hay que decirlo en el inicio mismo de lo que escribo– no es algo natural, un orden que subyace y que se despliega más allá de sus giros y contradicciones; la democracia es un espacio de querellas atravesada por las más diversas luchas por dominar la gramática de su decir, por convertirse en árbitro de su sentido. La democracia, si la pensamos por fuera de una lógica esencialista, es, como diría Claude Lefort, una “invención continua”, ya que “en democracia [...] nadie posee la fórmula y es tanto más profundamente ella misma –continúa Lefort– cuanto más democracia salvaje es”, es decir, cuanto menos la atrapamos en una definición última, cuanto menos intentamos fosilizarla o cristalizarla como si fuera un continuum que, al modo de una sustancia intocable, sigue su marcha incontaminada. No, la democracia es contaminación, inacabamiento, experimentación, contramarchas, deudas impagas con la parte de los incontables en el interior de un orden que sigue siendo determinado por la desigualdad, pero en el que los muchos plantean un litigio continuo por la igualdad. Mirándola desde esta perspectiva, es posible intentar preguntar por lo acontecido entre nosotros desde un ya lejano diciembre de 1983 cuando Alfonsín asumió la presidencia en una Argentina que intentaba sin saberlo muy bien salir de la dictadura, del horror y de los muertos insepultos. Tal vez por eso no puedo dejar de recorrer las heridas profundas que persistieron a lo largo de estos años.

La primera de esas heridas, la que más a fuego nos ha marcado y sobre la que todavía seguimos girando, es la de esa violencia homicida que atravesó de lado a lado la sociedad, pero que particularmente se cebó sobre los cuerpos de aquellos que buscaron otro horizonte político, que se expresaron a través de los sueños de la revolución. Los desaparecidos no son apenas la marca de lo intolerable, el recuerdo de esa otra época argentina en la que dominó la muerte, son, a su vez, el testimonio de una clausura, el fin de una historia que concluyó en tragedia y que dejó las señales del miedo en amplios mundos sociales, dejando huellas indelebles en la travesía democrática por venir; horadando, quizá y desde su comienzo, la capacidad de insistir en los lenguajes de la emancipación como núcleo perturbador de lo genuinamente democrático, allí donde las marcas de las ausencias recordaban, desde el silencio de lo no dicho, que la lógica del miedo condicionaba la construcción de una democracia socialmente justa e igualitaria. Tal vez por eso no debemos dejar de aclarar que el retorno de la democracia nació no de un impulso libertario y rebelde de nuestro pueblo sino de una doble ignominia: la de una culpa impagable y la de esa otra herida nunca confesada que tuvo que ver con la complicidad de Malvinas. La retirada de la dictadura dejó, sin embargo, heridas no curadas, marcas indelebles en el cuerpo social que irían recordando, en distintas circunstancias posteriores, que aquello que no se repara adecuadamente siempre persiste en el daño.

La otra herida significativa es de otro orden, pero sigue persistiendo con su ponzoña entre nosotros. Es la herida abierta por la hiperinflación que, desatada por el poder económico, destituyó hasta desbancarlo al gobierno de Raúl Alfonsín. Fue una herida que dejó un miedo profundo al abismo, a la catástrofe social, a la pérdida de lo cotidiano en medio de un desbarajuste general de conciencias y tejidos comunitarios. Una bomba desestructuradora que dejó una huella indeleble en el alma de los argentinos; suerte de amenaza continua que el poder económico, que las corporaciones suelen esgrimir para condicionar cualquier proyecto democrático que intente ir más allá de la mera forma. La democracia recién recuperada entró en su laberinto, en esa suerte de empantanamiento fijado por los chantajes del mercado y por una época de la historia, la del cierre de los ’80 y la década de los ’90, dominada por la brutal hegemonía del Consenso de Washington que, entre nosotros, significó la renuncia a inyectarle a nuestra democracia justicia social y terminar la tarea de destrucción del aparato productivo iniciada por Martínez de Hoz. Después de la hecatombe hiperinflacionaria quedó el campo libre para el gigantesco desguace menemista sustentado en aquella terrible frase esgrimida amenazadoramente por quien sería amo y señor de la economía a lo largo de esa década: “cuanto peor, mejor”.

La democracia entró en un tiempo de formalidad hueca en el que la gramática del poder logró expropiar su honda relación con los ensoñamientos igualitarios para transformarla en el ritual de reproducción de un sistema afirmado en el desfondamiento de la política y de las búsquedas de un horizonte no dominado por la hegemonía clausurante del mercado y de sus dispositivos hundidos en lo más profundo de las conciencias hasta que amplias mayorías de la población aceptaron como naturales y eternos los valores implementados por la ideología neoliberal. Todavía no hemos salido de este triunfo cultural desplegado por el menemismo; algunos de los acontecimientos decisivos del 2008 sólo pueden entenderse a la luz de este giro cultural político de los ’90.

De todos modos, y más allá del estrepitoso fracaso del gobierno de la Alianza, un proyecto nacido de la reducción de la vida política a los set televisivos y de la pura homologación de política y moral, lo que queda por destacar es la significación de estos años atravesados por la democracia, años vertiginosos, contradictorios y que no dejaron de ofrecer una imagen de país arduo, complejo y muchas veces indescifrable que, con enormes dificultades, parece querer instalarse en la democracia sin que ésta sea entendida apenas como una forma abstracta. Años en los que la vida cotidiana se transformó alcanzada por un giro colosal de la propia historia mundial que, aunque ya casi parece una lejanía, contuvo dentro suyo la caída del Muro de Berlín, el fin del mundo bipolar, la expansión aparentemente ilimitada del imperio americano, el auge de las políticas neoliberales, el atentado del 11 de septiembre de 2001, la catástrofe social, política, económica y cultural que asoló al país al final de ese mismo año, el gobierno de Duhalde desplegado entre la devaluación, el asesinato de Kosteki y Santillán y el imprevisto triunfo de un desconocido Néstor Kirchner que, con su discurso inaugural del 25 de mayo de 2003, impregnaría a la joven democracia argentina de nuevos aires; hasta llegar, en estos días quemantes, a la mayor crisis del sistema capitalista mundial desde la lejana década del ’30, crisis que no sólo amenaza con llevarnos hacia un horizonte de recesión, hacia la multiplicación de una época de oscuridades y penurias sino, tal vez, a abrir una inesperada oportunidad para desvelar los velos de un sistema que parecía intocable y eterno.

Años de vértigo y también de zonas grises, tiempo de esperanzas y de frustraciones; época de promesas incumplidas y de demandas insatisfechas entramadas con sueños de mayor justicia y de mayor equidad, como si resultase inimaginable un país que queriéndose democrático no pudiera, al mismo tiempo, construir una vida mejor para los más débiles, aquellos que, en el conflicto recreador de la vida democrática, serán, siempre, los exponentes de lo que falta, la búsqueda de la reparación y de la igualdad en un país que supo conocer épocas mejores.

La democracia en estos 25 años ha sido permanentemente puesta a prueba, ha sido debilitada por los poderes económicos concentrados y por la mayoría de la clase política que no supo estar a las alturas de las circunstancias favoreciendo, durante gran parte de su desarrollo, la ampliación de las injusticias y de la desigualdad asociadas a prácticas cuya sede última acabó siendo los tribunales y los lenguajes jurídicos. Por eso, hoy seguimos discutiendo qué país queremos, qué Estado y para qué, pensando, siempre, que la democracia no es un regalo del cielo ni un producto de la naturaleza, sino una invención y una responsabilidad permanente de los seres humanos. Cuidarla, defenderla es abandonar las lógicas de la resignación y de la obsecuencia para introducir de lleno en nuestra vida pública los lenguajes de la crítica y de la emancipación que son, ayer como hoy, los núcleos insustituibles de la democracia.

* Doctor en Filosofía, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

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