Señal de ajuste para el final de 2008

Por Jorge Oviedo

Con las señales recesivas a la vista, el gobierno del matrimonio Kirchner mostró que son muy limitadas las armas con que cuenta para poder moderar la caída del nivel de actividad y evitar que se agraven los desequilibrios que su propia política generó en los últimos años. Otra vez al ministro Julio De Vido le tocó poner la cara para tratar de mostrar como una medida positiva lo que no es más que un fortísimo ajuste en el peor de los momentos. El tarifazo en los peajes es una corrección tardía, que recuerda que la Argentina, que comienza a ser afectada por la ola recesiva, tendrá problemas diferentes de otros países. La economía a paso lento o estancada no aquieta todos los precios, ya que hay mucha inflación reprimida acumulada.

El mismo De Vido había anunciado poco antes un importante incremento tarifario de electricidad y gas, tratando de evitar una mayor sangría de los súbitamente escasos recursos fiscales por la vía de los subsidios. Los ajustes van sobre los mismos sectores a los que se pretende seducir con la eliminación de la tablita de Machinea, que ahora pagarán más por el gas, la electricidad y los peajes.

Esos cambios también tendrían como efecto evitar que se multipliquen situaciones empresariales difíciles en el sector de los servicios públicos, donde las tarifas no pagan los costos y los subsidios se pagan cada vez con mayores atrasos. El caso de TGN, perjudicada por las políticas de precios distorsionados, es una señal de alarma muy importante. Muestra al Gobierno, que acaba de quedarse con tenencias accionarias en empresas que tenían las AFJP, decidido a meterse en la gestión empresarial de manera directa, pese a todas las promesas que hizo en contrario. El aumento de los peajes aliviaría a las empresas involucradas y sería una señal de que no se quiere profundizar el enfrentamiento con el sector empresarial.

Pero no hay una política clara al respecto. Los precios distorsionados lo han complicado todo. Las medidas tomadas en el caso de los combustibles líquidos evitaron que la Argentina tuviera precios tan altos como en los países vecinos cuando el petróleo llegó a 140 dólares. Pero llevó a la escasez y la caída de la producción y las inversiones. Ahora que el precio del petróleo baja, la Argentina, por la misma política oficial, paga, en medio de una ola recesiva, el combustible más caro que en EE.UU. No es un detalle menor que, en el interregno que fue de los precios más bajos casi del mundo a otros altísimos, la principal compañía del sector en el país quedó en manos de un grupo vinculado al poder. El Gobierno intenta dar señales a tontas y a locas, pero muchas son contradictorias y no hay un plan a la vista.

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