A una semana de la asunción, fin de fuegos artificiales y festejos

Por: Oscar Raúl Cardoso

"No son números en una página.son gente", les recordó ayer a sus legisladores el presidente Barack Obama al aludir a los anuncios de algunas grandes corporaciones transnacionales que suponen la pérdida de otros 62.000 puestos de trabajo en EE.UU. y en el mundo. Este es un indicio inequívoco y abrupto del fin de los festejos y fuegos artificiales por la asunción de Obama al cabo de su primera semana en la Casa Banca.

Es un signo de los turbulentos tiempos que corren que el presidente que asumió con mayor porcentaje de opinión pública favorable -80 por ciento según los sondeos- haya completado los primeros siete días en el gobierno sumido en una estática política que casi impide diferenciar los buenos de los malos sonidos.

Las decisiones como la de poner fin al campo de detención en Guantánamo, Cuba, o de dictar medidas de regulación para la industria automotriz que favorezcan la preservación del ecosistema se han visto enmarañadas en las incesantes alarmas que vienen de la economía. Los recortes de puestos de trabajo que ayer anunciaron Caterpillar, Sprint-Nextel y Pfizer entre otras firmas agudizan un fenómeno que, desde diciembre del 2007, considerado el momento en que se inició la recesión, costó 2.500.000 empleos.

Un dato aún más alarmante es la inercia de algunas tendencias negativas que siguen empujando las cosas en la misma dirección. Por ejemplo, la supresión de empleos en los laboratorios Pfizer -los más grandes del mundo- es consecuencia de la decisión de la empresa de adquirir a su rival estadounidense a Wyeth por 68.000 millones de dólares.

¿No es esta una operación bienvenida en un marco en que casi todo proyecto de inversión importante se ha detenido por la sequía financiera? No necesariamente. En principio, los analistas estiman que los flujos de efectivo de los que goza la industria de medicamentos podrían verse afectados por la depresión en el futuro inmediato. Por otro lado, la concentración cada vez mayor de la propiedad en menos manos no es una fórmula que se haya probado muy exitosa.

El ejemplo de fusión Pfizer-Wyeth muestra cómo hasta los que muchos consideran un buen síntoma viene hoy acompañado de un costado oscuro que lo liga a esta segunda gran depresión.

En el mismo fárrago parece estar atrapado el plan de estímulo de 825.000 millones de dólares que el Congreso debe autorizarle a Obama. Entre las dudas de los legisladores demócratas -muchos de los cuales desconfían de la efectividad del plan o ven insuficientes los recursos- y las acusaciones republicanas contra el supuesto gasto inútil de invertir en infraestructura pública, el nuevo Presidente se encuentra entre una roca y un lugar duro.

Otro sigo preocupante es la posibilidad de que en este contexto de crisis se inicie una dura polémica entre Washington y Pekín. Esta posibilidad fue alentada por Tim Geithner, el secretario del Tesoro de Obama, que acusó a China de "manipular" su moneda y anunció que el nuevo gobierno ejercería presión sobre Pekín para que cambie sus políticas. Dada la situación económica global pensar en un conflicto entre EE.UU. y su principal acreedor es una de las dimensiones posibles del desastre.

El reloj le avisa de modo permanente que no tiene tiempo mientras que una buena parte de la dirigencia se empeña en negar la urgencia. Obama está, en una medida al menos, condenado a creer el aforismo: "Esto también pasará".

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