La Selección y Maradona: no hay mito que valga

Por si alguna duda le quedaba, Diego Maradona ya debe haberse dado cuenta de que no hay apellido intocable ni mito viviente que valgan cuando se trata de juzgar a un entrenador.
La debacle de La Paz, ese 1-6 que manchó la historia del fútbol argentino, le movió el piso como si se hubiera producido un terremoto debajo de sus pies, le hizo conocer por primera vez las espinas en su todavía incipiente profesión y le permitió saber que más de uno lo estaba esperando agazapado. Si su caterva de aduladores, ésa que da vergüenza ajena escuchar, ésa que no deja de tirarle centros y que jamás se atreve a contradecirlo, le provoca más daños que beneficios, la nómina de enemigos (muchos de ellos encubiertos) le agrega más detrimentos a estos días de desconciertos, de cuestionamientos y de disgustos.

Unos, los obsecuentes, creyeron ver la reencarnación de Holanda del 74 cuando la Selección aplastó en River a Venezuela. Los otros, los antagonistas, se frotaron las manos y agotaron sus gargantas enumerando las falencias que desembocaron en la histórica goleada en contra del miércoles.

El primero en salir a hablar, y a criticar, fue Humberto Grondona, curiosamente el hombre más cercano a Carlos Bilardo. Se recuerda: los dos integran este proyecto que tiene como cabeza a Maradona. Menos mal.

Desde que no hay que subestimar a los rivales hasta que le pida consejos a Bilardo (o a Menotti, agregó, para guardar ciertas formas), el hijo del presidente de la AFA disparó contra Diego en el instante más doloroso y menos pertinente. Un oportunista.

¿Por qué no habló después de Escocia, de Francia o de Venezuela?

Y en estas últimas horas, Bilardo se apoderó de cuanto micrófono o grabador afín anduviese cerca para salir a aclarar cosas que nunca aclara.

A propósito: ¿no es tiempo de que alguien, ya que él no lo dice, informe cuáles son las verdaderas funciones de Bilardo en la Selección?

Desde esta columna ya se pidió alguna vez que los responsables contesten esa pregunta (seguimos aguardando). Aquellas palabras del mismísimo Maradona ("A Bilardo me lo pusieron por si yo fallaba") volvieron prontamente a la superficie esta infortunada semana. Todo lleva a deducir que la comunicación entre técnico y ¿manager? está cortada. O que, como mínimo, tiene profundas interferencias. Los platos rotos los paga la Selección.

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