La selección de jueces y la gripe A.

Por Fulvio Baschera.

El proceso de selección del miembro del Superior Tribunal de Justicia de la Provincia culminó dejando un gusto amargo, institucionalmente hablando.

Claro, no podía ser de otra manera, toda vez que el mismo presentó, desde su comienzo, una variedad de alternativas que, merced a la torpeza, indiferencia, displicencia y menosprecio por la ciudadanía manifestaron todos y cada uno de los protagonistas de esta historia, con la justa excepción de los candidatos, aunque en algunos casos la sola lectura de los nimios antecedentes aportados por algunos, no sólo en lo que a experiencia en la judicatura se refiere sino en el ejercicio mismo de la profesión, podría calificarse como una auténtica falta de respeto.

Con una precisión difícil de imaginar, la secuencia de desaciertos ocurridos sólo contribuyó a debilitar aún más la endeble imagen del Consejo de la Magistratura, pero claro, erraríamos al intentar interpretar los hechos como si estos fueran propiedad exclusiva del mencionado instituto constitucional.

Lo que por estos días viene ocurriendo con la pandemia de influenza A N1H1 (tanto en el nivel provincial como en el nacional) no hace más que reforzar esta línea de razonamiento, y le aseguro que mi temperatura corporal no está más allá de los parámetro normales, cuestión que nada tiene que ver con la reverenda calentura que algunas acciones de nuestros gobernantes provocan, las que a pesar de la miopía política de algunos también es contagiosa, basta solamente mirar los resultados electorales para que se entienda el concepto. Digresión aparte, decía que lo visto, oído y leído sobre las mencionadas cuestiones confluyen en un factor común: idéntico nivel de torpeza.

Más allá de las particularidades propias de cada situación, y vale aclararlo para que nadie suponga que la fiebre ha comenzado a desintegrar mis neuronas, el caso de la gripe impone una gravedad reciente y generalizada, mientras que en el otro sólo, ¿sólo?, registramos gravedad institucional. Lo realmente sintomático es que en ambos casos los responsables continúan sin tomar dimensión del daño social que provocan, trabajan desde una burbuja imaginaria y sin comprender que sus decisiones van mucho más allá que ellos mismos, son observados por toda una comunidad que no comprende tanta contradicción.

Es probable, seguramente, que dentro del mundo en donde se mueven les sigan la corriente y les digan que el trabajo que vienen haciendo es tan bueno que la prensa y la comunidad no lo llega a valorar. Somos bárbaros, se deben comentar entre ellos. Fuera, sin embargo, la sensación térmica les muestra lo contrario. No hay de que preocuparse. Todo se ha hecho con la mayor responsabilidad, dicen mientras no hacen una autocrítica. Por las dudas, si algo falla, la culpa la tienen los medios; que como siempre no entienden los claros mensajes de las autoridades.

Esto constituye un modo de hacer política pública. Las reacciones, sea para la gripe A, la selección del jueces o el manejo del conflicto docente son las mismas: un cóctel de improvisación, oportunismo, incapacidad, omnipotencia, incoherencia, desconocimiento y soberbia; aunque podríamos nombrar tantos otros. Los resultados están a la vista.

Unos quieren llevar calma y no lo logran. Los otros transmitir la idea del interés institucional y llegan al mismo fracaso. Aquí y allá, lo que menos importa es ceder para ganar. Por lo pronto, hasta ahora nadie con responsabilidad pública ha reconocido la limitación natural que todo ser humano tiene. Esto implicaría, en términos públicos, llamar a los demás sectores involucrados para definir conjuntamente el diagnóstico, el plan de acción y los escenarios posibles.

No hace falta. Sabido es que se toman las mejores decisiones con respecto a la gripe A y que no hay una batalla encubierta debajo de la selección de jueces. En esta última situación es más importante lo que no se dice, que lo que sí se escucha. Cada concurso para elegir un juez es una guerra entre los sectores interesados para ver quién tiene mayor capacidad de colocar a un integrante de su grupo. En esta guerra sorda, donde nos toman a todos por tontos, suponiéndonos incapaces de entender el juego que están jugando operan desde los partidos políticos hasta los distintos sectores judiciales, incluyendo también a los colegios de abogados y estudios jurídicos de peso. Nadie queda afuera de la falsa honestidad. Es un engaño que a nadie engaña.

¿No pasa lo mismo con la gripe A? Hasta ahora no hemos visto una convocatoria a todos los sectores para tomar decisiones coherentes e integrales. Manda un grupo de médicos, que deben tener la ilusión de evaluar impactos económicos, conductas sociales, perfiles de cómo funciona el turismo internacional y, sobre todo, cómo vivimos cada uno de nosotros dentro de nuestras casas y cómo nos desenvolvemos en los lugares que frecuentamos.

Barbijo sí, barbijo no. Clases no, aunque luego descubren que clases sí, siempre que nos sean más de 20 alumnos reunidos en un lapso de tiempo que no supere las dos horas. Evaluación pública de los candidatos a jueces y selección por rondas de votaciones, aunque luego el Ejecutivo provincial determina que "en el marco de la política asumida por el Estado Provincial, de brindar transparencia y participación en los sistemas de selección a los cargos públicos, resulta necesario adoptar un procedimiento que permita el ejercicio de los derechos de participación de los ciudadanos en el manejo de las cuestiones públicas de interés y trascendencia general" dicta el decreto 723/09 en el cual bajo el argumento de la autolimitación la administración Ríos pretendería arrogarse facultades que la Carta Magna provincial no le confiere, termina de cerrar el cuadro.

Claro que como en el caso de la gripe A, esta pretendida medida engañosamente dirigida a hacer creer que inocula contra el virus de la incumbencia de la cuestión política en la conformación y administración de justicia es desnudada por la actuación de sus propios mentores.

Surge así que una cuota singular de responsabilidad la tiene el alfil político de la gestión de Fabiana Ríos, el ministro de Gobierno Guillermo Aramburu, para quien el ejercicio de la política más que entenderse como la actividad humana tendiente a gobernar o dirigir la acción del estado en beneficio de la sociedad, significa lisa y llanamente contradicción. Mientras que este funcionario nunca propuso un cambio dentro del Consejo de la Magistratura, horas antes que comiencen las entrevistas firmó el decreto que hizo estallar la ira de sus pares. Esto es: sin avisar, junto con la Gobernadora decretaron un nuevo sistema de designación para los jueces del Superior Tribunal. Sin embargo, con el prejuicio que todo lo hecho por sus pares es incorrecto, el día de las entrevistas y en la votación final no asumió una postura diferente de la de quienes tanto cuestiona en el texto del decreto que se pondrá en marcha desde la semana que comienza en otra acabada muestra de lo aquí planteado, toda vez que fueron los propios integrantes del Concejo de la Magistratura quienes heridos en su dignidad anunciaron que actuarían contra el decreto gubernamental que ponía en duda la integridad de su accionar. Lo cierto es que culminaron con el proceso a pesar de haber anunciado lo contrario, pero a esta altura de las circunstancias eso ya no espanta a nadie.

El ministro Aramburu tiene un triple rol en este juego. Entendió que no debía excusarse de participar a pesar de integrar un estudio jurídico en sociedad con la hermana de uno de los candidatos para ser juez del Tribunal Superior, participó como un consejero más del procedimiento y ahora, como si lo anterior no fuera poco, tiene la responsabilidad política de traer la transparencia y participación que en el concurso no aportó, ¡ja! hamacáme que me duermo, decían en el barrio.

Un capítulo aparte podría escribirse con el rol que en toda esta historia le cupo a los Colegios de Abogados de la provincia, quienes, otra vez como en el caso de la gripe A, o faltos de reflejos actuaron tardíamente o bien postergaron decisiones hasta luego de las "elecciones".

En fin, desde estas líneas habría mucho más pasar decir, pero para no correr el riesgo de contagiarlos con el virus del aburrimiento considero que ya ha sido suficiente.

No puedo culminar sin una última reflexión. La falta de reconocimiento de la propia capacidad (o incapacidad) agrava las cosas, peor aun la improvisación. Sucede con al gripe A H1N1, con el conflicto docente y con los actores en torno a la selección de jueces. Las reacciones ante la gripe A muestran las mismas deficiencias que se desnudaron en el proceso para reemplazar al ex juez Mario Arturo Robbio.

Todo indica que no existe la capacidad de anticiparse a problemas evitables.

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