Seis ministros en seis años, ¿algo más podemos esperar?

Por Roberto Cachanosky

Desde que Kirchner llegó al poder han pasado seis años. En esos seis años tuvo seis ministros de Economía. A saber: Roberto Lavagna, Felisa Miceli, Miguel Peirano, Martín Lousteau, Carlos Fernández y ahora Amado Boudou. Se hace difícil encontrar un récord similar en otras presidencias. El caso que me viene a la memoria es el de Isabel Perón, aunque en un período más corto, que tuvo como ministros a: Alfredo Gómez Morales, Celestino Rodrigo, Pedro Bonanni, Antonio Cafiero y Emilio Mondelli. Digamos que el promedio de Isabel Perón es más alto que el de Kirchner.

En rigor, salvo en el período que Roberto Lavagna estuvo en el Ministerio de Economía con Kirchner, el resto de los ministros de esa cartera tuvieron un papel secundario dado que el ministro de Economía de hecho es el mismo Néstor Kirchner, lo que nos indica que, salvo que Kirchner desee retirarse del manejo de la economía, uno no debería esperar grandes cambios en lo que se ha hecho hasta el momento, ni un protagonismo diferente del ministro de Economía. Un dato que no es menor es que el Secretario de Comercio, Guillermo Moreno, sigue en sus funciones, por lo menos hasta el momento de redactar esta nota.

Es evidente que en el gobierno kirchnerista los funcionarios de la cartera económica prácticamente no cuentan y parecen limitarse a ocupar un sillón por una cuestión de formalidades.

El caso de Débora Giorgi es un ejemplo bastante categórico. Una ministra de la Producción que desde que asumió solo atinó a lanzar una serie de planes de canjes de lavarropas, calefones, heladeras y bicicletas que no han movido el amperímetro, como tampoco movieron el amperímetro el fiasco de los créditos para comprar autos y camiones, mientras la actividad económica (producción) sigue cayendo rápidamente por un tobogán enjabonado. Luego de infinidad de reuniones, la ministra de la Producción jamás logró solucionar el problema del sector agropecuario, llegando al caso inédito en la historia argentina en que en poco tiempo más tendremos que importar carne y trigo.

El antecedente que tenemos de Amado Boudou como funcionario público es el haber manejado los ahorros confiscados a quienes aportábamos al sistema privado de jubilaciones. Ahora bien, se sabe que los sistemas jubilatorios de reparto son inviables por varias razones, pero fundamentalmente porque al estirarse la esperanza de vida de la población cada vez son más los jubilados, reduciéndose la relación trabajadores en actividad/jubilados. Una ecuación inviable que el flamante ministro de Economía parece creer viable.

Y también sabemos que ha destinado fondos a financiar créditos a tasas menores a la inflación, con lo cual está licuando los ahorros de los actuales trabajadores dejando el problema para futuros gobiernos y generaciones. Estos antecedentes parecen ser bastante elocuentes a la hora de esperar medidas que se diferencien de los dislates que hemos estado viendo en estos seis años.

Pero el tema de fondo es que no hay economista que pueda resolver una crisis como la que atraviesa Argentina, embretada en inflación con recesión, si detrás de ese economista no hay un gobierno que genere confianza. La economía no es un compartimento aislado de la seguridad jurídica, la credibilidad de sus gobernantes, el respeto por los derechos de propiedad y la calidad de sus instituciones.

En muchas oportunidades ministros de Economía limitados por restricciones políticas intentaron sustituir las reformas estructurales por artificios monetarios, financieros y cambiarios. Todos esos experimentos terminaron en fracasos estruendosos.

En la era Kirchner, no solo no hay reformas estructurales sino que, además, la imprevisibilidad en las reglas de juego ha destrozado el sistema productivo. La ausencia de reformas estructurales, la imprevisibilidad y arbitrariedad en las reglas de juego y la fenomenal distorsión de precios relativos, pretenden sustituirlas con el garrote de Moreno y confiscaciones de activos privados. Mecanismos muy primitivos que espantan las inversiones, que son las que, en definitiva, generaran más productividad, mayores ingresos reales y crecimiento sostenido.

En rigor, el problema económico argentino deriva de un enorme problema político. Ese problema político es el matrimonio gobernante que no sólo ha demostrado una impresionante incapacidad para administrar el país, desperdiciando un increíble período de crecimiento mundial, sino que, además, han perdido toda credibilidad al utilizar sistemáticamente la mentira como forma de gobierno. Inversiones chinas, créditos hipotecarios para inquilinos, tren bala, inflación dibujada, pobreza e indigencia escondida y el listado sigue, como, por ejemplo, decir que tenemos superávit de comercio exterior récord sin aclarar que ese superávit es resultado de una caída de las importaciones del 48% como consecuencia de la recesión.

La economía argentina está paralizada, la situación fiscal es crítica, la desocupación crece, la pobreza aumenta, la inflación se ha disparado luego de las elecciones y la lucha por la distribución del ingreso está por desatarse. En este contexto crítico, tenemos a un nuevo ministro de Economía que, por haber participado del gobierno que generó todos estos problemas, seguramente debe coincidir con la visión de Néstor Kirchner sobre lo que hay que hacer. ¿Qué cosa nueva, entonces, puede esperarse con el cambio que se ha implementado?

Hay cosas que no hace falta ver para saber que existen. Por ejemplo, yo jamás vi un átomo, pero sé que el átomo existe. En el caso de la economía, hay cosas que no hace falta ver para saber cómo van a terminar.

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