Securitas

Por Sandra Russo

Un ingeniero, otro ingeniero, un jubilado, un adolescente, otro adolescente, una familia entera, un bebé en un pelotero. La sucesión de víctimas de lo que se nombra como “inseguridad” va desfilando por los noticieros.

Algunos casos resonantes y espectaculares para la televisión no son, sin embargo, reseñados por los diarios un día más tarde. No se sabe si es porque los casos son tantos que no se cubren todos –algo más bien absurdo, pero que queda flotando– o porque los medios electrónicos son más proclives a ocuparse de casos que después no se confirman, como cuando lo dieron por asaltado a Ernesto Sabato y lo que finalmente hubo fueron ruidos en el techo. Los casos inflados no borran los casos reales, pero los ponen en un contexto que busca que alguna gota cause un derrame.

El jueves la televisión habló de un asalto a un pelotero. Un colmo. Y de un ladrón apuntándole en la sien a un bebé de un año. Un asalto a mano armada en un pelotero es una imagen tan forzada que puede uno preguntarse si estamos ante un éxtasis de sadismo delictivo, que podría ser, o ante una operación. Como fuere, hay un más allá en esa historia, algo que repica en el terror. Estas historias de asaltos tan horribles parecen sembraderales de terror que germinan en un contexto particular. En él, los medios de comunicación son relatores permanentes de cada nuevo caso, y se espejan en las protestas de vecinos aterrorizados que piden más seguridad. En él, también está la propuesta de De Narváez, el Mapa del Delito, una especie de ONG con fines políticos que espera erigirse como la oreja de los que no tienen oreja. En él, hay jueces de la Corte Suprema de Justicia llamando a los tres poderes a hacerse cargo de los chicos marginales que están creciendo sin poder elegir más que entre el paco o el delito, por su cuenta o por encargo para la policía. Y hay hombres y mujeres atrapados en emociones viscerales, en el riesgo cierto y el promovido; hombres y mujeres que reaccionan pidiendo lo que ancestralmente se pide en períodos de inestabilidad bifronte: acecha más de un peligro, y cesa el raciocinio y hasta la fe, para dar paso a pedidos sociales inconfesables.

Recordé un par de ensayos que leí hace muchos años, de Umberto Eco y Furio Colombo, sobre cómo aquellas sociedades avanzadas de los ’80 estaban encaminándose a una nueva edad media, en la que habría torretas, electrificaciones, guardias privados, barrios cerrados y cercados, miedo permanente. Uno de los objetivos de la creación de los Estados modernos, así como la de anteriores instituciones políticas fuertes, monárquicas o imperiales, fue la de tranquilizar. Es viejo como la historia de Occidente el reflejo que nace del miedo: lo único que lo aplaca es un poder de policía central, potente, ciego, que se saltee los detalles y arranque de cuajo el problema.

Los leí tantas veces que, aunque no encontré el libro, sí pude reconstruir algunos párrafos. En uno de ellos, Eco decía que la sensación de inseguridad moderna se parecía a la de la Edad Media, cuando después de siglos de guerra ininterrumpida, la aspiración a la misma securitas que había ofrecido con éxito el Imperio Romano a sus colonias volvía a generalizarse. Desde entonces, el encargado de defender a la gente del delito fue el Estado. Quise saber más de la noción de securitas. Escribí esa palabra y agregué “edad media”. Apreté Enter. Lo primero que apareció rezaba textualmente: “Alarmas de Seguridad Securitas. La edad media de los vigiladores es de 38 años”.

En aquel viejo ensayo, Furio Colombo hablaba de la “población sacrificable”. Fuera de los castillos y las torretas, quedaría la gente eliminable. La sociedad no se conmovería cuando se mataran entre ellos, sino cuando uno de esos bandos atacara intramuros. La violencia que se entiende como violencia no es aquella que cotidianamente se desata afuera de las murallas. Los delincuentes y los policías pueden pertenecer a la misma familia. Unos y otros están destinados a matarse. El diseño de ese mundo neomedieval incluía un gran segmento de población cuya existencia o inexistencia no entraría en los parámetros de la “vida verdadera”. Una frase: “Los hombres a quienes la exclusión ha convertido en iguales, están igualmente disponibles, desde la sangre de los rehenes hasta la sangre de los rebeldes”.

Aquellas perspectivas fueron correctas. Todo fue avanzando hacia el estallido de la securitas que necesitan, mucho más que aquellos sujetos medievales que guerreaban a sueldo para uno u otro Señor, los sujetos que ha generado nuestra época: táctilmente desconectados de los demás, financieramente comprometidos, ideológicamente alineados para ver consecuencias y no causas. Hombres y mujeres que ahora globalmente pierden la seguridad del trabajo, la de la casa, la de los proyectos.

Sin retomarse a sí mismo desde aquellos esbozos teóricos de hace más de veinte años, Eco ha titulado su último libro, no obstante, A paso de cangrejo. La idea general de esa recopilación de conferencias es que el mundo camina para atrás. Que la avalancha de tecnología es una pantalla atrás de la que se esconden paradojas, como que el final de la Guerra Fría no haya implicado la paz, sino el regreso a la guerra clásica: Estados Unidos en Irak. Con el agregado de que no se sabe muy bien quién es el enemigo. Lo que sí se sabe es que en paz es más difícil cohesionar a una nación que en una guerra, y también se sabe que aunque nunca estén claros los bandos, ni sus verdaderos intereses, la industria armamentista siempre estará ocupándose a abastecer por lo menos a un mínimo de mercados.

En el recuerdo de los más viejos hay una época o un lugar, al menos, donde se dejaba el auto con la llave puesta o se dormía sin ponerle la traba a la puerta. Sería oportuno preguntarse: en esos períodos, ¿cómo estaban todos? Ese recuerdo es hoy una utopía, ese pasado. Los que le sacan jugo a la inseguridad exprimen ese anhelo irreprochable de una vida tranquila. Pero el eje nunca es la vida tranquila para todos, que es el verdadero cuadro de situación propicio a la seguridad. Más bien, dan garantía de que algunos serán eficazmente aplastados.

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