La secundaria debe preparar a los jóvenes para el trabajo.

Uno de los roles de la escuela es allanar el camino para el mundo adulto, con todas sus implicancias. Falencias.
Una vez analizado el diagnóstico que el documento preliminar para la discusión sobre la educación secundaria en Argentina nos muestra, debe detenerse el análisis en lo que la Ley de Educación Nacional establece como finalidad para este nivel: “La educación secundaria en todas sus modalidades y orientaciones tiene la finalidad de habilitar a los adolescentes y jóvenes para el ejercicio pleno de la ciudadanía, para el trabajo y para la continuación de estudios superiores”.

A la vez fija, entre sus propósitos “brindar una formación ética e integral; formar sujetos responsables, críticos, creativos, solidarios y respetuosos del patrimonio cultural y ambiental; desarrollar y consolidar capacidades de estudio, aprendizaje e investigación, de trabajo individual y en equipo, de esfuerzo, de iniciativa y responsabilidad; desarrollar competencias lingüísticas, orales y escritas y capacidades para la comprensión y utilización inteligente y crítica de los nuevos lenguajes de las tecnologías de la información y la comunicación; promover vínculos con el mundo del trabajo, la producción, la ciencia y la tecnología; promover la formación corporal y motriz de los adolescentes y desarrollar procesos de orientación vocacional”.

Si se quiere lograr tan ambiciosa finalidad y propósitos, la escuela secundaria tendrá que priorizar aquellos problemas que en este documento quedan expuestos del siguiente modo: exclusión y baja calidad del sistema: “El problema de la exclusión en sus cifras más duras presenta dimensiones diversas: por un lado la de los jóvenes no escolarizados, tanto los pertenecientes a las zonas rurales como urbanas y por otro lado, la realidad de los jóvenes cuya trayectoria escolar marcada por el fracaso culmina en altos niveles de deserción. Este problema de exclusión supone plantearse algunos desafíos estructurales”.

Así queda expresado en el documento, tratando de “desnaturalizar” la exclusión, lo que entraña un proceso complejo y sostenido en el tiempo.

El asunto de la calidad o baja calidad en relación con el rendimiento académico, observados en el diagnóstico del secundario, son contundentes con relación a la deficiencia, más aún si los ponemos en contexto internacional. Un ejemplo claro es la brecha existente entre la escuela secundaria y la universidad.

Crisis de identidad de la escuela secundaria: este asunto merece marcada atención, aseverando en el documento que la secundaria sigue siendo un espacio que, a tono con su historia, se asume como un lugar para la formación propedéutica y terminal y aún ambos aspectos los cubre en forma deficiente.

Modelo institucional selectivo: la expansión de la matrícula de la educación secundaria puso en crisis no sólo el sentido de ciertas prácticas institucionales clásicas, sino la propia racionalidad del nivel. El desacople entre la selectividad original (formación de las elites políticas y burocráticas que se amplió con la preparación para el mundo del trabajo) y una realidad escolar atravesada por la heterogeneidad y la masividad generaron progresivas tensiones en su interior. Surge así, a partir de la nueva Ley de Educación, la necesidad de cambiar el paradigma selectivo del modelo institucional hacia un modelo inclusivo.

Crisis de autoridad pedagógica: en concordancia con lo expresado, y con la necesidad de recobrar la autoridad en las instituciones educativas, “algunos sociólogos señalan que la crisis de las instituciones (entre ellas la escuela) junto con una nueva concepción del niño y del joven como sujeto de derechos, hacen que el docente se vea obligado a considerar su autoridad como una conquista sujeta a renovación permanente y no como una propiedad inherente a su función. Por ello, no se puede proponer la reconstrucción de la autoridad pedagógica, sin plantear al mismo tiempo un cambio en el modelo de institucionalidad escolar junto con el de un nuevo profesionalismo de los docentes”.

Debilidad del Estado para influir en el sistema: hoy la discusión cambia de eje –tiempo atrás las políticas apuntaban a la expansión y cobertura–, hacia metas que den cuenta de una educación de calidad para todos. Y en este debate, el planteo se expresa de la siguiente manera: “Es necesario avanzar hacia la capacidad estatal de ‘imponer finalidad’, en términos de una decisión colectiva de lograr una escuela con inclusión y calidad para todas y todos”.

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