Secuelas cada vez más serias

Por Carlos Pagni

La crisis que se desencadenó por la pretensión de financiar al Tesoro con las reservas del Banco Central arrojó ya dos resultados conocidos. Aunque el Fondo del Bicentenario conserve su denominación, los jueces ?sobre todo Thomas Griesa? han dictaminado su muerte. Y la gestión de Martín Redrado al frente del Banco Central concluyó el viernes por la noche.

La tormenta dejó otras secuelas, menos tangibles pero más duraderas. Cristina Kirchner y su esposo extremaron el conflicto con el vicepresidente Julio Cobos y rivalizaron con el Poder Judicial. Ahora lo llaman Partido Judicial, y a sus sentencias, "chicanas". Néstor Kirchner cuestionó, por primera vez, a la actual Corte Suprema: "Sigue con una parte de su estructura que viene de hace mucho tiempo", se quejó.

La convulsión se proyectó sobre las relaciones exteriores. La Presidenta suspendió una visita a China. Hoy eso equivale a que Carlos Pellegrini o Marcelo T. de Alvear hubieran suspendido de manera intempestiva un viaje a Londres.

También la relación con el mercado financiero internacional quedó dañada. El canje de deuda con los holdouts saldrá de terapia intensiva sólo si se renegocian sus términos.

Estos daños se advierten a simple vista. Otros, en cambio, son secretos. La batalla del Bicentenario debilitó al Gobierno en su propio seno. Ante sus interlocutores más cercanos Kirchner cuestiona a Amado Boudou. "Cometió muchos errores, sobre todo por no haber controlado los problemas jurídicos de tocar las reservas", murmura. Un modo de exculpar al verdadero responsable, el secretario legal y técnico, Carlos Zannini, a quien el ex presidente amonestó en privado. Boudou sale de esta crisis muy disminuido. Y Zannini deberá, en adelante, leer mejor las recomendaciones de los propios abogados del Gobierno. También llegó el momento de confiar menos en las promesas de los gestores judiciales de Olivos, sobre todo los del fuero contencioso administrativo. El cómodo argumento del complot judicial dejará de prestar sus servicios y los Kirchner deberán tomar nota de sus dificultades, culturales y técnicas, para tramitar sus deseos con procedimientos en tribunales. Después de todo, son abogados.

Las prestaciones

Si las prestaciones de Boudou y Zannini han sido bajas, las de Aníbal Fernández fueron excesivas. Con su retórica agraviante, el jefe de Gabinete no ha hecho más que alimentar la crisis. Trató de estúpido a Redrado -"por cumplir con su deber", dijo, escudándose en una humorada de Bernard Shaw-; reveló que la Presidenta revisaba la agenda de ese funcionario para controlar sus reuniones, y se mofó de la jueza María José Sarmiento sin esperar a que se pronuncie. En el tiempo libre maltrató a Mirtha Legrand.

En el microclima de Olivos aprecian esas inmolaciones. "Aníbal es el único que me defiende", repite la Presidenta, aguardando que otros lo imiten. Pero "Aníbal es único, él sigue a los tiros, hasta que se acaben las balas, como el último soldado de Vietnam", dice un legislador. Sin embargo, en el entorno de Fernández comienzan a detectar cambios de comportamiento. Le interesa que las víctimas de sus ataques -sobre todo Cobos- lo tomen en broma y entiendan que "esto es todo política".

La soledad de Fernández exagera su desmesura. En cambio, el ministro de Justicia, Julio Alak, o el de Interior, Florencio Randazzo, renunciaron al coro. Y a Julio De Vido hubo que obligarlo a salir a escena: Kirchner, enfurecido, lo conminó a dar la cara por los fracasos judiciales en el avance sobre Telecom, que él pretende -al fin lo confiesa-"poner en manos de un grupo nacional". El ministro fantasea con que, cumplida esa misión con la ayuda de Roberto Dromi, podrá volver a Santa Cruz a pelear por la gobernación.

Silencios

El silencio ha sido el protagonista de esta crisis. Silencio de los gobernadores, de los legisladores y el sindicalismo (con la excepción de Hugo Moyano). Podrían ser el preludio de una lenta cadena de disidencias.

El liderazgo de Kirchner ingresó en un proceso de entropía que lo obliga a librar sus guerras con la última línea de defensa. Esa pérdida de consenso no se explica sólo por su caída en las encuestas. También falta plata. Además, ese liderazgo carece ya de un dispositivo esencial: una explicación que vuelva comprensible la estrategia del poder para quienes adhieren a él. Los kirchneristas no saben hacia dónde los están llevando. El argumento del complot es cada vez menos convincente. La prueba está en que la Presidenta denunció una asonada con nombres y apellidos y no motivó siquiera un comunicado del PJ en defensa de su gobierno. A esta altura, las explicaciones conspirativas de los Kirchner acaso sólo consigan asustar más a quienes todavía les siguen dando crédito.

Así, Cristina Kirchner y su esposo ingresaron en esa hora declinante en la cual la explicación oficial pasa a valer cero en el mercado de las interpretaciones. La Presidenta intenta compensar esa devaluación de su palabra con más palabras. Sería penoso que, como sucedió de modo casi obsceno, la falta de razones se comenzara a sustituir con extorsiones. Como en el intercambio de Aníbal Fernández y Redrado, uno diciendo que "el presidente del Banco Central no se quiere ir porque gana 68 lucas (sic), además del profesor de teatro, de títeres y el blindaje de autos", y el otro contestando con listas de "amigos del poder" que compran dólares.

Estas debilidades no son nuevas. Pero en el trance del Central aparecieron con una contundencia desconocida. Es lógico: en esta crisis se puso en funcionamiento, por primera vez de manera operativa, el balance de poder que surgió en las elecciones del 28 de junio pasado. Quedó expuesta, entonces, la premisa que dominará la política argentina durante los próximos dos años: las cuestiones de procedimiento se volverán un argumento principal para una oposición que, carente de unificación programática, se envolverá en la bandera de la calidad republicana para bloquear al Poder Ejecutivo.

Kirchner, a través de sus representantes parlamentarios, se prepara para transitar ese camino accidentado con una agenda que abroquele a la centroizquierda, provocando contradicciones conceptuales en el radicalismo, el socialismo y la Coalición Cívica. El inventario: una reforma de la ley de entidades financieras, otra de la carta orgánica del BCRA, la aprobación del matrimonio gay y alguna estatización (¿por qué no la de los juegos de azar?).

Kirchner busca, cuanto antes, cambiar el aire venciendo al adversario. Pero entre muchos de sus seguidores prevalece otro concepto. Creen que en los próximos dos años, dialogar y pactar será tan importante como ganar. Piensan que, antes que un triunfo, Kirchner necesita un método.

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