Scioli, un rehén voluntario

Por: Ricardo Kirschbaum

Daniel Scioli está contra las cuerdas. El caso Pomar ha sido una muestra tan flagrante de la ineficiencia policial, disimulada con versiones irresponsables que los medios han amplificado sin filtro alguno, que tiene un efecto de terremoto sobre una gestión empantanada y, a la vez, sujeta al férreo control político de Olivos.

Si la autonomía política de Scioli ya estaba cuestionada desde el inicio, todo el resto ha sido un empinado plano inclinado. La derrota del 28 de junio, la estafa de las candidaturas testimoniales, el fuerte déficit provincial, han hecho que el gobernador haya ido paulatinamente cediendo todo a los planes políticos de Kirchner.

La demostración más reciente de la dependencia ha sido la súbita marcha atrás en la reforma política para ensamblarla con la estrategia electoral del gobierno nacional.

Con los casos de inseguridad explotándole día a día, el costo político de la situación no sólo es para Scioli y su equipo de seguridad sino que alcanza a sus mandantes. No son pocos los kirchneristas que han comenzado a criticar abiertamente a Scioli porque no sólo no acierta un plan que devuelva cierta tranquilidad en el conurbano sino que se empeña en desarmar todo lo anterior.

No es una cuestión simple ni se arregla con mera voluntad. Pero la gravedad de la situación choca, al mismo tiempo, con una ineficiencia policial alarmante y una abierta desaprensión que el caso Pomar desnudó de un solo golpe.

Scioli está en una posición muy difícil. Los últimos casos policiales han llevado al hartazgo a una sociedad que reclama al Estado ser protegida con la ley. A su vez, debe evitar nuevos sofocones políticos al gobierno nacional por la inseguridad.

El gobernador se considera rehén de la situación, pero es un rehén voluntario.

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