Sapag dice basta: ¿qué ha cambiado?

En la sociedad argentina, la crispación es la normalidad, y la calma reflexiva, lo extraordinario. Entregamos aquí una interpretación posible sobre qué ha sido y qué podrá ser la relación política entre el gobierno neuquino y los Kirchner.
La convulsión permanente es una realidad que se anula a sí misma. Cuando la sociedad vive crispada todo el tiempo, esa característica deja de tener sentido, porque lo normal es lo que domina, y si dominan los nervios, lo excepcional es la calma. Así, en Neuquén y en el país ya no puede hablarse de "crispación permanente", sino en todo caso, de una normalidad en la que vivimos nerviosos, exasperados, prontos al colapso.

Cuando aparece alguien calmo, tranquilo, lo miramos como a un extraterrestre, y pensamos que es medio tonto: atrasa, tarda en tomar decisiones, no tiene "nervio". Buda, en la sociedad argentina, sería un retrasado mental.

En esta aceleración continua, llena de bocinazos, puteadas, calles con humo de piquetes, gremios con voracidad insaciable, y gobernantes que todavía creen que pueden pescar o jugar al golf en medio de la tormenta, uno siempre duda entre atender al que discurre apurado y frenético, o bien a aquel que se toma unos segundos de reflexión antes de darnos una respuesta.

A veces, ser más rápido no implica ser más inteligente.

En Neuquén pasa algo que sintoniza con estas contradicciones. Nos confunde la rapidez de las preguntas, y nos exaspera la lentitud de las respuestas.

No podemos ser budas atónitos, pero tampoco correcaminos sin cabeza.

Se podrá decir que al gobierno de Jorge Sapag le tomó casi dos años persuadirse de que había que decir "basta" a la expoliación de sus recursos naturales no renovables, hecho cometido no por una perversa multinacional al servicio del imperio, sino por la propia burocracia "acumula-poder" del gobierno K.

Sin embargo, ahora que Sapag dice "basta", y emprende una acción política destinada a imponer un aumento del precio del gas y del petróleo, no se puede uno apresurar a concluir que ha cambiado radicalmente de estrategia, cortado relaciones con Cristina y Néstor, y borrado con el codo todo lo que había escrito con la mano.

En realidad, Sapag nunca tuvo una política de relaciones carnales con el gobierno de los Kirchner.

Simplemente, intentó jugar a lo que su padre (el senador Elías Sapag) hizo durante casi cuatro décadas de intensa y confusa política argentina: oscilar según la conveniencia entre radicales y peronistas, y traer al "pago chico", al territorio promisorio, al edén provinciano, alguna ventaja arrancada al histórico centralismo criollo.

Por ende, no se puede romper lo que nunca existió.

Las palabras (por más complacientes y hasta exageradas que haayan sido) no construyen edificios, sino la argamasa, el cemento, las estructuras rígidas y flexibles que le dan sentido a las ideas, al diseño.

En la relación con los K hubo mucho palabrerío (de los dos lados) pero pocas cosas concretas.

Todavía resta saber si Chihuido I recibirá la financiación del Estado (es esencial, sino aparece se cae todo). Todavía se arrastra el vil precio del gas, como una burla a la historia nacional que siempre había destacado el valor de los recursos energéticos soberanos. Todavía queda por concretar el tren del Valle, y la autopista a Zapala, y los accesos al tercer puente, y la Ruta de los 7 lagos, y el nuevo puente sobre el Curi Leuvú, y tantas obras prometidas y hasta anunciadas como hechos antes de que se efectivamente pasaran a ser tales.

La retórica nunca fue una buena constructora de poder. El poder se construye con hechos, con obras de infraestructura, con políticas perdurables, con educación, con desarrollo científico, con conocimiento.

Sapag, se puede concluir, ha definido que seguir esperando cosas concretas de un gobierno enceguecido por sus derrotas electorales, obsesionado por Cobos, emperrado en una lucha desgastante contra la prensa, es suicidarse lentamente.

Una cosa es pretender parecerse a Buda, prestigioso y pensante, y otra muy distinta es desangrarse en medio de la espera.

La gota que rebasó el vaso fue la evidente participación de funcionarios K en la loca aventura de reivindicar "territorios ancestrales" mapuches.

En una provincia con escasez de soberanía territorial (está partida al medio por esa burocracia antifederal que ha sido siempre Parques Nacionales), con dificultades legales sobre la propiedad privada originadas en su imperfecto nacimiento como Estado fruto de un avance militar sobre ignotas tierras que se le discutían a Chile, las barrabasadas del progresismo naif sobre los intereses del neo-nativismo mapuche colmaron la paciencia de un gobernador muy vinculado a la esencia misma del capitalismo provinciano.

Así, el "basta" de Sapag debería interpretarse tal vez como un retorno a la postura más tradicional del MPN, en la que realmente no existía la palabra coordinación atada a federalismo, sino simplemente el concepto de que el federalismo había que arrancárselo a mordiscones a un poder central que –por esencia- no está inclinado a conceder nada que le reste poder o recursos económicos.

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