Sanz y el radicalismo que viene: ni gorilas, ni con temor al poder

Por Julio Blanck.

La primera vez que le tocó hablar en público tenía 20.000 personas adelante. Fue en su ciudad, San Rafael, donde presidía la Juventud Radical. El orador que cerró aquel acto fue Raúl Alfonsín. Era la campaña electoral de 1983.

Ya venía acostumbrado a los comienzos fuertes: su primer día de clase en la Universidad fue el 24 de marzo de 1976.

Ernesto Sanz, que de él se trata, se había ido de Mendoza a Santa Fe, para estudiar Derecho. Hijo de un abogado admirador de Arturo Frondizi, en la Universidad del Litoral se iba a cruzar con el Changui Cáceres y los hermanos Stubrin, y con el espíritu de la asamblea de Setúbal donde, al terminar los años '60, se había fundado la Coordinadora que después acompañaría a Alfonsín hasta el poder.

Pero en aquellos años de estudiante bajo la dictadura no se acercó a la militancia política. Recién empezó cuando, después de sólo cuatro años, volvió a San Rafael con el título bajo el brazo.

Hoy, casi tres décadas después, Sanz camina derechito hacia la presidencia de la Unión Cívica Radical. En cuatro semanas lo van a elegir por acuerdo entre los que estuvieron siempre y los que se fueron y ahora vuelven de la mano de su comprovinciano Julio Cobos.

Desde la jefatura del bloque de senadores radicales, Sanz se convirtió en la figura política de más fuerte ascenso en los últimos dos años. Y llega respaldado por el diploma que tiene más valor en este negocio: en junio, ya aliado con Cobos, revalidó su banca en Mendoza con un triunfo arrollador. Sacó el 50% de los votos, contra poco más del 25% del candidato peronista.

Casado, dos hijos, Sanz sigue escapándose todos los fines de semanas a San Rafael, ciudad de la que fue intendente como candidato de la Alianza, en 1999, y gobernó hasta 2003, atravesando el fracaso de aquella esperanza y la grandísima crisis posterior.

En 2003 los mendocinos lo hicieron senador y aquí, como tantos no peronistas, se deslumbró al principio con algunas iniciativas del gobierno de Néstor Kirchner. En la bancada oficialista estaba Cristina, quien muy pronto lo enroló en la ofensiva a fondo contra la Corte Suprema del menemismo. "¿Me acompañarías en esto?" le preguntó la ahora Presidenta, en una breve reunión en su despacho. "Yo vine aquí para cambiar cosas", le contestó Sanz dándole el sí.

Pronto esos caminos se bifurcaron. El kirchnerismo avanzó en la captación de aliados extrapartidarios, en tiempos de la transversalidad y la concertación. Y Cobos, entonces gobernador de Mendoza, encabezó la caravana de migrantes.

Sanz aprendió a caminar la selva de la política grande, en Buenos Aires, de la mano de su buen amigo Jesús Rodríguez. Se conocían desde los '80, cuando Jesús fue el primer presidente de la Juventud Radical y Sanz ya sobresalía en Mendoza. Pero en aquel tiempo de la Coordinadora, el mendocino nunca jugó con los porteños como Jesús, que tenían como jefe a Enrique "Coti" Nosiglia. Su preferencia estaba del lado de Federico Storani, de discurso y práctica un poquito más insolente. "Yo fui un fredi-boy" admite hoy Sanz, casi sorprendiéndose de aquella vieja preferencia suya.

Hoy camina solo, sin tutores. Y se dice parte de "una generación que llegó al poder y que por eso no le tiene miedo al poder". Esa generación radical, dice, "está buscando su revancha" desde que la UCR explotó en 2001 y sus pedazos todavía siguen cayendo por todo el mapa.

Le gusta hablar poco y nada de su futura jefatura partidaria. Quizás porque es de los que no quieren abrir el regalo antes de que empiece la fiesta. Pero da una punta de por dónde quiere ir: "No somos gorilas y tenemos que pelearle a Kirchner el progresismo".

"¿Por qué el Gran Buenos Aires va a ser siempre de tipos como Hugo Curto?" se pregunta Sanz, sin animosidad especial contra el rudo intendente de Tres de Febrero. Sueña con que ese territorio áspero que solamente Alfonsín pudo caminar en su época dorada, sea alguna vez propicio para figuras como Ricardo Alfonsín, Margarita Stolbizer o Martín Sabatella. No hay por qué romperle la ilusión todavía.

Va a cumplir 53 años pocos días después que lo pongan al frente de su partido. Radical hasta el hueso, quiere proponerles a sus correligionarios ser el eje de un frente democrático, diverso y progresista, que promueva "la revolución de la normalidad".

No parece demasiada ambición. A menos que se tenga en cuenta que estamos hablando de un partido que puede haber recuperado la simpatía de la gente, pero no la confianza en su capacidad de gobernar.

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