A los saltos.

COPA LIBERTADORES / BOCA 1 - CUENCA 0: Pintaba para goleada cuando Palacio la metió con un zapatazo, pero Boca nunca le encontró la vuelta a un rival livianito y no terminó tranquilo: al final, el Pato tapó un mano a mano...
Boca se la pasó todo el primer tiempo tratando de sostener con su paciencia la incapacidad para penetrar al Cuenca. Es cierto que los ecuatorianos se refugiaron atrás y más: se agruparon en 20 metros, entre su propia área y la mitad de la cancha, y evitaron que su rival tuviese un tránsito fluido de pelota en esa zona, Y Boca, fiel a su convicción de que el que busca encuentra, se excedió de sereno. Hecho un fundamentalista de la paciencia, el equipo tocó y tocó a la espera del hueco que no apareció de principio a fin. Movió la pelota de un lado al otro, lateralizando, como quien no tiene ningún apuro. Y un punto fue eso: la nada misma. Porque tanto juego "paciente" pasó a ser apático, abúlico, sin encontrar una hendija por donde filtrar. Sólo el gol de Palacio fue una ocasión para saltar el cerco, aunque con una particularidad: antes del derechazo que rebotó en el travesaño y picó claramente adentro del arco, la jugada surgió de una pelota parada preparada pero mal resuelta por Vargas. Con la bola merodeando dentro del área y sin rumbo concreto, Rodrigo hizo un gol de potrero, cansado de tanto toqueteo, derechazo de otro partido y a otra cosa...

Bah, un decir eso de "a otra cosa", porque Boca siguió siendo más de lo mismo. Sin encontrar la agresividad que denunciaba su formación ofensiva. Estaban Mouche, Palacio, Viatri -bajó más de la cuenta y perdió peso en el área; más Riquelme y las llegadas desde atrás de Vargas. Nombres suficientes para quebrar a quien se pusiera enfrente, pero no fue tan sencillo como en apariencia, en especial porque Riquelme entró poco en juego. Y cuando Román se ausenta, Boca o cualquier equipo (por mejor armado que esté) lo siente.

Y eso que Deportivo Cuenca no tiene puntos en común con Liga de Quito, último campeón de la Libertadores. Ni Juan Guerrón tiene algo de parecido con su primo, aquél Guerrón que desbordaba y arrasaba en campeón de América. Contra un rival limitado Boca, con pelota y siempre en campo contrario, nunca le encontró la vuelta a un rival que decidió cerrarse atrás y siguió igual en el 0-1: monótono, sin desnivel en el uno contra uno, lento, sin profundidad, sin cambio de ritmo, con poca llegada contra un rival liviano que casi se saca la lotería en una contra que tapó el Pato sobre en final.

Parecía el partido para que volviera Palermo al gol con algún cabezazo entre tanto rival agrupado. Era pero le robaron ese grito que tanto esperaba y que generó el festejo efímero de la gente. Esta vez Boca lo ganó sólo por el chumbazo de Palacio.

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