Sacrificio y ayuda nocturnos para agradecer a la Difunta

Ayer, durante toda la madrugada, bajo una inmensa luna llena que iluminaba la ruta, entre 25.000 y 30.000 personas (según datos de la policía), se movilizaron a pie, en bicicleta y en moto hasta el paraje de la Difunta Correa.
Algunos lo hicieron para pedir favores y otros para agradecer. Pero durante el recorrido dos promesantes llamaron la atención del resto de las personas que se dirigían al lugar. Una de ellas era Rosa, que estaba parada a la orilla de la calle entregando agua a todo el que pasaba. Y la otra Carlos, un hombre que recorrió casi 2 km de espaldas por la salud de su hijito.

Después de caminar durante horas y cuando parecía que ya quedaba poco para llegar, el avance se hacía cada vez más pesado para los peregrinos. Caras de cansancio, calambres en las piernas, sudor en la cara. Todo eso se podía ver en sus gestos cuando ya habían pasado todos los puestos policiales, los de Defensa Civil y los de los vendedores que se apostaron a la orilla de la ruta. Pero para ayudarlos estaba de pie María Rosa Frías de Heredia, de Chimbas, junto a sus dos hijos y las novias de ellos, en la zona de Cuesta de las Vacas.

Una camioneta repleta de botellas de agua se veía desde lejos. A su lado la familia se movía sin tregua para entregar el, a esas alturas, preciado líquido a aquellos que formaban parte de la peregrinación. Los promesantes no preguntaban cuál era el motivo de la ayuda pero demostraban su agradecimiento inmediatamente. "Gracias", o "que Dios la bendiga", repetían al pasar.

María Rosa cumplió con su promesa a la Difunta Correa por décimo año consecutivo. "Hice la promesa hace 15 años para que me ayudara con mi negocio. Y me fue muy bien, por eso todos los años le entregamos agua a la gente acá, donde ya no hay más parajes, para ayudarlos a llegar", dijo la mujer sin dejar de estirar sus brazos para entregar las botellitas. Rosa no sólo repite la promesa año tras año sino que además su solidaridad va aumentando. "Comenzamos trayendo 3 o 4 packs de botellas en el baúl del auto. Después nos compramos la camioneta y pudimos traer más. Hoy llegamos con más de 3.000 botellas", contó con emoción.

Por su parte, Carlos Molina también cumplía su promesa colmada de sacrificio. Por la ruta, unos 2 km antes de llegar al oratorio de la Difunta Correa, el hombre inició su camino arrastrándose de espaldas. Con las venas de la cara marcadas por la fuerza, los ojos llorosos y una expresión que demostraba su dolor, Carlos movía sus hombros y piernas tratando de avanzar. De cerca lo seguía su esposa, que llevaba en brazos a Alan, su hijo de tres años.

Según contó la mujer, Carlos cumple la promesa que hizo luego de que su hijito nació y estuvo internado en terapia, desde hace tres años. Esta vez sería la última, tenía que recorrer el camino con el nene sobre su pecho. Pero no lo logró: el peso de su hijo fue demasiado. Por lo que decidió seguir el camino solo prometiendo que por esa falta haría el sacrificio dos veces más.

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