Los sacapresos

Un fallo de la Cámara de Apelaciones en lo Penal dejó en libertad a un partícipe del asalto que terminó con el homicidio de Stéfano Bergamaschi. Por más que todo lo señala, los magistrados sopesaron las pruebas y dijeron que no les alcanzan. Cambio y fuera.
¿Qué hará la sociedad para sobrevivir a esta maraña de sobresaltos permanentes que constituye el departamento judicial de Mar del Plata? ¿Cuántas personas quedarán vivas para señalar las desinteligencias, los atropellos y hasta la desidia encarnizada? Sucede que algunos funcionarios firman cualquier cosa, se sabe. Pero otros viven con opulencia por cumplir la función de hacerlas firmar, de buscar en los recovecos de la ley sus más oscuros rincones, para garantizar la libertad de los que han convertido a la ciudad en un llano en llamas.

Son los criminales los que pueden permanecer tranquilos en sus aguantaderos, a la espera de la próxima oportunidad de armarse un trabajito que rinda más que el jornal que da cualquier empleo. ¿Quién los habilita? El sacapresos, el mismo que de un lado u otro del estrado acepta enredarse en la letra escrita, acepta hacer regir una lectura más o menos oblicua del artículo X para que el asesino vuelva a su guarida. Lo hace por dinero, lo hace por desinterés, y a veces para resguardar su propia seguridad y no meterse en problemas con gente que trae problemas. Sí, parece imposible de creer, pero basta con recorrer los hechos posteriores a la aprehensión del presunto acompañante del menor apodado "El Tona", cuando perpetró el crimen de Stéfano Bergamaschi que puso en vilo a toda la sociedad marplatense.

La víctima estaba en el cumpleaños de sus hermanos cuando fue sorprendido por dos individuos armados, y uno de ellos le disparó de cerca. El chico se desangraba a bordo de una ambulancia, mientras el criminal se refugiaba con su novia en un hotel alojamiento donde supuestamente nadie lo buscaría jamás. Se trataba de un menor con un historial delictivo que fue cuidadosamente resguardado, pero hay quienes aseguran que tiene en su haber tres muertes anteriores a la de Stéfano, portación de armas desde los 11, y decenas de fugas: "El Tona", Jonathan Maldonado.

Tras su aprehensión, "El Tona" había fugado sin mayores problemas de un centro para menores en Batán, cuando era resguardado por simples asistentes desarmados. Fue detenido nuevamente en fecha reciente por la policía local.

El segundo hombre

Pero aquella noche del 28 de julio, "El Tona" no había ingresado solo a la casa de calle Vieytes y Viamonte: habían sido dos los asaltantes, y dos los fugitivos. La fiscalía de Mariano Moyano presentó pruebas a su criterio suficientes para determinar que el acompañante era un mayor de edad, Eduardo Oscar Coñiñao, a quien apodaban "Tatai". El juez de garantías Saúl Roberto Errandonea consideró que lo expuesto bastaba para convertir su detención en la reglamentaria prisión preventiva.

Pero como era de esperarse, el abogado defensor Osvaldo Verdi se presentó ante la Cámara de Apelaciones de los magistrados Marcelo Madina, Reinaldo Fortunato y Walter Dominella, a decir que en realidad la fiscalía no tenía nada que permitiera suponer que su cliente había estado en la escena del crimen, cometiendo homicidio en ocasión de robo.

Verdi pedía la falta de mérito considerando que no resultaban válidas las declaraciones de un testigo de identidad reservada, puesto que no se había prestado el juramento de "decir verdad". Dijo que tampoco se había probado que hubiese sido informado acerca de las penas pertinentes al falso testimonio, ni que se le hubiesen leído las correspondientes normas legales.

Sobre este punto no opinaron lo mismo los jueces de cámara, quienes establecieron, después de revisar el caso exhaustivamente, que el testimonio del hombre anónimo estaba totalmente respaldado en la norma legal. Se encontraba además debidamente justificada la condición de identidad reservada del sujeto, ya que seguramente temía por su seguridad al afirmar que la noche de los hechos vio a "El Tona" llegar a la casa de su madre Sandra Maldonado en Mario Bravo entre Mateotti y Talcahuano, acompañado por "Tatai" Coñiñao y otro sujeto al que llaman Pirulo. Los tres llegaron a bordo de un Fiat Palio color ladrillo, chocado del lado del conductor, que sería propiedad de una mujer llamada Stella, hermana del padre de "El Tona". Estaba además en condiciones de asegurar que ellos habían salido con intenciones de cometer el ilícito porque necesitaban el dinero para arreglar ese coche.

La cuestión es que la mujer presuntamente los había recogido en las cercanías del domicilio de los Bergamaschi. Los llevó luego a la Villa Mateotti, donde "Tatai" bajó con las armas usadas para cometer el crimen y se las entregó a la madre de "El Tona". Su declaración indica: "tengo entendido que al hecho, o sea a la casa, entraron ‘Tatai’ y ‘El Tona’; la Stella y el Pirulo se quedaron esperando en el auto".

Para más datos

La otra prueba ofrecida provenía de los procedimientos policiales de la noche misma del crimen. Estos indicaban que se trataba de dos sujetos con ropas que coincidían con las de los acusados, su altura y su aspecto general. El vecino Miguel Tiribelli dijo que cuando cerraba su rotisería de Paso y Viamonte vio venir corriendo a dos muchachos. Describió sus vestimentas y contextura, que coincidían en un todo con los sospechosos: buzo negro con capucha, visera roja, uno más corpulento que otro. Pero no pudo identificar precisamente a Coñiñao, y según dicen los jueces, aunque estuviera acreditada la presencia del sospechoso en las cercanías del lugar del hecho, no sería suficiente ese dato para vincularlo al homicidio en ocasión de robo acaecido momentos antes.

El vigilador de la cuadra dijo que esa noche había visto a dos sujetos que corrían hacia la avenida Juan B. Justo, pero solamente reconoció las siluetas. Uno con visera roja y ropa informal pasó junto a él hablando con un celular y dijo: "estamos yendo para abajo". Se ha probado que usaba el mismo teléfono Samsung que fuera oportunamente secuestrado en el allanamiento efectuado en la casa de "El Tona". Se sabe, porque el informe de la Dirección de Análisis de las Comunicaciones de La Plata indica que fue Stella, la tía conductora del vehículo, quien llamó a esa hora al teléfono en cuestión. Hasta el momento, a nadie se le ha ocurrido detenerla. Factiblemente, esto se deba a que otro testigo de la villa afirma que quien bajó con las armas en la casa fue "El Tona" y no "Tatai": esa versión –dicen los jueces- se ha dado por confirmada al resolver la situación procesal de Maldonado.

También hay un testigo policial que puede afirmar que ambos iban juntos cuando, desde su moto Honda roja, "El Tona" disparó cuatro veces un arma calibre 45 contra la vivienda de Juan José Delgado. Pero que "Tatai" Coñiñao haya estado allí entonces no permite afirmar que también haya estado cuando murió Stefano, según dice el juez.

Como si esto fuera poco, ni el padre y ni el tío de la víctima pueden identificar al segundo participante del hecho. Es comprensible, a juzgar por la velocidad y la violencia extrema con que las cosas sucedieron. Y además porque el aspecto de los imputados se corresponde con un estereotipo, y no con una individualidad. La noche del crimen, uno de los testigos había dicho: "no sé, son todos iguales".

Por eso los jueces dicen que no les alcanza. Que prefieren dejarlo libre que otorgar la prisión preventiva con poca prueba, y llegar así a un juicio oral y público donde realmente debería haberse discutido la culpabilidad de Coñiñao. No aceptaron la opción de tener detenido hasta ese momento a quien probadamente habría participado de otros ilícitos. Lo mandaron a la calle, a compartir la vereda con los hijos de todo el mundo.

Por eso es que se puede decir que hay un oficio aparte, el de sacapresos. Es la tarea de quien deja de lado la existencia de una verdad fáctica o de una justicia sagrada. La de quien no sabe ni mira nada, no averigua quién tiene razón. La de quien solamente se ocupa de cuidar su propio lado de la calle. Y ni siquiera cuenta los muertos.

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