El sabor amargo de la pobreza pone a prueba a los pobladores de Las Palmas

Los pobladores de Las Palmas saben que atrás, muy atrás, quedaron los tiempos de gloria del ingenio azucarero que prometía un futuro de bonanza. Desde que cerró sus puertas en forma definitiva, en 1991, el pueblo no pudo recuperar las fuentes genuinas de trabajo que había ofrecido la gran planta industrial.
Hoy, la dura realidad revela que esta localidad de casi 8.000 habitantes, tiene cerca del 82 por ciento de la población desocupada y registra altos indicadores de pobreza.

La gravedad de la situación, fue confirmada días atrás por la ministra de Desarrollo Social de la provincia, Beatriz Bogado, quien indicó que existía gran preocupación en la Nación, por las señales de aumento de la pobreza en el Gran Resistencia y, sobre todo, en Las Palmas. Así lo señaló, tras reunirse en Buenos Aires con su par de la Nación, Alicia Kirchner, quien prometió dar continuidad a los planes alimentarios y de promoción social en el Chaco.

Sin trabajo

Rubén Umeres tiene 40 años y es uno de los tantos pobladores de Las Palmas que está sin trabajo. Su historia es, como la de muchos otros en el pueblo, un reflejo de lo que pasó en la localidad. "Yo estuve a punto de empezar a trabajar en el ingenio, pero el primer día que me presenté, me pararon en la puerta, y me dijeron que había una huelga", recordó Rubén. Atado, casi sin saberlo, a la suerte del ingenio, Rubén nunca pudo subir al camión que debía llevarlo a cortar caña. El vehículo, en realidad, nunca salió. Ese día, que le quedó grabado a fuego en la memoria, fue un día de 1991, el año en que la planta industrial cerró definitivamente sus puertas.

La huelga con la que se encontró Umeres la habían iniciado los trabajadores de la planta ante la inminente pérdida de miles de fuentes de trabajo. El ingenio azucarero, que había sido fundado en 1882 por los hermanos Ricardo y Carlos Hardy, no abrió nunca más.

Hoy Rubén Umeres tiene ocho hijos que alimentar y vive en un rancho del barrio La Isla, uno de los más postergados de la localidad. Sin un trabajo fijo, confiesa que hay días en que no tiene para dar de comer a sus hijos. "Hago changas, y con eso nos arreglamos", cuenta.

A pocos metros de su vivienda, un hombre entrado en años se pasea con la mirada perdida y una vara en la mano. Detrás de él se pueden apreciar una de las pocas -y pequeñas- plantaciones de caña que quedan en el pueblo, como un vago recuerdo de lo que fue alguna vez la localidad, hoy ganada por la pobreza. "La gente aquí lleva el azúcar en la sangre", dice Dante Fernández, uno de los que mejor conoce el pasado y el presente de Las Palmas. Fernández es dueño de la FM Sin Fronteras, la radio más escuchada por la gente y a la que acuden hombres y mujeres de todas las edades para pedir leche y abrigos.

Así lo confirma Mercedes López, vecina del barrio San Cayetano, que espera con paciencia en la puerta de la emisora para poder dejar su pedido. "Siempre vengo a pedir ayuda a la radio", dice y explica que su único ingreso proviene del subsidio del Plan Familias, de 240 pesos.

En el mismo barrio viven los esposos María Antonia Ríos y Rosalino Aguirre, que dependen de un plan Jefes de Hogar y de una tarjeta alimentaria que les dio el gobierno, para poder llegar a fin de mes. Tienen a cargo dos hijos y tres nietos que comparten con ellos la humilde vivienda que, como si fuera un lujo, cuenta con luz eléctrica y agua potable.

"Yo también fui empleado del ingenio", avisa Rosalino, que está a punto de cumplir 60 años. "Todavía no tengo jubilación, así que por ahora hago changas y con eso nos arreglamos", confiesa. En 1991, cuando cerró el ingenio cobró una indemnización de 4.500 pesos. "Parecía mucha plata. Una parte dejé en casa para los gastos de todos los días, y otra parte puse en el banco", explica. Pero la suerte siempre fue esquiva para Rosalino y su familia. El banco se quedó con sus ahorros (aunque aclara que después le devolvió el monto depositado en muchas cuotas), y la otra parte de la indemnización que en un principio parecía "mucha plata", se esfumó en gastos de comida y ropas.

Sufrir la pobreza

Las palabras del Papa Benedicto XVI, que se conocieron hace pocos días, denunciando "el escándalo de la pobreza", se comprenden mejor si se ve cómo vive el matrimonio aborigen compuesto por Isabelino Martínez y Cristina Mendoza. Viven en un rancho con sus cinco hijos, en Villa Margarita (una zona que algunos aseguran que pertenece a La Leonesa y otros dicen que está dentro de Las Palmas) y no reciben ninguna ayuda oficial. Son tan pobres que el año pasado, cuando falleció una hija, tuvo que ser velada en el piso, porque no tienen camas ni muebles.

Ante tanta adversidad, la gente del pueblo se aferra a su pasado de gloria con la esperanza de poder luchar contra el destino. Así, en la entrada del pueblo se puede ver una pieza mecánica que recuerda que Las Palmas, fue el primer lugar del país que tuvo energía eléctrica, y en las calles varios carteles recuerdan que, pese a todo, sigue siendo "la capital de la Dulzura".

"La prioridad es crear trabajo" (((recuadro)))

"El 82 por ciento de los pobladores que tienen edad de trabajar, está desocupado", afirma el intendente de Las Palmas, Víctor Hugo Armella (UCR-Alianza). "El problema se va a resolver en la medida en que podamos generar nuevas fuentes de trabajo", agrega.

"Todos los días tenemos que salir a comprar leche para familias que nos piden ayuda. Sabemos que son parches, pero no podemos dejar de asistir a la gente", señala Armella.

Un repaso por la situación laboral de la población suma datos a la radiografía del pueblo: los más "privilegiados" dependen del empleo público, aunque son una minoría si se los compara con los que reciben algún subsidio del Estado.

El municipio tiene 77 empleados en planta permanente, pero esa cifra se triplica si se cuenta el personal que realiza tareas a través de algunos de los planes sociales, como el Programa de Asistencia a Municipios (PAM).

Jóvenes en riesgo (((recuadro)))

El intendente de Las Palmas, Víctor Hugo Armella, aseguró que la franja de la población que tiene entre 18 y 24 años es una de las que más desprotegida está. "Es que al no haber trabajo para ellos, no tienen perspectivas en lo inmediato. Muchos de los que terminan la escuela secundaria piensan en emigrar, para buscar trabajo en otros lugares", explicó el jefe comunal. El resto, tendrá que conformarse con algún subsidio, o con un trabajo de mala calidad.

Según Armella, en el horizonte de la mayoría de los jóvenes tampoco aparece como una alternativa posible de seguir los estudios universitarios. Los bajos ingresos de las familias hacen que los estudios superiores sean, directamente, algo que no figura en la lista de prioridades. Sin embargo, la reapertura del instituto local que forma docentes, abrió una puerta de esperanza entre los chicos y las chicas. "Es una posibilidad de acceder al mundo laboral", señaló el intendente.

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