Rusiacruz.

Rusiacruz.
Por Jorge Fontevecchia.

A los periodistas nos pasa muy a menudo: desear equivocarnos y terminar teniendo razón. Pero el deseo no tenía ningún fundamento. ¿Para qué iba a comprar una radio –por un valor bastante superior al que vale, que ya perdía plata cuando la economía estaba floreciente e iría a perder más este año recesivo– un grupo de empresarios amigos del Gobierno, si no era para hablar bien de él?

Además de que el precio abonado despierta más de una suspicacia, el colmo del disparate es que Del Plata, la radio de la que despidieron a Nelson Castro, no transmite en Córdoba, donde está una de las empresas que la adquirió: la que más pagó por ella.

Si el negocio que se compró pierde dinero y va a perder más aún, y si expulsadas las figuras más respetadas (ya antes decidieron irse Fernando Bravo y Alfredo Leuco) bajarán el rating y la publicidad, y todo esto aumentará todavía más el déficit, ¿qué importa? ¿Cuánto es? ¿Un millón de dólares por año? ¿Dos? ¿Qué porcentaje es eso de las obras de Skanska o del tendido eléctrico hacia Santa Cruz? Pavadas, son verdaderamente pavadas, cantidades insignificantes.

Una versión agigantada de esta película ya la vi en Rusia hace siete años, durante la segunda presidencia de Putin, cuando coincidió que me trasladara dos veces por año a ese país. En mis primeros viajes todavía quedaban algunos de los medios de comunicación privados que se habían generado en las presidencias de Yeltsin, después del colapso del comunismo. Pero ya algunos de ellos estaban siendo vendidos a empresas que nada tenían que ver con el rubro: grandes compañías de energía y proveedores del Estado u otros ejemplos similares. Quien presidía el equivalente a la ADEPA de Moscú me dijo sin tapujos: “Nosotros no sabemos nada de diarios, pero el gobierno nos dijo que si queríamos seguir teniendo contratos con él, tendríamos que ayudarlo comprando medios de comunicación y controlando que difundan noticias positivas”. El hombre, empleado de la mayor empresa de aluminio del país, era el gerente general de tres de los cinco diarios de más venta de Rusia. De la televisión, ni que hablar: los anteriores propietarios, que no quisieron vender, terminaron exiliados y expropiados, en el mejor de los casos; o presos y expropiados, en el peor.

Argentina, gracias a Dios, no es Rusia porque no padecimos el autoritarismo de los zares, primero, y 73 años de la ex Unión Soviética, después, y a pesar de las varias dictaduras que nos oprimieron, la democracia renació constantemente. Pero quizá Santa Cruz sí se le parezca porque se dispuso que fuera provincia recién en 1955, lo que se concretó en 1957, y hasta entonces quien gobernaba no era elegido por el pueblo sino –como en todos los ex territorios nacionales– enviado desde la Capital Federal, y en sus 51 años como provincia apenas ocho gobernadores fueron elegidos por el voto popular, y tres de ellos fueron el propio Néstor Kirchner o sus delegados.

No sólo en relación con su política de medios, el gran problema y el gran motor de Néstor Kirchner proviene de llegar desde una zona del país donde la cultura democrática estaba –necesariamente por su juventud– menos desarrollada que en el promedio del país.

La repercusión que tuvo la censura a Nelson Castro y la rápida, clara y enérgica reacción de todos los medios independientes y las organizaciones locales y continentales de prensa demuestran lo inaplicable que es el estilo ruso o santacruceño de sojuzgamiento de los medios. Como ya anticipamos en la contratapa de hace un mes, cuanto más intentan acallar las voces críticas, más emergen éstas. Y cobra visibilidad la vergonzosa actitud del Gobierno y sus amigos.

Comentá la nota