Rumbo al país del silencio

Por Santiago Kovadloff

Digase lo que se diga, el hecho es irrefutable: en términos de liderazgo, la oposición sigue siendo un cuerpo sin cabeza. Retazos y más retazos. La atmósfera envenenada del desencuentro y la sospecha puede, entre sus partes, más que cualquier acuerdo tendiente a desbaratar las astucias e impudicias del oficialismo.

Es el reino de la autosuficiencia, de la ineptitud para oír y hacerse oír.

La centroizquierda le cree al sapo cuando el sapo asegura que es un príncipe circunstancialmente hechizado. Fascinada, le regala sus obsecuencias a cambio de la promesa de un futuro redentor. Y, mansamente, se encolumna detrás del oficialismo. Contra toda evidencia histórica, esa izquierda obcecada sigue creyendo que el estatismo es la llave maestra de la acción progresista.

La historia muchas veces no alecciona, y éste es uno de esos casos.

¿Delitos? ¿Tergiversaciones de la verdad? ¿Cifras envilecidas por la mentira? ¿Valijas misteriosas repletas de dinero mal habido? ¿Consensos públicos desoídos? ¿Multiplicación de la pobreza? ¿Amenazas telefónicas? ¿Espionaje de correos? No caigamos -se nos sugiere- en la tentación de sobredimensionar su relieve.

Atónito ante el respaldo que le brindaba a Adolf Hitler, Karl Jaspers le preguntó a Martin Heidegger cómo podía proceder de esa manera. El autor de El ser y el tiempo se limitó a responder: "¿Ha visto usted qué hermosas manos tiene?". Años después de viajar a Rusia, Jean-Paul Sartre sostuvo que, al volver a Francia, no había querido denunciar las atrocidades del estalinismo para no favorecer a la derecha. Así es. Usualmente, los espejismos revelan que lo son cuando ya es demasiado tarde para quien les ha conferido estatuto de realidad.

Hay dos personas, en la oposición, que se muestran empeñadas en alentar una embestida abierta contra tanto maniqueísmo y desmembramiento enconado: Julio Cobos y Eduardo Duhalde, dos políticos que, en algún momento de sus vidas, vieron o quisieron ver en Néstor Kirchner, como ahora lo hace la izquierda, una alternativa plausible para la reconstrucción de la República. Hoy, esos dos políticos confluyen. Uno está acusado de traición por el mismo hombre por el que el otro se siente traicionado. Ambos tejen, por lo que puede presumirse, un proyecto coincidente.

¿El desencanto habrá impartido aquí alguna lección? ¿La habrá impartido el afán de un porvenir y no sólo el apego sórdido al pasado? Ellos parecen acariciar juntos la gestación de un pacto de férrea interdependencia; un sostén mutuo entre los dos viejos y maltrechos partidos mayoritarios del país.

¿Tendrá descendencia democrática y republicana el abrazo memorable de Perón y Balbín? ¿Y quiénes serán los dos que, investidos de suficiente representatividad, se extenderán las manos uno al otro para fortalecer aquella inolvidable señal de anhelada convivencia? Parece mentira, pero el país arrastra impaga, desde el siglo XIX, una vieja deuda de unidad nacional ¿Servirá para algo innovador semejante capital de frustraciones? ¿Sabremos desoír alguna vez el canto de las sirenas de la repetición?

Muchas cosas enmohecidas siguen incidiendo en la política argentina. Los nuevos promotores de la transversalidad necesaria -esa que el matrimonio gobernante abandonó a favor de un verticalismo intransigente- tendrán que probar, entre tantas otras cosas, que el sindicalismo también puede modernizarse y democratizarse; dejar de ser lo que hoy entienden por él los que ejercen su arcaica jefatura.

Mientras tanto, el escenario político ofrece a quien quiera verlo un paisaje convaleciente. Ganar por separado para perder en conjunto parece ser, por ahora, lo que mejor saben hacer los que triunfaron el pasado 28 de junio. De modo que un Parlamento con mayoría no oficialista, a partir del próximo 10 de diciembre, no necesariamente será un Parlamento con mayoría opositora capaz de proceder como un cuerpo cohesionado por la conciencia de aquello que no admite más dilación. Demasiadas cabezas y escasa inteligencia común caracterizan el repertorio de quienes reducen la realidad a lo que cada cual puede ver por su lado.

Muchas son, en política, las formas del onanismo contemporáneo. Una de ellas es la autocomplacencia en el monólogo. Ese en el que el oficialismo también se deleita. Incapaz de producir hechos socialmente significativos y dignos de ganar estatuto de noticia, su conductor se empeña en amordazar la información difundida por quienes le recuerdan sus incumplimientos. Gobernar para controlar el pensamiento disidente y promover información sumisa es muy diferente de gobernar para producir transformaciones estructurales que merezcan divulgación y celebración colectiva.

Reducir la realidad al tamaño de los propios deseos siempre ha sido un sueño omnipotente de previsible desenlace catastrófico. En muchas cosas, seguramente, puede estar equivocada Elisa Carrió, pero no en la caracterización de Néstor Kirchner. El éxito logrado por el oficialismo en la manipulación del Consejo de la Magistratura invita a una expansión tentadora. El Gobierno ya hizo con la designación de los jueces lo que ahora busca hacer con los medios de comunicación. Es penoso. El país se extravía en la compulsión del corto plazo, en la afición a un oportunismo irresponsable y cruento.

Si exceptuamos los procedimientos dictatoriales, nadie, en democracia, se atrevió a llegar tan lejos como Néstor Kirchner en el afán de aniquilar el pensamiento crítico. Nadie ha puesto tanto empeño en hacer oír su voz para acallar las de los demás.

Tratemos, pese a todo, de entender a este amante sin igual del monólogo y el pensamiento único. Hay que imaginarse la contrariedad y aun el padecimiento que, en estos últimos seis años, debe de haber soportado una sensibilidad como la suya. Habituado a un entorno de silencio complaciente, sembrado con inclemencia y cosechado con deleite, ¿qué otra cosa que furia puede haber despertado en él el aluvión de disconformidades que promovieron sus conductas desde que, afincado en Buenos Aires, aspiró a convertir el país en un reflejo de la provincia que había gobernado? Ese torbellino ascendente de opiniones discordantes con la suya tiene que haberlo agobiado; agobiado y cargado de rencor.

En el remoto sur donde ejerció su implacable intendencia durante cuatro períodos consecutivos, Néstor Kirchner se acostumbró a homologar su palabra a la única existente. Convertido en presidente de la Nación, dio vida a un gabinete tallado en la obediencia al principio del mutismo y la incomunicación entre sus áreas. El acatamiento al mandato del silencio sin fisuras fue el primer juramento exigido a todos sus ministros y secretarios de Estado. Paralelamente, homologó y ordenó homologar toda voz disidente a la reacción, la oligarquía y el golpismo. Cada vez más, tendió a ejercer así su magistratura, y así es como sigue haciéndolo, disponiendo del poder que sólo en apariencia ha delegado. El descontento mayoritario, sin embargo, no ha cesado de crecer y manifestarse. De allí la urgencia de acallar cuanto antes la difusión de lo que las urnas probaron.

La hora del desquite sobre esa insolencia popular parece próxima tras la sanción parcial concedida por la Cámara de Diputados al proyecto de ley de medios de comunicación. Quizá pronto Néstor Kirchner vea habilitada por el Congreso su imperiosa necesidad de volatilizar el periodismo disidente. Podrá celebrar, de ese modo, los frutos de un trabajoso empeño en favor de la restauración del silencio insular que tanto provecho le reportó en el pasado. Acaso entonces el vacío crítico impuesto a ese sur enmudecido pueda empezar a extenderse sobre todo el territorio nacional y, por fin, reine con unanimidad donde hoy impera la vocinglería reaccionaria que los perversos liberales, incurables reaccionarios y golpistas de siempre reivindican como pluralismo, democracia y libertad de expresión.

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