La ruleta rusa de jugar con los husos horarios

Por Ariel Torres.

Me despertó la luz. Siempre me ocurre en esta época del año y significa que son las 6.30. A lo sumo, las 6.45. Para asegurarme miré mi celular. Decía las 5.35. Instintivamente, gracias a ese sexto sentido que los argentinos desarrollamos desde pequeños, supe que no podía creer en ese dato. No sólo por la luz, sino porque nos hemos vuelto tan impredecibles que ni siquiera es posible estar seguros de qué hora es.

El domingo a la noche me había ocurrido algo semejante. Pero al revés. Miré la hora en mi Cronómetro 1.0 . Es un simple reloj de mesa que me regaló una escuela de Rosario cuando fui a dar una charla, hace muchos años. Lo adoro. Decía 20.30. Mi celular, en cambio, marcaba las 21.30.

Hacía mucho que no le cambiaba la pila al Cronómetro 1.0 . Así que decidí llamar al 113. Me había colgado viendo películas y a lo mejor eran de verdad las 21.30. La vocecita del 113 me confirmó que el de mesa estaba en lo cierto. Pensé: algo muy malo está pasando cuando un simple reloj de pila es más exacto que un celular, un servidor o una computadora. Pero había una explicación. No era una explicación tranquilizadora, pero era una explicación.

Como el año último habíamos avanzado al huso -2 en octubre, y dado que los fenómenos celestes no cambian para nada en 365 días, los responsables de las miles de redes que hacen marchar hoy el mundo civilizado dieron por sentado que este año la Argentina volvería a avanzar el reloj. No es un tema menor la hora en el mundo interconectado, pero hasta último momento del viernes pasado tenía a varios administradores de sistemas desesperados preguntándome si sabía algo sobre el cambio de hora.

Como si fuera un secreto de Estado.

Al final, el Poder Ejecutivo decidió que este año no cambiaríamos la hora. O, más bien, este domingo. Quizá la cambiemos más adelante. O no. ¿Acaso importa? No, no importa que los relojes ya no sean de cuerda ni que ser impredecibles en cuanto al horario ponga la compleja trama tecnológica en vilo.

El domingo no tuve más remedio que cambiar la hora del celular a mano, como si el iPhone fuera un reloj de pulsera.

Para el martes a la madrugada, en un intento de corregir el problema, algunos celulares optaron por cambiar de zona horaria. El mío se mudó a Georgetown. Un amigo puso su zona horaria en la ciudad de Fortaleza. Cada uno se arreglaba como podía. En mi caso, había atrasado el teléfono una hora el domingo a la noche. Cuando mi iPhone pasó a Georgetown, fui a parar una hora antes de la realidad. (¿Cuál realidad? Ya no podía estar seguro.)

Como si viviera en el año 1200, la única certeza horaria provenía de la cantidad de luz que llenaba el patio central de mi casa. Mientras el mundo en general y la región en particular aprovechan las nuevas tecnologías, las comprenden, las asumen, las ponen a su favor, aquí tuve que adivinar la hora mirando el sol. Me sentí desolado.

¿No me dice la hora?

A todo esto, el no haber cambiado de hora nos puso, sí, en horario de verano. Ya sé, suena raro. Pero resulta que hace años que vivimos en horario de verano, desde que algún gobierno se olvidó de retrasar el reloj cuando llegó marzo. Exacto: en la Argentina hoy usamos horario de verano incluso en invierno. ¿No es genial? En su momento expliqué este dislate nacional, que en 2008 colocó al país en medio del Atlántico y que ahora causó toda clase de disturbios innecesarios; el lector puede consultar ese artículo aquí: www.lanacion.com.ar/976313

No pensé que hubiera una forma de empeorar lo que se había hecho mal el año pasado. Estaba equivocado.

Ejemplo de esto era lo que estaba pasando con algunos celulares. Con los smartphones en particular, que no son teléfonos sino computadoras. Los Blackberry, el iPhone y los equipos de Samsung, Nokia, Motorola, LG y otras marcas que pueden sincronizarse con servidores de correo necesitan transcribir las coordenadas temporales para que cuando hagamos una cita nos aparezca en la hora correcta, incluso si esa cita la pactamos con alguien que está en una nación distante o con una provincia en otra zona horaria. Por eso, igual que las computadoras, usan un archivo de husos asociados a ciudades. Husos que la Argentina este año decidió, a último momento, no honrar.

Es interesante: ya era malo pasar al huso -2, pero fue peor no hacerlo, o más bien dejar de hacerlo sin ninguna planificación, porque computadoras personales, servidores y celulares inteligentes esperaban que lo hiciéramos.

Al revés que con una PC, no hay nada que modificar en un smartphone. En el caso de las empresas cuyos empleados usan BlackBerry, se puede enviar desde el servidor BlackBerry una corrección para la configuración horaria. En otros, como mi iPhone, la cosa no es tan sencilla. Hay que esperar un parche de Apple. Parche que podría no aparecer nunca porque, ¿cambiaremos el año que viene a -2 o no? ¿Sentaremos cabeza y pondremos finalmente al país en su uso correcto el próximo invierno, retrasando los relojes a -4?

Tan disparatada es esta situación que me contaba un ingeniero que trabaja con uno de los operadores locales que las telefónicas están trabajando con RIM (los fabricantes de BlackBerry) para implementar una opción que nos pinta de cuerpo entero: que el usuario pueda configurar su huso horario a mano. Hoy puede que seamos -3, pero mañana no se sabe. Tal vez sigamos siendo -3. O no.

Me enteré, también, de que hay que armarse de paciencia, porque va a llevar entre 15 días y un mes el que todo el trastorno causado a los celulares inteligentes se resuelva. Siempre y cuando no se produzca un imprevisto cambio de horario más adelante.

Nuestra cobertura del lanzamiento de Windows 7, que Ricardo Sametband hizo ayer desde Nueva York, también sufrió por estos imprevistos golpes de timón respecto de la hora: en un momento, al restablecer la conexión con Ricardo después de una breve fluctuación, las marcas de hora en CoveritLive se adelantaron una hora. Como mi celular. Como muchas PC.

Lamentablemente, es una clase de adelanto que no sirve para nada.

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