La rueda de la fortuna.

Por: Tomás Eloy Martínez.

Junto con el torrente de mensajes electrónicos indeseados que a diario me ofrecen toda clase de milagros químicos, financieros y turísticos, ha empezado a repetirse en mi casilla, con alarmante insistencia, la buena nueva de que soy el ganador de distintas loterías.

Me gustan en particular las que usan nombres previsibles, como El Gordo de España o Princess Diana Lottery, y reservan su imaginación para las paradisíacas promesas de los premios. Ninguno de los remitentes de esos e-mails, por cierto, representa a lotería alguna, ni yo me he atrevido a responderlos por temor al aluvión de imitadores que me prometerían fortunas en bandeja. En tiempos de crisis económica y desconfianza en el sistema como los que se viven, suelen multiplicarse las ilusiones de salvación por medio del dinero. Es otra de las formas que asume el pensamiento mágico para proteger el corazón humano de las incertidumbres del desempleo creciente, las jubilaciones evaporadas por estafadores como el insuperable Bernie Madoff y las ejecuciones hipotecarias con que comenzó esta inesperada derrota del futuro.

Si la previsión no puede dar certezas, ¿por qué no lo haría el azar? En Slumdog Millionaire , la película que ganó este año el Oscar, una joven llamada Latika le explica a su enamorado Jamal que la gente confía en que sólo el dinero le permitirá "huir de la vida que tiene". Y por esa ilusión se cae en distintas trampas.

Responder entusiasmado y de prisa a presuntos éxitos, tal como exige uno de los e-mails, genera "costos menores: seguros, impuestos, servicios bancarios y envíos de correo privado". Pero quien crea que ganó millones de dólares en la lotería no se preocupa por reparar en gastos. Sobre todo si el anuncio ofrece garantías de seriedad. Uno de los que yo recibí, por ejemplo, aseguraba que mi nombre aparecía asociado al boleto 024-45-469-292-789, número de serie 2214-08. Las cifras trataban de inspirar confianza, pero eran falsas.

Excepto por la diferencia tecnológica, la historia con la que voy a distraer al lector de esta columna podría suceder mañana. Sucedió, sin embargo, hace quince años, antes del auge de Internet y de la decadencia del correo norteamericano. Desde entonces el mundo ha dado muchas vueltas, pero la credulidad desesperada de los seres humanos es la misma, aunque multiplicada por las ruedas de la fortuna online .

Cierta mañana, a fines de junio, un amigo venezolano al que conocí en Caracas cuando llegué exiliado y sin un peso fue a visitarme por sorpresa a mi casa de Highland Park, en Nueva Jersey. Aun antes de que lo abrazara y lo invitara a pasar, pidió que le permitiera usar mi dirección postal. "Pronto voy a ser rico", me dijo Franklin (ése es su nombre). "Voy a ganar el gran billete con el sweepstake ".

Hasta el momento, esa palabra significaba para mí apenas una herramienta de promoción comercial que aparecía con fatigosa puntualidad en mi correo: "¡Usted puede ser el ganador de un millón de dólares! Suscríbase a tres publicaciones por año y participe del sorteo". En algún lugar de la letra chica se decía que no era necesario suscribirse para participar, pero que eso aumentaba las probabilidades. Igual que los minilotos que cada tanto acompañan los combos de comida rápida o que las campañas de juntar tapitas de gaseosas para participar en sorteos de objetos de consumo juveniles.

El sweepstake de mi amigo, en cambio, estaba lleno de misterio.

No podía negarle ayuda, pero quería entender mejor lo que necesitaba. Le pregunté por qué no tomaba una casilla de correos en Miami. Cuestan poco, son seguras, y la misma oficina podía desviarle las cartas a la dirección que él quisiera. "Voy a ganar diez millones de dólares y una casilla de correos no me sirve -explicó-, porque necesito un lugar físico en el que se puedan almacenar objetos." Como advertí que mi reticencia lo ofendía, le dije que contara conmigo: con mi dirección postal y un altillo para los objetos. Le informé que el rincón se derretía en verano y se congelaba en invierno. "No importa. Son cajas de acuarelas, radios, tijeras de podar -me tranquilizó-. Nada que te desvele. En un par de meses me llevo todo."

Mi curiosidad aumentó. Busqué en el diccionario Oxford el significado de la palabra sweepstake . Allí se la define como "lotería en la que una sola persona gana las apuestas de todos". Una perfecta fuente de inspiración para los estragos futuros de Wall Street y Bernie Madoff.

Las cosas empezaron a suceder demasiado rápido, antes de que pudiera orientarme en las rutinas de la realidad. Recibí el primer sobre del sweepstake a mediados de julio. Me sorprendió la velocidad con que mi amigo había dado en el blanco. "¡Urgente! -decía una gran leyenda, junto a las estampillas-. Usted es un ganador. Abra este sobre antes de 48 horas."

De inmediato lo llamé por teléfono para saber cómo le hacía llegar esa zarza ardiente. Me pidió que leyera el mensaje. Había una lista complicadísima, casi laberíntica, de instrucciones que ya he olvidado. En cambio, recuerdo muy bien el encabezamiento: "Usted ha sido seleccionado como uno de los diez finalistas para ganar diez millones de dólares. Llene los formularios adjuntos y espere nuestro aviso".

Le pregunté a qué azares se había sometido antes de llegar a una final de sólo diez personas que le permitiría embolsar más dinero que Donald Trump en dos semanas.

-Poca cosa -me respondió-. Compré una pala mecánica para la nieve y unos patines con doble cuchilla de acero para hielo. Gasté sólo novecientos dólares. Si con eso puedo ganar diez millones, hice el negocio de mi vida, ¿no te parece?

-Tal vez -le dije-, si acaso puedes usar alguna vez la pala y los patines en Caracas.

Disipó mis últimas dudas cuando me explicó que el reglamento del sweepstake le garantizaba una o dos compensaciones monetarias y le aseguraba que no era necesario seguir comprando para mantenerse en carrera. De todos modos, le sugerían que evitara quedar rezagado.

La enorme pala con motor y los patines llegaron tres días después. Tuve que pagar el flete y casi me partí la espalda cuando llevé al altillo la caja pesadísima. No sé por qué hice todos esos sacrificios. Ahora me consuelo pensando que fue sólo para poder contarlo.

Mi amigo se mantenía airoso en la carrera. A fines de octubre figuraba ya entre los cinco finalistas. Los mensajes se tornaban cada vez más perentorios: "Conteste en 24 horas". "Llene y devuelva los 35 formularios adjuntos antes de mañana a las 9." Cada uno de esos mensajes me obligaba a pagar franqueos urgentes a Venezuela. Por teléfono, Franklin me daba ánimo.

De vez en cuando, el cartero me entregaba la correspondencia con una risita sobradora. "Y, ¿su amigo ya ganó algo?" Yo no le contestaba. Por fin, un sábado llegó el primer cheque, cruzado, para cobrar en un banco panameño. El monto era irrisorio: tres dólares con 75 centavos. Lo revisé más de una vez, incrédulo. Esa era la cifra: el sweepstake aseguraba que todos los participantes recibirían algo y allí estaba la prueba. A la semana, enviaron otro cheque por 500, que sólo servía si con él se compraba un televisor que costaba 900. Llamé a mi amigo para recomendarle que no se metiera en ese baile. En mi casa había decenas de folletos que ofrecían el mismo aparato por 350.

-Tengo que comprarlo -me explicó él, resignado-. Si no lo hago, voy a perder mi lugar en las finales. Ahora quedamos sólo tres.

-¿Cuánto has gastado ya?

-Unos mil novecientos -me dijo-. Eso no es nada comparado con los diez millones.

Cuando el televisor llegó, mi altillo rebosaba de inutilidades: una máquina para doblar cartones, un abrelatas a pilas, dos pares de anteojos de vidrios espejados, candelabros eléctricos con velas de porcelana, una alfombra de fibra con un letrero tornasolado que decía "Welcome", un atril con sujetador de libros para leer en la cama. Y así. Franklin me visitó en diciembre y se llevó algunas de esas irrisiones, pero dejó para otra ocasión los objetos más voluminosos y pesados.

A mediados de enero, recibí una carta urgente y entusiasta, que anunciaba la llegada de mi amigo a la recta final: "Usted es uno de los dos finalistas", decía una gran leyenda impresa en el sobre. Lo llamé para darle la noticia. "Voy para allá en el primer avión", me anunció, excitado.

Lo esperé con todos los papeles. Mientras le servía café, lo oí gritar. En el vuelo, su compañero de asiento le había dicho que, si no era residente o ciudadano de los Estados Unidos, debía moderar su entusiasmo. Prefirió no creerle entonces, pero al final descubrió, en uno de los infinitos formularios que debía completar y firmar, que en efecto, por residir en otro país y tener otra nacionalidad, siempre había estado fuera de carrera.

Perdí un par de días consolándolo. Antes de partir, puso avisos en todos los diarios suburbanos para vender las armas de guerra contra la nieve y el hielo, que a nadie interesaron, ni aun a precios de liquidación. Todavía están allí esperándolo, arrumbadas en mi altillo.

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