Rubén Echagüe: "Los rosarinos tenemos la nostalgia de ser porteños"

El departamento de pasillo es antiguo y acogedor. Entre macetas y obras de arte, Rubén Echagüe se mueve como pez en el agua. Ese es su refugio. Allí trabaja, piensa, lee, escribe. Y allí nos recibe, bajo los techos altos, sobre el piso de madera al que los años han embellecido.
Artista plástico, crítico de arte, docente, funcionario cultural y ahora poeta, Echagüe se caracteriza por sus ideas límpidas y ajenas a la complacencia. Los ejes de su discurso son la ética y el amor insobornable por la verdad artística.

–¿Creés que el gusto del público está desvinculado de la plástica contemporánea?

–No me cabe duda.

–¿Por qué?

–Mirá, yo no creo que haya que halagar el gusto del público, pero sí creo que hay que tirar líneas como para que el arte no sea ininteligible. Como crítico, siempre trato de ser lo más claro posible. La obra no tiene una lectura unívoca: es ambigua. Aun así, la gente necesita de una apoyatura que no adolezca de ese hermetismo tan irritante. Pareciera que hay críticos que se solazan en no ser comprendidos.

–¿Y es cierto que la pintura de caballete ha muerto?

–No, se sigue pintando en todo el mundo. Te digo más, el hecho de que la pintura esté tan desacreditada es casi un fenómeno rosarino. Porque acá se promociona otro formato: el gesto, la performance.

–¿Hay una escuela rosarina de pintura?

–Sí, aquí ha habido productores de gran valía. En este momento, por ejemplo, en la Biblioteca Argentina estamos haciendo una muestra de Gustavo Cochet, a quien algunos cuestionan porque estuvo en Europa y no se le pegó nada de las vanguardias. Eso les pasó también a Musto y Schiavoni. Pero en Cochet yo creo que se debe destacar que fue siempre él mismo, y produjo una obra inconfundible.

–¿Y quiénes más?

–Bueno, aunque no simpatizaban entre ellos, Julio Vanzo y Juan Grela. Vanzo fue un gran dibujante y Grela jamás se anquilosó, su obra fue cada vez más jugada en la medida que el tiempo iba pasando. Ni hablar de Gambartes.

–A vos te gusta mucho, también, Alfredo Guido.

–Y es otro caso parecido. No fue un rupturista, pero su trama pictórica es personalísima.

–¿Hay continuidad en esa tradición?

–En Rosario vos pisás una baldosa y sale un artista plástico. Hace poco, alguien me dijo en Buenos Aires que ser rosarino en esta época era como ser florentino en el Renacimiento. Sin embargo, tal vez no exista ahora una corriente definida. Pero se debe mencionar a dos figuras importantes como Emilio Ghilioni y Rodolfo Elizalde.

–Y más allá del terreno de la plástica, ¿creés que Rosario tiene identidad propia?

–Los santafesinos solían decir que los rosarinos tenemos la nostalgia de ser porteños. Y yo creo que es verdad. Una cosa es la relación que existe entre Buenos Aires y Rosario, y otra la que existe entre Buenos Aires y el resto del país. La nuestra es mucho más cercana. Y si se instalara el famoso tren bala, directamente terminaríamos siendo un barrio de Buenos Aires.

–Entonces tenemos una hermandad peligrosa…

–Creo que sí. Siempre nos terminamos comparando con la metrópoli, con esa urbe que tanto nos atrae y apasiona. Me acuerdo de cuando se abrió el Mercado Retro, gran idea de Dante Taparelli: era nuestro San Telmo. Y si construimos edificios junto al río, entonces es nuestro Puerto Madero. Y así.

–¿Te sentís reconocido en la ciudad?

–Te soy sincero: por lo general, no encuentro el eco y el apoyo que espero. Es más: en muchos proyectos, en los que yo creía que podía estar, he sido omitido.

–¿El crecimiento puede tornar invivible a Rosario?

–Todavía no, pero si seguimos así…

– ¿Creés que la Argentina es un país estancado?

–No es para tanto. Hay reyertas inacabables y, lo que es peor, reiteradas. Existen antagonismos irredimibles. De eso padecemos, y espero que con inteligencia lo podamos superar. Pero si no se produce un cambio interior en el hombre, ningún cambio externo que se pretenda plasmar serviría.

–¿Existe una tendencia a asimilar cultura con espectáculo?

–Estoy convencido. No sé si es un fenómeno global, pero existe lo que podríamos llamar una cultura del entretenimiento. A veces parece que cualquier recurso es válido con tal de atraer la atención del público.

–¿Y tu amor por la música, de dónde viene?

–Tal vez yo hubiera querido ser músico: componer, dirigir. Pero soy hipersensible y neurótico, así que difícilmente hubiera podido ponerme al frente de una orquesta o presentarme ante el público. Una vez rendí piano y los nervios me impedían literalmente ver el teclado.

–Como artista, ¿tenés métodos de trabajo?

–Tendría que ser más ordenado, en todos los campos. Pero lo que más me atrae es el ocio…

–En sentido creador, decís…

–(Risas).

–¡Pero eso no es ocio, es vagancia! Y ahora te largaste a escribir poesía…

–El poeta Eduardo D’Anna me dijo hace poco: "Mirá que yo no pinté ningún cuadro". Me siento cómodo en el lenguaje poético.

–Y escribís artículos…

–Esa es otra faceta. Surgen de una urgencia.

–En uno de esos artículos, fuiste crítico con la Iglesia…

–Yo soy profundamente religioso, pero abomino de las instituciones. Creo que el reino de Dios está en el corazón de los hombres. Hay que saberlo buscar. No estoy de acuerdo con las intermediaciones, que crean una casta que no tiene nada que ver con la fuente original del sentimiento religioso.

–¿Cómo se lleva la sociedad con la palabra?

–Mal. Hay que reforzar la educación, pareciera que todo vale, hasta escribir vaca con be larga.

–Acá no veo televisor…

–El último lo regalé hace cinco años.

Ombú

–¿Qué le recomendarías a alguien que quiere empezar a ver pintura?

–Hay que acercarse a la obra sin prejuicios. La gente quiere saber qué es lo que quiso decir el creador y la obra no quiere "decir" nada. Es como pararse ante un ombú en el medio de la pampa y preguntarse "¿qué quiere decir eso?". No quiere decir nada. Es, simplemente.

Comentá la nota