Rosariazo: Brasil pegó duro y dejó a Argentina muy malherida

De la euforia a la decepción. Rosario, el Gigante de Arroyito, no fue la solución. La Selección perdió 3 a 1 y complicó aún más su presente.
Diego Maradona sale directo al vestuario luego de los primeros 45 minutos. Del golpe. El entrenador mira el rosario, ese que lleva en su pecho. Lo mira, piensa, se aferra, lo suelta. Tal vez, ahí no encuentre razones lógicas para entender lo que pasa dentro de un campo de juego. Tal vez, en esa fe no tenga la respuesta a lo mal que juega el seleccionado o a la pregunta de por qué la estrategia es tirar centros para el nueve de área que todavía, desde la salida de Gabriel Batistuta, no asoma. Ni siquiera en esa apuesta de convocar a un Martín Palermo que no está en el banco de los suplentes. Entonces, todo eso que es euforia al comienzo, aliento en el descuento de Jesús Dátolo y desesperanza en el final arma una película de terror que, inevitablemente, quedará en el disco rígido de este equipo como el Rosariazo...

Ese clima festivo que se notó desde temprano en las calles de Rosario se llevó al Gigante. Esas banderas, los colores celestes y blanco en cada esquina de la ciudad se mudaron, 90 minutos, a este estadio que intentó el romance con el equipo de Diego Maradona. Porque pasaron 31 años y tres meses de la última vez que el seleccionado jugó por los puntos en este lugar, ese recordado 21 de julio de 1978 en el que se le ganó 6 a 0 a Perú por el Mundial. Después, amistosos y no más. Hasta que a las 21.30 de ayer empezó a rodar la pelota con un plato fuerte. Tal vez, el más fuerte, como para mover a hinchas de todas las provincias. Banderas de Tucumán, Córdoba, La Pampa, Corrientes y sigue la lista. Ovación y estallido cuando Carlos Tevez asomó la cabeza para empezar la entrada en calor. Explosión, única, cuando Maradona se hizo presente. De los cuatro costados, a corazón abierto sonó ese Dieeego Dieeego. El final, la melancolía y desilusión ganó el espacio inevitable en la derrota. Ese es el momento en el que Maradona, el Diego, pasó a ser técnico, sin la mano de Dios...

Toda esa previa al juego en sí fue parte, lógica, del acontecimiento. Tanto es así que hasta se pensó en crear una nueva canción para reemplazar al viejo hit del vamos vamos Argentina. Se cantó, se gritó, se respiró el fútbol de la ciudad en cada pelota. Se conmovió el público, alentó, sufrió y aplaudió en los primeros minutos. Pero cada golpe, esos silencios agudos en los goles brasileños dolieron, en el alma. Y cuando el fútbol no ofrece respuestas adentro, ¿cómo hace este Gigante para dar vuelta el resultado de un partido? Evidentemente, sea el Monumental o la cancha de Puerto Nuevo, cuando el fútbol no contagia con los pies, difícilmente el público ponga ese escenario que se especuló con esta salida a la cancha de Central.

Cuando los jugadores de Brasil realizaban los movimientos previos dentro del campo de juego, una bomba de estruendo que alguien arrojó desde la tribuna explotó cerca del arquero Julio César. Una mancha, al igual que la presencia de barras de Central con camisetas de su equipo, algo que de antemano estaba prohibido para evitar cualquier inconveniente. La Selección, ese sentimiento tan fuerte, visitó Rosario. Y la gente ofreció ese calor de entrada, inagotable, el del fútbol que se siente todos los fines de semana. A pleno. Pero la luz se empezó a apagar con el juego. Porque en esa oscuridad nadie es capaz de ver tan pintoresco lugar donde las banderas, los gorros y la multitud suponen un jugador más. Ese que a veces, con decisiones, ideas y armado de un equipo suele ser el entrenador.

Esta vez es una derrota de local, sin altura, en el llano, con todo el material disponible y nada menos que ante Brasil. El golpe, duro golpe, quedará grabado para ser socio de aquel 5 de septiembre de 1993, en el 0-5 con Colombia en el Monumental. Justamente, la única caída por Eliminatorias en casa en 43 partidos. Claro, hasta este cruce contra el conjunto de Dunga. En esta fiesta armada, con cotillón, en esta fiesta en la que Maradona miró el rosario, una vez más.

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