Rompecabezas

Por Natalio R. Botana

Un rompecabezas puede aludir a problemas de difícil solución o a ciertas armas mortíferas como las que se usaban en el Medioevo. Los hechos recientes abrazan ambos significados. Por un lado, la complejidad de una situación que cada día se complica más; por otro, la voluntad aguerrida del oficialismo capitaneado por Néstor Kirchner para proseguir la batalla a toda costa.

Si abordamos el análisis desde el ángulo de la ley de medios, que actualmente debate el Senado, lo que allí parece estar en juego son los últimos coletazos de una hegemonía que no abdica en su empeño de acumular poder para intervenir luego en la sucesión presidencial de 2011. Si, por otra parte, lo hacemos desde el ángulo del control piquetero del espacio público, la escenografía cambia súbitamente de fisonomía: en las calles y rutas no emerge la silueta de un poder concentrado con visos de omnipotencia, sino el perfil asténico de un Estado raquítico, obcecado en no cooperar con la ciudad de Buenos Aires, debido a que en ese distrito gobierna un partido opositor.

Esta mezcla de exceso y fragilidad es el cemento de nuestro rompecabezas. Para unos, el kirchnerismo es una maquinaria implacable que avanza sin reparar mientes en las restricciones constitucionales; para otros, el kirchnerismo es un poder maniatado por sus propias contradicciones. Mientras el temperamento hace que los gobernantes se muevan constantemente con ánimo ofensivo, la ideología les impone, en cambio, el inmovilismo frente a la contestación social, bajo el concepto de no criminalizar determinadas protestas.

Es obvio que ambos resortes corren el riesgo de oxidarse. El oficialismo no las tiene todas consigo en el Senado y, después de muchas vueltas, la policía de la provincia de Buenos Aires desalojó a quienes habían tomado la planta industrial de Kraft, origen y excusa de las movilizaciones. En semejante contexto, el método de la negociación cae de maduro (hasta la embajada de los Estados Unidos lo suscribe), pero no hay indicios de que éste sea el norte de los grupos que actúan inspirados en la idea de la rebelión permanente. En esto ha quedado en depósito la épica de las concepciones revolucionarias en la historia.

¿Hasta qué punto seguirá desenvolviéndose esta situación que, a la postre, perjudica a todos? En verdad, seguimos mirando de costado los signos de un inclemente proceso de fragmentación. Todos disparan sus reclamos sin articular, hasta el momento, una oferta de gobernabilidad con la aptitud suficiente para concitar adhesión y confianza.

Este es el producto de la manipulación de las instituciones y de las consecuencias no queridas que acompañaron este designio. Se adelantaron los comicios, se inventaron las candidaturas testimoniales, se armó el tinglado para disfrutar de dos largos años de absoluto control parlamentario bajo la égida del Poder Ejecutivo. El tiro les salió por la culata, y ahora estamos transitando por esta tierra de nadie en la que el Gobierno insiste en proseguir su escalada como si nada hubiese ocurrido.

El problema, desde luego, consiste en saber si estas intenciones quedarán sin apoyo parlamentario, disolviendo así la pretensión primigenia de controlar los odiosos medios que, según el discurso oficial, fraguaron la derrota electoral. Dos modificaciones son la última trinchera del combate: las atinentes al plazo de un año para desprenderse de activos por parte de las empresas y a la composición de la autoridad de aplicación.

Si estas modificaciones prosperasen en el Senado, el oficialismo quedaría herido para armar el dispositivo de la propaganda mediática con el capitalismo de amigos. Tarde o temprano tendremos que pagar todos el precio de esta movida: el descalabro jurídico de los derechos adquiridos y la desordenada transición a un nuevo régimen de medios en manos de un Gobierno de más en más debilitado. Esta es otra cara del malentendido de interpretación en que estamos atrapados. El Gobierno no entiende ni acepta que perdió; la oposición, por su parte, no entiende que habría que moverse con más celeridad.

La buena política es aquella que está animada por el espíritu constructivo, pero si a esa virtud no la apuntala algún condimento del espíritu de aventura e imaginación, que suscite esperanza renovando convicciones públicas, es posible que las cosas sigan degradándose en un mar de indiferencia. Este es el cuadro que actualmente se está diseñando. Un oficialismo con resuelta pasión aventurera, aunque el viento ya no sople a su favor, y una oposición atrapada por somnolencias que encubren evidentes discrepancias.

El cambio de piel que está haciendo el peronismo en medio del sopor es, naturalmente, digno de atención. ¿Será acaso una modorra derivada de la lenta digestión de varios liderazgos en disputa? ¿O, más bien, la somnolencia proviene de no saber qué hacer? Son encomiables, en este sentido, los foros del peronismo disidente para discutir programas y futuros acuerdos con fuerzas afines (tal vez el contorno de futuras coaliciones parlamentarias). No es tan encomiable el enfoque y la sintonía de los liderazgos sobre los cuales habrá de recaer esta tarea.

Nos atreveríamos a decir que este punto es crucial para el justicialismo. Las doctrinas y los programas sin liderazgos son en la política letra muerta. Estas exigencias, en la ya larga historia del peronismo, se multiplican en relación con las expectativas que despiertan en otras fuerzas políticas. Para el socialismo, aun para el radicalismo, un programa sugestivo puede ayudar a congregar voluntades. Para el peronismo es más complicado: en este vasto movimiento, el liderazgo viene primero y el programa después.

Esta vacancia en el peronismo disidente representa, en el oficialismo, una oportunidad táctica. En rigor, estamos saturados de ánimo táctico y anémicos en cuanto a inteligencia estratégica. Mientras Néstor Kirchner no tenga frente a él una apetencia de poder semejante seguiremos recorriendo un camino que se ignora a dónde conduce, salvo a la caída por propia incompetencia.

De ser así, habremos recorrido una vez más el circuito de una alternancia impuesta por la gravitación de los desaciertos sin alternativas inmediatas en que confiar. La alternancia se precipita; la alternativa se improvisa: historia conocida.

De aquí la importancia que adquiere la conformación de los liderazgos en el campo, hoy aquejado de serias divisiones, del Acuerdo Cívico y Social. Por ahora. También tenemos en este cuadrante un conjunto de ofertas sin cabeza sobresaliente con la excepción de las imágenes positivas que arrojan los estudios de opinión. Esto, obviamente, no alcanza. Si en los dos sectores de la oposición florece esta clase de liderazgo colectivo, las ventajas se acrecientan en el oficialismo. Allí, en efecto, el liderazgo es uno, aun aceptando el rechazo que Néstor Kirchner sufre a través de las encuestas.

En algún momento, no muy lejano por cierto, habrá que revertir el escenario donde coexisten una oposición fragmentada y un oficialismo concentrado. Tal vez a partir del 10 de diciembre, con un Congreso mucho más equilibrado, el Gobierno pierda el ímpetu que todavía conserva.

¿Pasarán acaso esas energías perdidas a las filas de las oposiciones? Dejamos la respuesta en suspenso, a sabiendas de que la reconstrucción institucional sin liderazgos que la sustenten puede ser también letra muerta.

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