River perdió otra vez y los hinchas desataron su bronca

La relación entre la gente y los jugadores está en uno de sus peores momentos. Silbidos y abucheos.

Por: Hernán Castillo

El golpe fue durísimo. River había quedado groggy por el tremendo mamporro que significaron el gol de Lucas Viatri y el triunfo de Boca en el clásico. En busca de revancha, salió a fajarse con Chivas y terminó pagándolo caro. Alcanzó apenas a zafar del nocaut, pero anoche cayó a la lona. Y aunque falten quince días para la revancha en Guadalajara, hoy parece muy difícil que le alcancen para levantarse.

Uno de los signos más nítidos del significado de la caída de ayer lo dio Diego Simeone. Por primera vez desde que es entrenador de River, esperó a sus jugadores en la pista de atletismo, los saludó uno por uno y salió detrás de ellos por el túnel. 'Apoyo o el anticipo de una despedida que el entrenador sabe que puede estar cerca?

El clima del partido ya venía cargado desde el principio. Tres días no les habían alcanzado a los hinchas para digerir la derrota en el clásico, ni el agrio sabor del penúltimo puesto de la tabla, ni la dolorosa sensación de que su equipo se está acostumbrando a perder. "Venimos sólo por la camiseta" explicitaba, impiadosa, una bandera desplegada en la platea San Martín alta.

Los cantos hirientes y los resproches estaban listos. El asedio millonario sobre el arco de Víctor Hugo Hernández en el arranque del partido los mantuvo a raya en las gargantas por un un rato. Sólo por un rato. Una llegada mano a mano de Arellano y una falta "obligada" de Tuzzio para detener una entrada de Morales hicieron levantar las compuertas de la bronca: "Ay, ay, ay, qué risa que me da, si no ganan la Copa qué quilombo se va a armar".

Mientras tanto, River seguía atacando y mereciendo la ventaja. Entonces, por un rato, los cantos de protesta (que cuestionaban a los jugadores pero no al entrenador, a quien el presidente Aguilar y la mayor parte de la dirigencia apoyan) dejaron lugar a los que eran de aliento.

Pero el equipo no ligó, y para colmo el gol de Arellano llegó demasiado cerca del pitazo del descanso, y desató canciones de insultos y amenazas. Simeone se fue con sus colaboradores sin escuchar abucheos pero luego, cuando los futbolistas iban caminando hacia el vestuario, escucharon silbidos ruidosos de decepción y el apellido del Burrito Ortega convertido en un símbolo de protesta y disconformidad.

La rabia de la gente no se aplacó en el entretiempo, y en el arranque del complemento la bronca ya era tanta que a muchos ni les importaba ya la rima: "Oh, que no quede ni uno, que se vayan, todos juntos".

El gol de De la Mora terminó con los últimos restos de apoyo, y tribunas y plateas estallaron en insultos. El penal con el que Abreu descontó sirvió para descargar un poco de tanta energía negativa acumulada. Pero no alcanzó para dismular que anoche algo terminó de romperse entre hinchas y equipo, algo que difícilmente se pueda reparar.

Faltan dos semanas para el decisivo partido de vuelta. Demasiados días, demasiadas horas en las que se hablará y se especulará con el posible alejamiento del técnico, y de varios de los jugadores, si las cosas no salen bien. Y mientras tanto, River tendrá que jugar tres partidos por el Apertura con la obligación de salir de una vez de ese maldito penúltimo puesto.

Es cierto que a River todavía le queda un round, que todavía no está nocaut. Pero ya le están contando...

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