Con Riquelme gana.

BOCA 2 - ARSENAL 1: Y un día volvió Román y volvió Boca al triunfo. Sin romperla, el 10 demostró que el equipo es otro con él. Hubo volumen de juego y le hicieron precio a Arsenal.
No la rompió. No participó en las jugadas de los dos goles de Boca. Hasta falló un penal... Así y todo, Juan Román Riquelme, en su regreso a las canchas tras 37 días, confirmó que hay dos Boca. Uno, sin él, perdido, previsible y falto de fútbol. Y otro, con él en cancha, con mayor volumen de juego, peligroso y más ofensivo. Gravitante, influyente, determinante... Se le puede poner cualquiera de esos adjetivos. La realidad, más allá de los fríos números, es que Boca, con Riquelme, gana.

La delgada pero fundamental línea que divide la importancia de Román en este equipo es el conocimiento. Con él, Boca sabe a qué juega. Hay una idea general, a partir de su liderazgo futbolístico, de hacer circular la pelota, de intentar desmarcarse, de buscar una pared, de saber salir para poder entrar, de aprovechar los espacios. En fin, de intentar superar al rival a partir de la tenencia del balón, pero no para el bochazo al 9 como único y limitado recurso sino para elaborar jugadas. El fútbol es un juego de ingenio y Boca, con Riquelme, tiene ventaja. Inteligente, hasta supo disimular su lógica falta de ritmo con toques rápidos, abriendo la cancha y buscando siempre al compañero mejor ubicado. Decía Menotti que Román, cuando la rompe, ni debe transpirar porque no le hace falta correr. Ayer, después de un par de pelotas perdidas o pases mal hechos, sí que corrió. Quizá, para equilibrar su actuación con una mayor dosis de esfuerzo. La 10, en definitiva, habrá terminado mojada después de 90 minutos en cancha en lugar de los 60, 70 que estaban arreglados de antemano con Ischia.

Campestrini no sólo le atajó el penal. También le sacó un furibundo remate que Riquelme lanzó desde el borde del área luego de una corrida desde tres cuartos de cancha en diagonal, sacándose dos rivales de encima. Esa fue la mejor jugada individual de Román en el partido. Más allá, claro, de algunos toques con su sello, como un pase-gol a Figueroa en el primer tiempo y otro a Mouche en el segundo. Fueron dos pases con desprecio, como si no quisiera a la pelota (justo él), pero también con la suficiencia propia de los talentosos.

Con él, hubo otro Boca. Que mereció ganar por mayor diferencia si no fuera por Campestrini y por la falta de definición de Mouche y el resto. La presencia de Riquelme potenció a sus compañeros porque los liberó un poco de las miradas rivales, que se posaron preponderantemente sobre su figura. Ahí estuvo Chávez, entonces, disfrazándose de Román para meterle una bocha bárbara a Figueroa en el primer gol. Ahí apareció Gracián, asociándose al circuito creativo y hasta tirándose al piso para recuperar pelotas. Ahí surgió Gaitán, para entrar enchufado y definir en una contra con una calidad tal que mereció ser gol. Ni hablar de Mouche y Figueroa, constructores permanentes de huecos en la defensa rival. Román, el dueño de la pelota, te invita a jugar con él. De ahí que lo buscaran seguido. Y hasta te exige, indirectamente, a elevar el nivel.

Faltó a ocho encuentros, entre Copa y campeonato, y lo extrañaron. Ayer no la rompió. No participó en las jugadas de los dos goles. Hasta falló un penal... Pero Boca, con él, ganó algo más que un partido.

Comentá la nota