Los riesgos de una política con los piqueteros que está descontrolada

Por: Eduardo van der Kooy

El puntapié inicial de este tiempo político lo dieron los grupos que tuvieron aquel largo conflicto con la empresa Kraft. Convirtieron ese conflicto en una protesta piquetera que obstaculizó durante días uno de los principales accesos a la Capital, la Panamericana. Una audacia casi desconocida hasta entonces.

Aquel pleito laboral produjo solidaridades reflejadas en piquetes que se reprodujeron como hongos en toda la ciudad. Marcó, sin dudas, un aumento de la conflictividad social que no ha descendido, pese a las afirmaciones en contrario que suelen hacer los funcionarios del Gobierno de Cristina Kirchner.

El Gobierno actuó lleno de vacilaciones en el conflicto en Kraft. Esas vacilaciones fueron interpretadas como una debilidad política. Desde entonces los piquetes volvieron a reproducirse con orígenes diversos: problemas salariales, despidos y hasta una supuesta promesa postergada, según un núcleo de veteranos de la guerra de Malvinas a quienes no se les reconoce esa condición. La Panamericana pasó a ser el escenario dilecto para cualquier reclamo. Lo corroboran los trabajadores de la central nuclear de Atucha, en la localidad de Lima, que por una cuestión gremial interna saltan cada tanto a la ruta, queman un par de neumáticos, interrumpen el tránsito y generan el caos y la crispación.

El teatro de la protesta social y piquetera fue durante dos días bastante más majestuoso y sorprendente: grupos no kirchneristas decidieron bloquear la Avenida 9 de Julio en su cruce con Belgrano. Reclamaron, entre varias cosas, la participación en los planes de empleo anunciados y ejecutados de a poco por Cristina para paliar las secuelas de la crisis económica.

El fenómeno parecería mostrar, al menos, tres facetas inocultables. La escalada de la protesta piquetera, también en sus formas, es una de ellas. La pérdida de control de los Kirchner sobre buena parte de esas organizaciones surge como otra evidencia. La carencia de herramientas políticas para afrontar la nueva situación quizá sea el diagnóstico más delicado.

Néstor Kirchner tuvo, durante su mandato, la idea de no criminalizar la protesta reparando en la convergencia de varias circunstancias. La Argentina empezaba a salir de la gran crisis, que había estado enmarcada por severos brotes de violencia. La metodología de la protesta callejera, antes o después, conduciría a sus actores a un desgaste. Un desgaste que estaba acicateado, además, por una notable recuperación económica que, aunque en goteo, comenzó también a derramarse sobre esos sectores postergados.

Esa receta olería a vieja en esta nueva coyuntura. Por varias razones. Los Kirchner no pueden especular con ninguna futura bonanza a pesar de que, tal vez, lo peor de la crisis económica en la Argentina ya haya pasado. El deterioro del Gobierno de Cristina y el modo en que debió articular la política electoral también se ha terminado convirtiendo en otro escollo. Los grupos piqueteros, además, han perdido uniformidad. Con los Kirchner quedaron alineados Luis D'Elía, Edgardo Depetri y Emilio Pérsico. El resto ha ido ganado de nuevo autonomía.

Tanta, que las negociaciones realizadas por varios de esos dirigentes con los piqueteros de izquierda que acamparon hasta anoche sobre la 9 de Julio debieron recurrir a promesas que no saben si podrán cumplir para desactivarlo.

Kirchner optó para enfrentar las elecciones de junio por una alianza con la vieja maquinaria del PJ bonaerense. Mantuvo la fidelidad de un grupo importante de organizaciones sociales y menos importantes de piqueteros. Pero aún dentro de ese universo la familiaridad con los barones del conurbano despertó recelos. Basta con recordar las palabras de D'Elía después de la derrota reclamando al ex presidente un retorno a la transversalidad. Ese retorno, a esta altura de la historia, parecería imposible.

Esa sociedad con los intendentes azuzó los reclamos de los grupos piqueteros de la izquierda. El Gobierno lanzó hace un par de meses un plan de creación de 100 mil empleos que se canalizan a través de cooperativas. Pero de aquellas indicadas por los caudillos del conurbano.

Los piquetes en la Panamericana despuntaron una sórdida disputa con Daniel Scioli. El gobernador debió resignarse ante la dependencia financiera que tiene de los Kirchner. El piquete en la 9 de Julio inauguró otro capítulo de fricciones con Mauricio Macri. El jefe de Gobierno porteño tiene dos ventajas sobre Scioli: su administración sobrevive con recursos propios y su proyecto político se afianza en la confrontación con los Kirchner.

Macri aguardó 16 horas para que la promesa de Aníbal Fernández se cumpliera. ¿Qué promesas? El jefe de Gabinete, cuando el lunes arreglaron el entuerto policial, había asegurado que en la madrugada de ayer los piqueteros serían instados a dejar la 9 de Julio.

Aquel pedido no existió o no sirvió. Por ese motivo Macri pidió la intervención de la Justicia. Un recurso que no desnudó del todo la impotencia oficial por el desenlace pactado. La realidad se desliza ahora entre aquellas intrigas policiales y estas porfías por los piquetes. Parece haberse perdido la noción de la política y del orden mínimo.

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