El riesgo del lenguaje violento es que suele anticipar más violencia

Por: Julio Blanck

El lenguaje violento construye el escenario para la violencia. La precede, la anuncia, la propicia. Nadie habla violento ni acumula capacidad de violencia para después guardar todo mansamente en un cajón. El clima de beligerancia y crispación que ya está instalado, y del cual el oficialismo no es el único responsable pero sí el principal, se acerca por imperio de su propia dinámica, peligrosamente a veces, al territorio de los hechos.

Hablar de "la zurda loca" como hizo ayer el número dos de la CGT, Juan Belén, un dirigente metalúrgico de corte clásico, remite de manera instantánea a los peores recuerdos del enfrentamiento peronista de tres o cuatro décadas atrás. Es como si esa expresión infausta completara el regreso al discurso de los años 70, que Kirchner y Cristina, y unos cuantos de sus seguidores actuales, recuperaron con nostalgia pero de modo parcial, como si aquella historia hubiese sido sólo la del bando al que pertenecieron entonces; o en el que se anotaron tardíamente, como quien paga una cuenta con su propio pasado, después de haber hecho fortuna muy lejos de donde sonaban las balas y hervía la picana.

El apaleo a la izquierda está en el gen peronista. Y el peronismo respondió a ese mandato genético siempre, sea teniendo enfrente a la izquierda tradicional, o a la que en su momento pretendió transmutarse en peronista, así como alguna se calza hoy el ropaje del kirchnerismo. Demasiada historia y demasiada sangre hay al respecto.

Las palabras de Belén, impresas en la más pura ortodoxia peronista, seguramente incomodaron a los kirchneristas que tienen como compañero de ruta al poder sindical que, en aquellos viejos tiempos, supieron cuestionar por todos los medios que ofrece la política, aún los ilegales. La incomodidad, en todo caso, es mutua. Y las bajas, que son cuentas nunca saldadas de aquel pasado violento, también fueron recíprocas.

Por su lado, los sindicalistas nunca digirieron al componente no peronista del kirchnerismo y la convivencia entre ellos siempre resultó forzada.

Piqueteros y activismo sindical orgánico no son de la misma familia, aunque en esta coyuntura estén todos bajo el paraguas amplio de Néstor Kirchner, que los necesita para afirmarse en el sector menos favorecido de la sociedad y para mantener el control de la calle, una obsesión alrededor de la gobernabilidad que lo acompaña desde el día en que pisó por primera vez la Casa Rosada. La foto de ayer de Hugo Moyano y Luis D'Elía sólo se puede entender en este contexto. Y en una circunstancia en la que el control de la calle está doblemente desafiado.

Por un lado actúan los grupos sindicales, provenientes de distintas variantes de la izquierda, que crecieron desconociendo a las conducciones orgánicas peronistas. Y que se expresan en conflictos de alta exposición pública, como el del subte, el de Kraft o tiempo atrás el hospital Garrahan. O en el armado de un sindicalismo alternativo, más estructurado, que tiene como principal referencia a la CTA, la central que coqueteó todo este tiempo con Kirchner sin haber recibido nunca la recompensa del reconocimiento legal, y que ahora parece enfilarse hacia un rumbo de confrontación.

Por otra parte están las organizaciones de piqueteros no kirchneristas que, maceradas desde hace más de una década en el trabajo de base y arraigadas en el territorio, o fabricadas en el laboratorio de los partidos de izquierda y después insertadas en los barrios, presentan pelea alrededor de la ayuda social, reclamando ser parte de los que reparten planes y cosechan construcción política, en momentos en que el kirchnerismo apunta a concentrar toda la acción y el beneficio político en su propia mano.

Lo que ahora se está montando no es un estreno. Kirchner ya había desplegado sus escuadrones para controlar el espacio público durante el conflicto con el campo, a mediados del año pasado. Perdió como en la guerra, porque nunca supo calcular el efecto expansivo de aquel reclamo de los productores agropecuarios sobre las clases medias urbanas. Así, fue derrotado una y otra vez en la calle y en las rutas, antes de perder en el Congreso.

Aún con esa dura experiencia a cuestas, la lógica del discurso kirchnerista no puede prescindir del despliegue callejero, presentado como expresión máxima de respaldo popular. Por cierto, las sociedades tienen hoy caminos menos estrechos para canalizar apoyos y rechazos que la sola manifestación pública. Pero el atavismo kirchnerista es implacable e inflexible.

El hostigamiento constante sobre la prensa no domesticada, con palabras y con camiones, también es una pieza en el tablero del control social. Y contribuye al clima de violencia latente, sin que esto suponga que el comportamiento de periodistas y medios deba ser excluido de cualquier juicio crítico y revisión severa.

Otra pieza de ese mecanismo de control, más marginal y turbia todavía, es la conscripción de barrabravas del fútbol, que negocian abiertamente con funcionarios para viajar al Mundial 2010 en Sudáfrica. Fuentes kirchneristas dicen que en todo caso es un recurso práctico, porque le atribuyen a Eduardo Duhalde capacidad para influir sobre las barras de algunos clubes del Gran Buenos Aires, para provocar desmanes si las circunstancias lo demandan. Así, estarían en una caótica igualdad de condiciones. Como explicación es pobre, además de peligrosa. Porque funciona, a partir de una suposición, como resorte justificador del reclutamiento de delincuentes. Y reconoce como válida la decisión de mantener inoperante a la fuerza pública.

"Creo en el orden, pero no a palos", ha dicho la Presidenta. Las palabras son impecables. Aunque la lógica kirchnerista de control de la calle puede llevar a que la policía no pegue palos, pero palos haya igual, eso sí, sin uniforme.

Así, de cara a una opinión pública que reacciona frente al Gobierno con una hostilidad simétrica a la que recibe, la conveniencia táctica de evitarse una larga semana de desgaste parece haber impulsado a la Presidenta a pedirle ayer a Moyano y a D'Elía que posterguen su marcha del viernes próximo. Fue un gesto sensato de la Presidenta, más allá de las razones, siempre belicosas, con las que lo haya adornado para su presentación pública.

La concentración de las fuerzas de calle kirchneristas había sido convocada bajo una confusa apelación a la defensa de la democracia y el llamado gobierno popular, frente a supuestas maniobras de desestabilización denunciadas sin un solo elemento de prueba por los voceros más altos del Gobierno.

Todo demasiado inconsistente y para peor con la hilacha a la vista, cuando el metalúrgico Belén transparentó la verdadera intención de la CGT con esa marcha: la contraprestación al apoyo callejero debía ser el mantenimiento intocable del modelo de poder sindical, ya resquebrajado por un fallo de la Corte Suprema.

Es la lógica de esta política: cada cosa que se hace, se factura; cada favor, se cobra. Lo demás son discursos para demonizar al adversario, anestesiar a los neutrales o confundir a los propios e indecisos, sobre todo a los de la "zurda loca".

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