El riesgo de un deslizamiento de la democracia al autoritarismo

Por: Guillermo O´ Donnell

POLITOLOGO. UNSAM Y UNIVERSIDAD DE NOTRE DAME, EE.UU.

El Gobierno atraviesa las consecuencias de una concepción según la cual el presidente puede tomar las decisiones que mejor le parezcan, sin tener que someterse a límites, leyes o controles republicanos. Pero cuando las cosas van mal, los platos rotos los pagamos todos.

La actual situación de nuestro país me mueve a recordar dos hechos importantes. Uno es que las democracias no sólo mueren abruptamente, por un golpe de estado con tanques en la calle y marchas militares; también lo hacen lentamente, mediante el progresivo acotamiento de fundamentales libertades y el sometimiento de instituciones fundamentales del régimen político, hasta que un mal día uno se despierta y encuentra que ha acabado todo remedo de democracia.

El otro hecho es que algunos líderes que comenzaron como "delegativos" terminaron deslizándose al autoritarismo: Fujimori en Perú, Putin en Rusia y hoy Chávez en Venezuela. Los riesgos de muerte lenta y de deslizamiento autoritario son serios en las democracias delegativas, aunque no en todas ellas ha ocurrido. El mérito de un desenlace favorable ha correspondido fundamentalmente a sociedades civiles y políticas suficientemente densas y convencidas del valor intrínseco de la democracia, así como a instituciones estatales que se activaron para poner límites a las propensiones autoritarias. En nuestro país contamos en este sentido con condiciones claramente más favorables de las que aquéllos en los que se produjo ese deslizamiento; pero nuestra situación actual no debe dejar de ocuparnos y preocuparnos.

En escritos recientes he argumentado que nuestro país es un caso de democracia delegativa. Uso este término para diferenciarla del tipo bien conocido, la democracia representativa. La versión delegativa es una peculiar manera de entender y ejercer el poder político: supone que el hecho de su elección da al presidente/a el derecho y deber de decidir lo que mejor parece para el país; para ello toda otra institución representativa o de control es un impedimento que debe ser controlado o colonizado en todo lo que la relación de fuerzas existente permita al presidente. La versión "delegativa" es democrática porque resulta de elecciones razonablemente limpias y porque (aunque con la salvedad del riesgo de deslizamiento autoritario) respeta libertades básicas, tales como las de expresión, asociación y prensa.

Las democracias delegativas suelen surgir de una severa crisis, que provoca un generalizado anhelo de que surja un poder político capaz de resolverla. No siempre surgen democracias delegativas de estas crisis, pero cuando ocurre el presidente que resulta electo se cree y se presenta como un salvador de la patria: él sabe cómo resolver la crisis y reclama que se lo deje gobernar sin trabas. Algunos de estos presidentes (no todos, pero sí Menem y Kirchner) tienen éxito en aliviar la crisis, al menos en sus aspectos más ostensibles. En esta medida logran amplios apoyos y ratifican su convicción de que deben gobernar sin trabas. En este camino, y para recorrerlo, estos presidentes se dedican tesoneramente a subordinar al Congreso y el poder judicial, así como a erosionar la autonomía de fiscalías, contadurías públicas, ombudsman y otras instituciones de control normales en la democracia representativa. Durante este trayecto los autoproclamados salvadores de la patria no cesan de recordar la crisis precedente y amenazar que sin ellos se retornará a una crisis aún peor, de paso condenando a todo y todos que según ellos la provocaron.

Esta manera de gobernar aborrece cualquier control. Las decisiones son abruptas, inconsultas y tomadas con un pequeño círculo de colaboradores a los que se exige lealtad absoluta. Esto lo acaban pagando caro esos presidentes y, más aún y peor, sus países. Se va haciendo manifiesto que estos presidentes son víctimas de sus propios éxitos iniciales: superados los peores aspectos de la crisis, los problemas (viejos y nuevos) que se van planteando son cada vez más complejos. Para resolverlos adecuadamente, esos problemas requerirían instancias institucionalizadas, consultativas y de participación; pero este camino se bloquea debido a la erosión de esas instancias a que se han dedicado estos presidentes, junto con su convicción de que ellas son sólo "máquinas de impedir" que, para peor, suelen hallarse al servicio de siniestros intereses.

La combinación de ese estilo de tomar decisiones con problemas crecientemente complejos es garantía de comisión de gruesos errores. Esto desacredita al presidente/a, quien ve bajar verticalmente su popularidad y no puede dejar de oír críticas que se multiplican desde muy diversos ámbitos y, ya a esa altura, de un Congreso y poder judicial que dan claras señales de querer sacudir su anterior sometimiento (lo que en nuestro caso se ha acentuado marcadamente con el resultado de las elecciones de Junio del año pasado). Es notable que en estas situaciones los presidentes delegativos no retroceden o reconsideran; al contrario, cuando crece la difusión y severidad de las críticas redoblan la apuesta.

¿Por qué se interponen estos obstáculos a quienes dicen -y parecen creer¿ que nos han salvado y, autorizados por ello, reclaman poder seguir decidiendo como mejor les parece, mediante un hiper presidencialismo cada vez más marcado?

A esta altura, la explicación es mentalmente sencilla pero políticamente complicadísima: esto sólo puede deberse a "los oscuros poderes que desde siempre acechan al pueblo" y de los cuales esos presidentes nos salvaron, pero que ahora vuelven a una plena ofensiva. Parte de esta ofensiva es la oposición (toda oposición) y, por supuesto, medios de comunicación que formulan y dan eco a críticas y descontentos. Todo parece una vasta y poderosa conspiración, pústulas que se propagan, frente a la cual sólo cabe, al presidente y su círculo cada vez más reducido de colaboradores, seguir aumentando las apuestas. La polarización entre una patria encarnada por ellos y una antipatria que se manifiesta en crecientes críticas y oposiciones, ya presente en la visión inicial de los presidentes delegativos, se crispa ahora y se expresa en una opción entre "ellos o nosotros", en la que ya no caben siquiera los tibios y los indiferentes. Nuevamente, y más que al comienzo de su gestión, estos presidentes tienen que salvar la patria y el único camino es que se acalle toda voz que no parta de la cima del poder ejecutivo o no lo aclame; como esto no ocurre, la visión conspirativa se realimenta vigorosamente.

Y aquí los hechos comentados al comienzo de esta nota. Cierto, los presidentes delegativos respetan algunas importantes libertades. Pero si cuando la crisis se agudiza hasta llegar a fuertes y generalizadas crispaciones, coartar esas libertades les parece necesario para proseguir su gran causa; diversas extra limitaciones institucionales y legales, así como arbitrariedades en los márgenes de la legalidad se perpetran, porque, al parecer, la necesidad y urgencia de los problemas lo requiere o, simplemente, porque el presidente aduce seguir teniendo el derecho a decidir sin trabas, tal como bien le parece.

Mencioné que las democracias delegativas tienen tendencia a deslizarse hacia el autoritarismo, pero que afortunadamente nuestro país tiene condiciones para impedirlo, de lo que viene dando importantes muestras en los últimos tiempos. Para ello ayudaría recordar los riesgos ínsitos a las democracias delegativas y aprender que a medida que avanzan sus crisis someten a los países a severos costos e incertidumbres.

Por supuesto, queda por ver cómo se desplegarán los diversos factores en juego y, por cierto, cómo se podrán ir encarando muy importantes problemas de políticas públicas y de reformulación institucional durante un período presidencial que, a pesar de ser agudamente delegativo, nos interesa a todos los sectores democráticos que termine normalmente su mandato. En el horizonte de ese desenlace aparece la esperanza de que logremos, de una vez por todas, una democracia representativa.

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